“No he salido de mi noche”, de Annie Ernaux

 

Por Anna Cristóbal Lecina

La desmemoria del otro nos arroja al desconocimiento de uno mismo: una vez fracturada la experiencia compartida, de pronto habitada de hiatos y de tensiones en la narración, se enciende una suerte de vulnerabilidad incómoda, una precariedad resbaladiza que despoja de autosuficiencia a cualquiera de los relatos tejidos hasta el momento. Annie Ernaux, en No he salido de mi noche, narra el proceso de degradación de su madre enferma de Alzheimer y, como consecuencia, también de los significados que juntas habían dado al recorrido vital compartido, a los nombres del afecto que las apelaban y las envolvían en un lenguaje materno-filial marcado por la complicidad y el reconocimiento. Desde un desconcierto casi innombrable, donde la enfermedad de la madre deviene ininteligible y la única manera de abordarla es mediante una escritura prácticamente ininterrumpida, parecería que la autora –súbitamente, tras las visitas al geriátrico– necesitara exorcizar el “residuo de un dolor”. Esto es, la fragilidad que conforma el cuerpo enfermo de su progenitora y que, a su vez, le devuelve la sospecha de que ella misma –aquella que firma este libro– también podría ser atravesada, de un momento a otro, por los alambres de la degradación.

Como si escribir fuera una manera de sobrevivir los recuerdos compartidos, de “retener la vida” y “de salvar, de comprender, pero de salvar primero”, la narradora, en las primeras páginas de este diario de (des)conocimiento y de duelo, ya confiesa la necesidad de “escribir sobre ella a toda costa, sus palabras, su cuerpo”. Esta voluntad de cristalizar la relación con la madre en “una sola imagen, una sola verdad” quizás sea una forma de avivar la memoria compartida –una memoria cada vez menos común y más enajenadamente individual–, de velar unos recuerdos que la enfermedad pretende arrasar y cuya desaparición podría poner en crisis la identidad de la autora. Y es que ¿quién es una cuando la persona amada no nos reconoce y/o empieza a proyectar fantasías insólitas en nuestra presencia, a alterar la cronología-significado de los acontecimientos y, por tanto, también del sentido otorgado a las experiencias compartidas? Ante un cuerpo que es incapaz de significar su vida –“¿Qué recuerda ahora de su vida? ¿Qué es su vida para ella?”–, Ernaux se adentra inevitablemente en un proceso de desconcierto –“es mi madre y ya no es ella”– que la obliga a resignificar la relación con la madre: a escudriñar nuevos modos de acercamiento y a inventar un nuevo lenguaje para decir la ternura.

El cuerpo enfermo de la madre es retratado como una instancia deshumanizada en el contexto socio-político del geriátrico. Alienados de las lógicas productivistas y capacitistas de un paradigma neoliberal que se pretende autárquico, e inmersos en el espacio de la residencia, donde los relojes marcan una hora distinta en las diferentes salas y las pertenencias estimadas desaparecen “Ya no tiene nada. Le ha desaparecido el reloj, y la colonia también. Solo le queda la comida, ahora”, los cuerpos devienen despojados, en cierto modo animalizados, y los deseos que esconden se vuelven alaridos que ya nadie parece escuchar. En algunos pasajes, la narradora da cuenta de ciertas situaciones donde lxs enfermxs son desplazados por el montacargas como si fueran objetos y la referencia al estado de salud de unx de lxs pacientes se traduce en preguntas tan desapegadas como la de “¿Se está muriendo uno?”.

Esta naturalización de la degradación, este devenir un “uno” tan impersonal como deshumanizado, asombra a una autora cada vez más reconciliada con su propio temblor y fragilidad. Allí, donde los relojes siguen girando a destiempo y aquellas corporalidades enfermas y/o ancianas parecen expulsadas del movimiento que rige el a-fuera, la autora reivindica la vida en ese ser des-memoriado: “está viva, todavía con sus proyectos y deseos. Solo quiere vivir. Yo también necesito que siga viva”. He aquí una vez más en Ernaux la necesidad del rostro de un otro amado, en este caso del de la madre, para ser reconocida y reconocible, para seguir ovillando las raíces del recuerdo y de la identidad. Si como sostiene la misma autora “existir es ser acariciado, tocado” y la muerte –de unx mismx y del/la otrx– “es, sobre todo, la ausencia de voz”, podemos decir que para seguir viviendo, en definitiva, también precisamos ser mirados y nombrados, ser interpelados e interpretados como cuerpos vulnerables que necesitan de un cierto lenguaje capaz de ofrecer afecto y cuidado.

Si bien es verdad que la autora sintomatiza en su escritura la culpa –“Me preparo toneladas de culpabilidad para el futuro. Pero seguir teniéndola en casa era dejar de vivir”– y la inversión de los roles materno-filiales en ocasiones deviene ciertamente insostenible –“todo se ha invertido, ahora es mi hijita. No puedo ser su madre”–, cabe decir que, en No he salido de mi noche, la enfermedad se presenta sobre todo como un acontecimiento capaz de horadar las dinámicas socio-afectivas y culturales establecidas. Y es que del contacto entre Ernaux y el cuerpo enfermo de su madre aflora la vulnerabilidad a modo de epifanía, la revelación de sentir en las propias entrañas la amenaza de la degradación: “Acabo de verla, yo todavía soy joven, aún tengo historias de amor. Dentro de diez o quince años, seguiré viviendo y entonces ya seré vieja yo también”. Pese al “horror” que suscita la enfermedad, decodificada en palabras de la autora como una forma de “demasiada degradación, demasiada animalidad”, de excesiva abyección, la autora también asume la precariedad del cuerpo como un territorio desde el que agujerear las exigencias neoliberales, cada una de las exclusiones que impone el sistema capacitista, y desde el que, tal vez, forjar nuevas y reparadoras alianzas políticas y afectivas: “Gracias a la enfermedad de mi madre […] me he reconciliado con la humanidad, con la carne, con el dolor”.

 

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