“Distancia de rescate”, de Samanta Schweblin

 

Por Miryam Hache

¿Cuál es el momento exacto en el que la hija se desgaja de la madre? ¿Cuál es el momento exacto de esa ruptura definitiva, del desapego del calor de los vientres? ¿Existe ese momento? ¿O se trata de un lento proceso casi imperceptible, imposible de asir, imposible de narrar?

En clave de thriller, Samantha Schweblin —una de las más destacadas cuentistas argentinas contemporáneas— construirá un relato a dos voces, intentando dar respuesta a estas preguntas. Con ese estilo minimalista que caracteriza su prosa, despojado de ornamentos vanos, Schweblin teje un largo cuento en el que una madre, interrogada por la voz algo siniestra de un niño, va repasando los sucesos que la marcarían de por vida. Rastreando ese instante en el que la hija se haría otra para siempre.

Si bien Distancia de Rescate posee la extensión propia de una novela breve, la estructura del relato, donde el tronco argumental es el centro y casi el todo, coincide más con las formas del cuento moderno.  

Se trata de un relato impregnado de toques fantásticos, en el que aquello oscuro innombrable, aquello que pareciera llegar de otras dimensiones posibles —como si viniera de otro lado de la vida— están impregnados a lo cotidiano, sobrevuelan entera a la narración. “A mí me interesa mucho el mundo de lo fantástico, pero es casi una atmósfera, una sospecha de que algo tremendo está por pasar, es casi intangible, mucho más delicado”. Dice Schweblin.

En Distancia de rescate, eso tremendo que está por pasar es también algo que ya sucedió y sigue sucediéndose en el aire. La historia transcurre en un paraje natural. Una mujer urbana llega con su hija al terreno de lo desconocido: el campo argentino.

El campo, despojado del bucolismo de otras literaturas, se retrata siniestro. Como aquello familiar y exótico al mismo tiempo. Tal vez desde una perspectiva sociológica, es destacable que en muchos relatos de autorxs argentinxs contemporánexs, tanto en el cine como en la literatura, el campo aparezca (pienso en otros relatos de la misma Schweblin, en Ariana Harwicz, en Selva Almada, etc. ), como aquel territorio donde se da rienda suelta a lo oscuro, donde, pareciera, todo puede pasar. Vuelven resabios del imaginario del gótico sureño, del romanticismo o del género de terror, pero absolutamente renovados, actualizados.  Y es que aquellas interminables planicies verdes de donde se supone brota el mundo, hoy, llenas de pesticidas, son la pura intemperie donde se instala el veneno. Los campos argentinos están infestados de glifosato, en ellos no se respeta la rotación de cultivos, los ciclos naturales de la tierra, y se instalan, despiadadamente, las prácticas del monocultivo agresivo, de las megaminerías a cielo abierto, etc.

   

Estos campos ya no son refugios abiertos, pampas sin vallas signos de libertad, sino tierras regadas de animales desmayados y muertos, de abortos espontáneos, de humanos nacidos con deformaciones. En este escenario en el que las madres ya no pueden velar por la salud de sus hijos, el veneno se filtra por las rendijas del relato, el veneno ha llegado a adherirse a las entrañas, a enrarecer, definitivamente, el fruto de los vientres.

La fragmentación del relato y el dilatado proceso de hilación de los hechos abonan la tensión, esa búsqueda del momento exacto en el que la distancia de rescate cesará de existir.

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