Sobre “La China Iron”, de Gabriela Cabezón Cámara

Por Esteban Valesi

La China Iron. Vino nuevo en odres viejos

El mapa no es el territorio 

Ojo, que lo pregunto con el mayor de los respetos. ¿El querido y siempre admirado Gregory Bateson no se habrá quedado un pelín corto con aquello de que “el mapa no es el territorio”? Ya sé que cuando el viejo escribe “mapa”, en realidad, se está refiriendo a nuestras categorías cognitivas y perceptivas elementales y que, en el contexto del axioma, la palabra “territorio” no significa literalmente el territorio, es decir, el pedazo de tierra con sus arbolitos, casitas y sufrimiento humano. Lo sé, pero permítanme esta licencia poética. Sobre todo porque mi intención no es aquí hablar de psicología, sino de la última novela de Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron (Random House, 2017) y más genéricamente del poder performativo de la literatura, de la literatura como diseñadora del paisaje y constructora de universos paralelos.

Uno, que ha entonado Zamba de mi esperanza o Lunita tucumana en tanto acto escolar. Uno, que como cualquier hijo de vecino se sabe de memoria las primeras estrofas del Martín Fierro y algún que otro dicho del viejo Vizcacha. Uno, que se ha acostumbrado a tomar mate menos por fervor patriótico que por la necesidad de hacerse de un aliado químico en su lucha contra el tabaquismo.

En fin, uno, que ya no busca lleno de esperanzas el camino que los sueños etcétera, etcétera, acaba, sin embargo, teniendo la sensación de que no sólo el mapa no es el territorio –aserto que en estos tiempos de “posverdades” rezuma un candor insuperable–, sino que el territorio directamente se ha evaporado. O sea, que la Pampa no existe, es un invento. Si existió alguna vez, pobrecita, la Historia, el Progreso y la República –o para sonar menos pretenciosos, el frigorífico, el alambrado y los textiles de importación– ya se encargaron de devorarla y no dejar ni las migas.

Eso fue lo que pasó en mi país –Argentina– en las postrimerías del siglo XIX y sigue pasando, mutatis mutandis, hasta el día de hoy. Si no me cree, haga este experimento: toque la puerta de cualquier hogar argentino y pida una copia del Martín Fierro; después, haga lo mismo con un rebenque o unas boleadoras, y me cuenta.

A la legua, veo venir la polvareda de un reproche: ¿y entonces? ¿La conclusión sería cuál? ¿Vamos al grano o nos vamos por las ramas? Las dos cosas, casi seguramente; pero la conclusión es que tras un cierto tiempo, cuando se mira un paisaje, una época o una figura histórica, a duras penas si se accede a su sombra: no queda más que mapa sobre mapa, representaciones de representaciones. Es como si los anteojos de la ficción los tuviera uno remachados a la cara. La Representación ha sustituido al Objeto, el mapa al territorio y la China de Gabriela Cabezón Cámara –paciencia, que hacia ella vamos– al gaucho y a la china reales, de carne y hueso.

O sea que Bateson (y la muchachada de Palo Alto, junto con él) algo habían olfateado, no andaban tan desencaminados. No fueron los únicos, por otra parte. Es muy posible que todos aquellos que amen los libros también lo entiendan así. Las mejores novelas no son, necesariamente, las que más se apegan a la “realidad” “histórica” y “objetiva”, si no aquellas en las que la distancia entre el Objeto y la Representación se manifiesta más vívida, como un metal precioso que, de tanto repujarlo y burilarle las impurezas, pierde sus cualidades aparentes en favor de un resplandor –resplandores y esplendores, de eso, la prosa de Cabezón Cámara contiene bastante– que de lo contrario hubiera permanecido oculto. Allí reside toda la piedad de la literatura, no hay más secreto.

Excursus. Anécdota de una infancia en el Río de la Plata

Considere estos ingredientes: una carretera en malas condiciones, una familia con dos críos yendo a visitar a la nonna que vive en el campo, un micro de larga distancia. A principios de los años ochenta, los buses de este tipo eran algo no muy distinto –por configuración y constitución– de un paquete de Toblerone gigante, descomunales y precarios cilindros de lata que surcaban el territorio a medida que iban escupiendo vapores de plomo y deteniéndose, como carros lecheros, en cuanto pueblito se  cruzaban. En los laterales, pintado en una tipografía gorda y chillona como la de la caja de chocolates, el nombre de la empresa de transporte sugería un broma perversa: El Rápido, Chevallier, La flecha. Desde ya, el nivel de confort tendía a cero: el aire acondicionado constituía un lujo rarísimo, los asientos eran de una verticalidad cruel y el WC, en caso de que lo hubiera, bueno…, sólo digamos que para meterse en el WC había que tener mucho coraje. O mucha necesidad.

El tedio de esta clase de travesías, cuya duración dependiendo del destino podía variar entre el par de horas y el par de días, era más de lo que el espíritu humano podía aguantar. La gente se pasaba lo más grueso del trayecto durmiendo. En caso de estar despiertos, los bebés lloraban, los viejos comían, los adultos hacían crucigramas y los pibitos, frenéticos, corrían por el único pasillo central, molestando a los demás pasajeros. Incluso el pobre consuelo de mirar por la ventanilla rápidamente devenía en un ejercicio de taoísmo, en un acto de meditación trascendental. Debe haber pocos paisajes en el planeta más insípidos que la llanura pampeana, con su inagotable oleaje de pastos, salpicada de vaquitas, sombreada de nubes y con algún que otro rancho perdido en la lontananza. Así hasta el horizonte, la neutralidad visual pura, irrompible.

Pero estábamos con la familia que viaja. En un momento, uno de los críos aprieta la nariz contra el vidrio y entra a sacudir desesperado el brazo de la madre. –Mamá, mamá, mirá. ¡Un gaucho! –suelta entusiasmado. Ah, el narcisismo infantil. Por el marco de la ventana, la mujer ve surgir un varoncito, no muy alejado en edad y apariencia del suyo, si no fuera por el hecho de que está semidesnudo, tocado con una boina y monta a pelo un potrillo manchado de barro. Al trotecito ligero, el chico se pone a la par del micro, yendo quién sabe adónde. Quizás, a buscar una partera, un teléfono o agua potable. Para sus adentros, la mujer murmura: “no, hijito, eso es un pobre”. Para afuera, asiente y pasa a otra cosa. Allí reside toda la piedad (o la impiedad, no estoy seguro) de la vida real.

El anti-Fierro 

Pero la Pampa que soñó Cabezón Cámara en Las aventuras de la China Iron no es la pampa del tedio; es más bien una Pampa del technicolor y los placeres. No tiene nada que ver con ese espacio infinito e infinitamente peligroso concebido por el imaginario liberal, con esa suerte de No Man’s Land decimonónica, a la que Sarmiento denominó “desierto” y Borges, “sur”.

Antes de seguir, digamos qué es una “china”, no sea que algún trasnochado haya disparado para el lado del origami, de comer con palitos o de los delirios paranoicos de Donald Trump. En la jerga campera, el término “china” designa a la compañera o concubina del gaucho (y por propiedad transitiva, a cualquier muchacha joven). Semánticamente, se emparenta con vocablos por el estilo de “moza”, “prenda”, “paisanita”, etc., y dependiendo cómo se use, admite tanto connotaciones cariñosas como peyorativas. Por ejemplo, es perfectamente válido, en una zamba de amor, tratar a la amada de “chinita linda” y al mismo tiempo, como ocurre en “Cabecita negra”, un cuento muy famoso de Germán Rozenmacher, poner en boca de un personaje racista una frase como: “una china que podría ser su sirvienta”.

Gabriela Cabezón Cámara
Gabriela Cabezón Cámara

La China Iron (en inglés, “hierro”) es, entonces, la esposa de Fierro, que queda abandonada cuando se lo llevan a pelear en la frontera. Es, digámoslo, un personaje menor en el poema de José Hernández, que aparece en los primeros cantos a los efectos de subrayar la felicidad del gaucho antes de meterse en problemas con la Ley. Vaya paradoja: la chinita sin voz es la alegría del gaucho cantor. ¿Paradoja? Texto de época –se edita por primera vez en 1872–, el Martín Fierro exhibe valores de época. Y si bien sería exagerado caracterizarlo como un libro misógino –el rol social de la mujer ni siquiera está planteado como problema–, es, sin dudas, un texto con valores bastante reaccionarios. En el curso de sus desventuras, Fierro se carga a un negro en una pulpería, a un indio en el desierto y a un italiano en el fortín (y es posible que me esté olvidando de varios muertos más). En resumen, Fierro es un dechado de “virtudes” tradicionales: austero, fiel, corajudo, racista.

La jugada maestra de Cabezón Cámara consiste en rescatar a ese personaje olvidado que es la China y convertirla, casi como una provocación, en una suerte de “anti-Fierro” que hace estallar en mil partes la cosmovisión en la que, supuestamente, se inspira. Es decir, que si la literatura fuera una religión –y no estoy tan seguro que no lo sea–, Cabezón Cámara sería una hereje.  

En varios sentidos, la China vendría a funcionar como el reflejo burlesco del gaucho perseguido: si Fierro es hombre –o mejor dicho, “macho”, bien macho, macho al extremo de validarse a través del asesinato–, la China, en cambio, es mujer y bisexual; si Fierro es conservador y xenófobo, la China ama lo extraño, lo diferente, lo nuevo; la vida idílica en el ranchito que Fierro adora, a la China, la asfixia.

De modo nada casual, dos gestos radicales y complementarios inauguran la novela: darse un nombre y escapar. En un guiño típico de su estilo –al que el periodismo a menudo ha descrito como “barroco”–, Cabezón Cámara hace que la china de Hernández se autobautice China Josephine Star Iron y Tarira, nombre anglófilo, exagerado, mestizo, socarrón. Como una bandera clavada en tierra conquistada, el acto de nombrar(se) marca su nacimiento como ser autónomo. A la manera del barón Münchausen levantándose por la coleta, la China se rescata a sí misma de la intrascendencia, se da el ser, al darse un nombre que la cercena de Fierro y la libera de su condición de propiedad, de ser “la mujer de”. (Por definición, la libertad es aquello que nadie más que nosotros mismos podemos otorgarnos. La libertad se conquista o se gana, jamás se recibe). Poco importa que ese nombre sea el producto de transformar en nombre propio un sustantivo común e incluya la traducción en inglés del apellido de su marido. Lo que cuenta es el gesto.

De allí en más, el furor adánico de la China por nombrarlo todo –¿o quizás podríamos decir “évico”?, ¿por qué la RAE registra un adjetivo y no el otro?– se muestra incontrolable. La China nombra las cosas que ve, pero no las nombra caprichosamente. Por ejemplo, a su perro que es macho, le pone un nombre femenino y de pronunciación canyengue: Estreya. A un gaucho bueno del que se hace amiga en el desierto, lo apoda “Rosa”. Y así sucesivamente. Con cada nombre que inventa –cada bautismo es un nombramiento: dar un nombre, pero también asignar un papel, un sitio, un estatuto–, la China trasviste, transforma, transfigura la realidad.

De la cultura como vergel 

En este proceso de crear el mundo, la figura de Elizabeth (o Liz) es fundamental. Recordemos que el segundo gesto revolucionario de la China era escapar. Otra de las “revelaciones” del principio de la novela es que la China fue obligada a casarse con Fierro, siendo apenas una niña. La China considera a su marido una “bestia” que la maltrata y se sirve de ella como poco más que un accesorio masturbatorio. Ni bien Fierro desaparece, la China deja sus hijos al cuidado de una pareja de ancianos que viven cerca y se sube a una carreta capitaneada por una dama inglesa, Liz, que no tardará en volverse su mentora y amante. Desentenderse de la prole, he ahí otro gesto cuyo potencial de escandalizar varía, en el marco de nuestra cultura, según el sexo de quien lo ejecute.

La inglesa representa una vía de escape, pero más aún es una puerta de acceso. Su carreta, que ostenta las propiedades mágicas del cuerno de la abundancia, opera a la manera de una sinécdoque de la amplitud del mundo, en claro contraste con la vida provinciana y aburrida que la China llevaba junto a Fierro. Joyas y encajes, brújulas y acuarelas, cosméticos, infusiones y manjares de los rincones más remotos del Imperio, todo cabe a bordo de la carreta de Liz, que como un bajel en el mar navega la llanura proponiendo un punto de vista escorado sobre los paisajes interiores y exteriores.

El viaje de la China es, a la vez, espacial y sensorial. Con fina ironía, en el mismo tiempo ficcional en que Fierro padece sus desventuras, Cabezón Cámara sitúa las aventuras de la China, que no son otra cosa que la aventura de descubrimiento del mundo. De la mano de Liz y apelando a una lengua mestiza, cruzada de metáforas y expresiones en inglés, español, selk’nam y mapudungún, la China se entrega a las delicias del sexo y de los sentidos, y aprende que existen muchas formas distintas de mirar, de nombrar, de experimentar las cosas. Es un poco como si Cabezón Cámara pensara el funcionamiento de la Cultura a través de la imagen del vergel, del jardín de las delicias, del Edén. Frente a la seca crudeza de los hechos políticos y económicos, la inagotable plasticidad de los fenómenos culturales e identitarios, de los signos en todo el esplendor de su ambigüedad, su polimorfismo y su polisemia. Esta último  quizá sea una de las impresiones más duraderas que el libro deja en el lector.

Vino nuevo en odres viejos

En rigor, lo que Cabezón Cámara parece haber intentado es reescribir un clásico en clave contemporánea. Del mismo modo que los yanquis sufren el berretín de la Gran Novela Americana, una buena parte de las escritoras y escritores argentinos –sobre todo, si tienen cierto fuste–, en algún momento de su vida, sentirán el llamado del numen pampeano.  Ya sea que prefiera la novela o el cuento, la prosa o la poesía, la ficción o el ensayo, cómo resistir la tentación de seguir la huella que alguna vez transitaron Sarmiento, Echeverría, Atahualpa Yupanqui, Martínez Estrada. La huella del Borges del Poema conjetural e Historia del guerrero y la cautiva, del Castillo de Patrón, del César Aira de La liebre. No, si el numen pampeano es bravísimo. En más de un pasaje, Cabezón Cámara ha dejado como un sendero de migas de pan sus referencias a los clásicos nacionales: afinen el radar. Pero esto, en el fondo, es un detalle. El verdadero tesoro de La China Iron… es la mirada de su autora, la destreza con que Cabezón Cámara resucita la aspereza del paisaje –ese lugar tan duro e inhóspito que hace decir al viejo Vizcacha que “todo bicho que camina va a parar al asador– y la puebla de vida. Porque la pampa que habita la China es cualquier cosa excepto el “desierto” de la historia oficial: está llena de bandadas de flamencos rosados, de manadas de vacas cimarronas tan vastas que el ojo no llega a ver dónde terminan, de lagos como espejos, de ríos que se desbordan. Sobre el daguerrotipo monocromático del siglo XIX, Gabriela Cabezón Cámara pinta un paisaje inédito.

En una parábola no muy conocida del Nuevo Testamento, Cristo aparece bebiendo y comiendo con sus discípulos en un momento en que la tradición prescribe el ayuno. El profeta responde a las críticas diciendo: no se debe echar vino nuevo en odres viejos porque se corre el riesgo de que revienten y porque luego, nadie que guste del vino añejo va  querer beber del otro. Pero, ¿si al combinar la tradición y la novedad, ambas salieran ganando? Después de todo, mucho más relevante que la edad del vino, es si era bueno para empezar.

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