Dos relatos de María Ibarra

Dos relatos de María Ibarra

Como en Kill Bill

Hoy mi amiga Paola trabajó dos horas limpiando la parte externa de unos dúplex.

El tipo que la contrató, la hizo pasar a una oficina y antes de traerle los implementos de limpieza, estuvo un rato largo preguntándole cosas. En breve, las preguntas pasaron a ser de interés laboral a íntimas. Su edad, dónde había nacido, donde vivía, con quién, si estaba casada o en pareja. Esa última pregunta Paola se negó a responderla. Por qué quería saber eso, preguntó ella. El tipo contestó que solamente estaba buscando charla.

Era grandote y estaban solos en esa oficina, al fondo de los duplex. Si pasaba algo, no había nadie que pudiera escuchar. Paola le dijo que estaba separada. Y agregó:

-Parecés policía.

Después de un silencio incómodo, él trajo los implementos de limpieza. Durante las dos horas siguientes estuvo dándole indicaciones innecesarias de cómo se friega un piso, apurándola, tratándola con aspereza. Cuando Paola terminó, vio que se le había salido la piel de las manos.

El tipo le dijo que eran las 9.30, que había pasado apenas una hora y media, pero de todas maneras le iba a pagar las dos horas que habían pactado de antemano. Paola se fijó en el reloj de su celular. En su celular eran las 10. El tipo le estaba mintiendo en la cara pero ella estaba tan cansada y agobiada por el maltrato que no pudo contradecirlo.

Antes de despedirla, le dijo que no pensaba llamarla de nuevo.

-Esto no es lo tuyo- le dijo. Ella se rió con bronca y se fue.

En su casa, Paola le contó la experiencia a su hermana. La conclusión de la hermana de Paola fue que eso le pasó porque la ven pobrecita y necesitada

Paola me dijo que hizo mal en responder que era separada cuando el hombre le preguntó si tenía marido. Que tendría que haberle dicho que su marido era un gendarme de un metro noventa. Dijo que se puso a pensar en hacer tae kwon do, para reventar al que la joda. Pero que lo que más quisiera aprender es defensa mental. Que ser ella está mal. Porque se le nota todo, si está triste o enojada. Hubiese querido reaccionar de otra manera. Tuvo ganas de ponerse a llorar pero no lo hizo para no darle el gusto a su empleador. A cada indicación innecesaria, a cada apurada, ella respondía “joya, joya”. Como si fuera un macho. Por eso atrae soretes, como el padre de su hijo. ¿Por qué otras mujeres pueden tener el amor y el cuidado de un hombre y ella no? El tipo le remarcaba que la camioneta gigante estacionada en la calle era su auto. Dijo que ya no va a volver a decir que está sola. Va a empezar a mentir, porque si no tenés un hombre que te cuide te toman de punto.

Pero tampoco quiere vivir a la defensiva. Hoy estaba re bien y de repente le pasa esto. No tendría que haber aceptado ese trabajo pero tampoco puede rechazar el contacto con todo el mundo porque la mayoría es mierda. Tiene que trabajar, tiene que vivir. Y eso que lo frenó. Si no le ponía punto a las preguntas, andá a saber qué podía pasar. Se lo merece por saludar, por ser simpática. Qué hago, me preguntó Paola, me disfrazo de hombre. No puedo saludar a un tipo. Le tengo que aclarar que no lo saludo porque no me lo quiero coger. Otra mujer a la primera pregunta lo cortaba en seco. No me gusta ser así, como una nena. Una idiota. ¿Qué tengo que hacer? ¿Pegarle una piña? Me gustaría poder romperle la cara. Reducirlo. Como en Kill Bill. Reventarlo. Si puedo, matarlo. En este mundo si tenés buena onda, si sos simpática, si tenés empatía, cagaste.

Yo le dije que Kill Bill está buena pero es el invento de un hombre. Un hombre proponiendo lo que cree que es una mujer valiente. Pero no existe Breatrix Kiddo. Existen Paola y todas las mujeres que, con miedo y cansancio, son capaces de decir que no quieren responder a cosas que no deben. Y esas son mis únicas heroínas.

Las ilustraciones son de María Ibarra

La rusa y la muerta

Busqué a Mariela en Facebook. Tiene 42 años y es hegemónicamente bella. En quinto y sexto nos sentábamos atrás, con un grupo de chicos huérfanos que vivían en el Patronato de la Infancia de Benavidez. Al chico más feo del patronato le decían El Muerto y a mí bautizaron La Muerta por ser parecida a él. Nuestros compañeros escribían “El Muerto y La Muerta” encerrado en corazones en el pizarrón. Cuando formábamos fila me empujaban para que lo bese.

A Mariela la cargaban por linda. En gimnasia sus amigas le tiraban del broche del corpiño. Decían “La Rusa ya desarrolló”. Eso quería decir que menstruaba.

Se había enamorado del profesor de música, un jipón alto de ojos saltones. Durante el recreo caminaban charlando por el patio. Él una vez le pasó una mano por la cintura.

-Mirá lo que hace la Rusa -dijo horrorizada Eugenia Bernardo. De lejos, la mano sobre el pulóver azul me pareció cálida y me dio envidia.

A fin de año a Mariela y a mí nos eligieron para actuar de hermanastras de Cenicienta. Ella estaba hermosa, con un vestido de raso verde claro. Su mamá la vistió en el fondo del baño de chicas, preocupada por esconderle las tetas de adulta. A la salida del baño nuestras compañeras se reían y hacían tetas gigantes con las manos.

-Voy a pasarme a la mañana- me dijo Mariela el último día de clases. -Los chicos de la tarde son tarados. ¿No me querés acompañar? Así no estamos solas.

Acepté porque tenía una semi amiga de la mañana, Marcela Leiva. Estudiábamos inglés los miércoles antes de entrar a clase. Yo estaba enamorada de Marcela y ella estaba enamorada del baterista de A-ha.

Séptimo fue un maltrato constante.

-Ibarra, qué horrible que sos.

-Ibarra es más fea que El Muerto.

-Ibarra no puede jugar al vóley porque la pelota le tiene miedo.

-Ibarra es más fea que el perro de Microman.

-Ibarra es la bruja del 71 de chica.

-Si a Ibarra la das vuelta y te habla por el culo, no te das cuenta de la diferencia.

Con Mariela dejamos de hablarnos después de una clase de gimnasia mixta. Nos numeraron y nos hicieron formar dos hileras enfrentadas. La profesora llamaba un número de cada hilera y los dos alumnos corrían a buscar una pelota en medio del campo. No importaba quién la agarraba primero, sino quién la llevaba hasta la fila de su equipo. A mí me tocó con Mariela.

Era más alta y más fuerte pero yo era más rápida y enseguida me hice con la pelota. Ella me abrazó por detrás y me pegó una piña en el estómago. Perdí un poco de aire pero seguí empujando para mi lado. Escuchaba gritar mi apellido y la respiración fuerte de mi compañera. Veía mi línea a un par de metros cuando un dolor punzante en el pecho me dejó dura. Mariela me había torcido una teta. Me liberé de golpe y le pegué una piña en el estómago que la hizo caer. Me senté en su panza y con las manos juntas le pegué en el pecho. Antes de poder pegarle de nuevo, la profesora y mis compañeros me levantaron por el pelo.

A pocas semanas de las vacaciones de invierno supe que los demás la odiaban. Le decían La Gitana porque había ido a un asalto con calzas y una pollera larga. Corría el rumor de que uno de los chicos le iba a decir Te Amo en la plaza donde se hacían juntadas después de clase. Iba a ser un miércoles. El jueves Mariela faltó. El viernes vino con su mamá y la señora exigió una reunión de padres.

Mi mamá me contó que la madre de Mariela acusó a todo el grado de maltratar a su hija. Dijo que el miércoles en la plaza la esperaban para burlarse de ella. Mariela lloraba abrazada a su mamá. Cuando vio a mi mamá entre los padres, gritó:

-¡Ni Ibarra me quiere!

Ni Ibarra, que es tan fea que tampoco la quiere nadie, pensé y hasta a mí me resultó inquietante.

Muchísimas veces mis compañeras se acercaron a decirme que fulano me amaba y me esperaba en la plaza para declararse. Nunca fui porque yo era la Muerta y después de morir, sabía a qué atenerme.

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