Nadar a la otra orilla, un cuento de Carolina Brown

 

Este cuento resultó ganador del Concurso Cuento Joven Nicomedes Guzmán 2014 y forma parte del libro de cuentos En el agua, editorial Biblioteca de Chilenia (2014. Disponible en librerías). Las fotografías son de Irene Cruz IG: irenecruzfoto / facebook.com/irenecruzfoto

Aimé Liu despierta con el sol en la cara. Abre los ojos y el resplandor la golpea. Se tapa el rostro con las manos, abriendo de a poco los párpados hasta que sus ojos rasgados se acostumbran a la penumbra rojiza. Al exhalar, el calor de su respiración queda atrapado un momento en el diminuto espacio frente a la cuenca de sus ojos. Saca las manos despacio y permanece acostada mirando el cielo, extendido sobre su cabeza como un enorme paño liso y uniforme, sin nubes, sin pájaros, sólo una explanada interminable color celeste. Tiene la nuca y el cuello adoloridos por dormir sobre la madera. Su cuerpo pequeño y nervudo descansa cruzado arriba de un tablón. Las piernas entumecidas aún cuelgan en el aire y se asoman de la rodilla hacia abajo por fuera de la borda, como redes extendidas hacia el mar.

Sus ojos somnolientos se deslizan de forma lenta por los bordes pintados del bote y lo recorren hasta la proa. Gira la cabeza y repite el gesto hacia la popa. No se ven los árboles, ni los techos de las casas. Afina el oído buscando el sonido familiar de los autos y las gaviotas, pero no están ahí. Tampoco hay niños, ni perros. En la caleta siempre hay perros. Hoy es domingo, piensa. El suave sonido del agua chocando una y otra vez contra la superficie del bote es lo único que existe además del cielo.

*

Se le acercaron en la playa, cerca del quiosco. Ella estaba tendida sobre una toalla, se había sacado los zapatos y jugueteaba con la arena húmeda entre los dedos de sus pies. En las manos tenía una revista vieja y amarilla que había encontrado olvidada en la casa y que ojeaba con desgano. Hacía frío y se había dejado el chaleco puesto. Un chaleco de lana gruesa color palo de rosa y puntos cruzados, que su abuela china había tejido con precisión en el curso de una sola tarde.

No tenía amigos en el pueblo. Sus padres acababan de comprar una pequeña casa frente a la playa y era el segundo fin de semana que pasaban ahí. Pese a que habían ido de paseo varias veces durante el último año, ninguno de los tres conocía a nadie. Para sus padres esto no parecía ser una causa de preocupación, pero Aimé Liu quería hacerse amigos, y rápido. El pueblo le gustaba, aunque no había mucho que hacer. Se llevaba el Ipod a la playa y escuchaba a los Strokes, leía novelas de aventuras sentada frente a la chimenea o trataba de escribir poesía en un pequeño cuaderno de tapa floreada. A veces, cuando nadie la miraba, intentaba copiar algunos caracteres chinos que sacaba de internet. De vez en cuando se los mostraba a la abuela en secreto, ella negaba o asentía con su cabeza pequeña y arrugada, soltaba los palillos y apuntaba con el dedo tembloroso, señalando algún aspecto a corregir. Su padre jamás se había interesado por el chino.

Cuando sus papás iban a la ferretería o al almacén, Aimé se tomaba el pelo en un moño apretado y salía a la terraza para fumar un cigarro a escondidas, mirando el mar. Se sentaba sobre la baranda y soltaba el humo despacio. Luego, apagaba la colilla en la suela de sus zapatos y la empujaba por entre las ranuras del piso de madera, donde se perdía para siempre en la oscuridad bajo la casa. Después iba al baño y se lavaba los dientes y las manos. No estaba segura si le gustaba más fumar o tener que hacerlo a escondidas. Se llevaba bien con sus padres, pero ese pedazo de rebeldía le parecía delicioso. Además, estaba segura de que ninguno de los dos sospechaba nada.

Por la tarde se daba una vuelta larga por la feria artesanal o las tiendas de la calle Ross. Sus ojos rasgados y atentos buscaban de forma incansable algún chico o chica de su edad con rostro de amigo.

Estaba segura de que debía haber alguno allá afuera y quería que apareciera ya. Empezaba a aburrirse, y aún quedaban varios días por delante antes de volver a Santiago. Le habría gustado invitar a alguna amiga del colegio por el fin de semana largo, pero su madre tenía mucho trabajo con la casa nueva y le pidió que esperara unas semanas a que todo estuviera en orden.

El más alto fue el que primero habló. Aimé no se dio cuenta de que estaban ahí hasta que un par de pies enormes, descalzos y morenos, se plantaron frente a ella sobre la arena negra. Inmediatamente levantó la cabeza, asustada. Hola, le dijo él, mientras sacaba un barquillo de la bolsa plástica y lo mordía por la mitad. Sus dientes quebraron la masa con un ruido seco y su boca enorme se cerró de golpe, dejando caer algunas miguitas. Masticaba con los labios curvados hacia arriba en una sonrisa compacta. Hola, respondió Aimé Liu, resistiendo el impulso de limpiar la toalla con la mano. Tenía la nariz puntiaguda y los ojos pequeños y oscuros. No te habíamos visto antes, ¿vienes hace mucho?

Detrás de él dos chicos esperaban con paciencia. Gemelos, tal vez. Ambos eran delgados y de ojos azules. Uno de ellos, el más flaco, se había teñido el pelo color negro y llevaba guantes rojos con los dedos recortados.

— Vengo hace poco, mis papás acaban de comprar una casa.

— Ah, bacán. Vamos a ir a ver a los surfistas en la puntilla, ¿vienes?

*

Le duele la cabeza y tiene la boca seca. Gotas de sudor descansan un momento sobre su frente amplia y blanca antes de resbalar hacia los costados. Se pasa la lengua entre los dientes y los siente ásperos, cubiertos por una película de textura irregular. Está incómoda sobre el tablón y le pican las orejas. Esas orejas algo más grandes que lo normal — según ella — , y que esconde de forma cuidadosa bajo el pelo suelto y bien cepillado. Orejas de china, piensa, mientras sigue tendida de espaldas, con las manos cruzadas sobre el estómago intranquilo. Bajo su cuerpo siente el continuo balanceo de la embarcación sobre el agua. ¡Sobre el agua! No escucha las olas romper contra la playa. No hay olas, ni niños, ni autos, ni perros. Asustada, se sienta de golpe y pone los pies en el piso. El sueño se diluye. El fondo del bote está lleno de agua fría y sucia que le cubre hasta los tobillos.

Frente a ella se extiende el mar, un manto perenne de color cobalto, oscuro y profundo como el ojo de un dios. No ve nada más que la superficie plana del agua avanzar incansable hasta que topa en el horizonte con el cielo. A lo lejos puede ver la costa verde de Pichilemu sobresalir entre la bruma.

Le toma algunos minutos sobreponerse de la impresión. Sus ojos oscuros recorren la delgada silueta de la costa una y otra vez intentando calcular la distancia. El mar está tan quieto que tiene la impresión de que podría bajarse y correr en dirección al continente. De repente le entran ganas de reírse a carcajadas.

El bote parece estar detenido al centro del océano como si hubiera echado raíces. Con los pies hundidos en el agua, Aimé siente su boca llenarse de un sabor amargo. Sus ojos inquietos buscan los remos a través de la madera pintada de rojo. En la sombra de la proa, unas cajas de madera húmeda esconden algunas redes y herramientas. Atrás, una boya descansa circunspecta sobre una manguera vieja y amarilla, enrollada como una serpiente. Hay un tarro de pintura vacío y machucado que guarda algunos trapos. Los remos no están por ninguna parte, y Aimé peregrina de un extremo a otro de rodillas, palpando cada centímetro del fondo con la esperanza de que estén escondidos en el agua sucia.

Cuando se convence de que no están, deja su cuerpo caer sobre la banqueta central del bote. Se palpa la chaqueta con las manos, y de uno de los bolsillos saca un celular de carcasa rosada. Al desbloquear la pantalla comprueba con alivio que aún tiene batería y señal. Una notificación le indica que hay nueve llamadas perdidas de su madre. Debió haber dejado el celular en silencio. De haberlo escuchado tal vez habría despertado antes, cuando la costa era un monstruo enorme hacia el cual ella podría ir corriendo. Marca el número de su madre de memoria. Del otro lado responden antes de que suene el primer tono.

— ¿Mamá?

— ¿Dónde estás? No llegaste anoche a la casa, cabra de mierda.

Aimé quiere responderle, explicarle dónde está y por qué no llegó. Pero sólo puede articular pequeños sonidos guturales, inconexos y salvajes, muy lejanos a una palabra.

— ¿Aimé? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¡Qué te pasa!

— Estoy en el agua, mamá.

— ¿En el agua, dónde?, ¿en la playa?

— En el agua — las palabras se transforman de a poco en sollozos y quejidos intermitentes, tonos bajos y profundos y luego altos, aspirados. El aire sale y entra de su boca en forma irregular y descoordinada, la espalda se sacude y extraños sonidos escapan de su estómago, indomables, imposibles de reducir a palabras. Consigue articular una última frase antes de perderse en el llanto — : estoy en un bote en el agua y la playa está lejos.

Al otro lado de la línea se produce un repentino silencio. Imagina a su madre flotando sobre la cama tibia y desordenada, con los pies sumergidos en el edredón de plumas, la melena castaño claro que tanto quiso heredar cayendo de forma suave sobre sus hombros bronceados. Puede verla, midiendo cada una de sus palabras antes de hablar.

— Voy a llamar a los marinos. Tranquila. Van a encontrarte, ¿tranquilita, ya?

Su madre le explica que tiene que cortar. La mano delgada de Aimé Liu que sostiene el teléfono tiembla fuerte, golpeándole de cuando en cuando el borde de la oreja. Se toma del codo para intentar estabilizarla y respira hondo. Del norte se levanta una brisa fría que le echa el pelo negro sobre los ojos con violencia.

— ¿Voy a llamar ahora, ya? Tienes que estar tranquila.

Quiere creer en la determinación ciega de su madre. Se agarra a ella como si fuera una cuerda que la sostiene en el vacío, un diminuto paracaídas multicolor que se abre mientras el suelo le enseña una hilera de dientes afilados como los de un tiburón.

— Sí, mamá.

Cuelga el teléfono y lo mira largo rato antes de guardarlo en uno de los bolsillos de la chaqueta.

Le parece que la costa se ve más pequeña y difusa que antes, pero no puede estar segura. El mar guarda un silencio apático, impasible, mientras el bote avanza despacio empujado por la corriente. Aimé se mira los tobillos sumergidos. Cómo saber si el bote se sigue llenando de agua. No hay ninguna marca en el interior que le permita guiarse. Tal vez, si se sienta siempre en el mismo lugar, podría usar los motivos rayados de sus calcetines para medir los cambios en el nivel del agua. Con determinación se arremanga los pantalones hacia arriba y estira los calcetines sobre sus piernas. Cuenta dos veces para no equivocarse: Hay veinticinco rayas desde el talón hacia arriba.

Revisa los otros bolsillos y encuentra un cigarrillo arrugado. Sus manos húmedas y afiebradas recorren con apuro cada centímetro de su chaqueta en busca del encendedor. Debe haberlo perdido en la playa. Se pone el cigarrillo en los labios y aspira con fuerza, pero sólo siente el sabor seco y artificial del filtro. Vuelve a intentarlo, y aspira una vez más y después otra, pero no tiene caso. Toma el cigarrillo y en un arrebato lo lanza al agua con fuerza. El cilindro flota sobre la superficie unos momentos, al poco tiempo se oscurece, y comienza a descender hacia el fondo negro del océano.

*

Caminaron hacia la puntilla en silencio y se sentaron en la arena. En el agua anaranjada flotaban pequeñas figuras de negro a la espera de una ola. Rodrigo, el más alto, era el único de Santiago y el único de los tres que se había subido a una tabla. Hablaba de ello con propiedad, gesticulando con las manos para explicar cada uno de los movimientos y trucos. Guz y Enrique eran gemelos y primos de Rodrigo, vivían en Rancagua, y pensaban aprender a surfear durante el verano. Aunque Guz parecía mucho más convencido que su hermano al respecto. Enrique hablaba poco y se limitaba a asentir con un leve movimiento de cabeza las afirmaciones de los otros dos. Cuando Aimé lo miraba, él fijaba sus ojos azules en el piso y se quedaba muy quieto, con los músculos tensos en estado de alerta, como si fuese a salir corriendo de un momento a otro.

Fotografía de Irene Cruz

En el mar, uno de los hombres se alejó del grupo y braceó con fuerza para alcanzar la pared de agua que se levantaba en dirección a la playa. Los cuatro guardaron silencio de inmediato, el espacio entre ellos se llenó de expectación y ceremonia. La ola levantó al hombre algunos metros y él se paró en la tabla. Se dejó deslizar hacia abajo con rapidez y avanzó en diagonal, la espuma revuelta acercándose y alejándose por su espalda, manos blancas que estaban a punto de agarrarlo y llevarlo hasta el fondo. La quilla de su tabla cortaba la piel azul de la ola, dejando una cicatriz momentánea.

*

El celular suena en su bolsillo y Aimé Liu vuelve al bote. En la pantalla aparece una foto a medio cuerpo de su madre sonriendo mientras sujeta una fuente de pastas.

— Mamá.

— Ya, chanchita. Van por ti, tienes que estar tranquila, ya salieron a buscarte.

— Ok.

— Con tu papá estamos acá en la Capitanía de Puerto. Todo va a estar bien, ¿ya?

Su madre trata de sonar tranquila pero el temblor de su voz la delata. Hace pausas extrañas entre las palabras y toma demasiado aire. ¿Estará fumando? Ella lo había dejado hace años. Se la imagina sentada en esas sillas de plástico acolchadas, debajo de la luz azulina de los tubos fluorescentes con un cigarrillo balanceándose entre los dedos sucios con pintura. Puede verla, flaca y nerviosa, caminando de arriba a abajo por un pasillo sin ventanas. Quiere pedirle perdón, pero su madre se quiebra al otro lado de la línea antes de que consiga hacerlo. Aimé la escucha en silencio, masticando una rabia súbita. Tiene ganas de gritarle que se calle, que la que está en el agua es ella, flotando en una mierda de bote que se hunde minuto a minuto. Se mira los calcetines y comprueba que el agua ha subido tres rayas de color. No llores, mamá, le dice bajito, pero su padre ya ha tomado el teléfono. Todo va a estar bien. Su voz no tiembla. Trata de imaginarse su cara pero no puede, sólo puede pensar en los soldados de terracota que vio una vez en una exposición. Se despiden y su padre cuelga el teléfono, mientras Aimé lo sostiene un minuto más junto a su cara, como si quisiera retenerlos. Ya están lejos, sobre tierra firme, y su única compañía es el sonido del mar inmóvil. Al teléfono le queda sólo una raya de batería.

Sentada sobre una de las banquetas mira el continente con los ojos muy abiertos. El resplandor del sol cae sobre el agua en pequeñas agujas de plata que se le clavan en los ojos. El verdor de la costa se ha diluido y sólo puede ver las cabezas grises de los cerros asomadas por encima de la bruma. Está segura que con sólo pestañear el continente puede desaparecer de un momento a otro, y entonces sólo quedará el mar, violáceo, interminable; mudo y cruel. Se quita la chaqueta y la deja estirada con cuidado sobre una de las banquetas del bote. Asoma medio cuerpo afuera por la proa de la embarcación, abre los brazos lo más que puede y los hunde en el agua salada hasta más arriba de los codos. El agua es densa y fría como una pared de concreto, Aimé da grandes brazadas una y otra vez, empujando con toda la fuerza que tiene. Siente el sol hundirse en la parte de atrás de su cuello y el sudor que corre a grandes goterones por su espalda. Comienza a contarlas, a llevar un ritmo que le permita calcular, medir de alguna manera imprecisa su esfuerzo; la costa permanece impasible, sin querer acercarse siquiera un milímetro. El sol es una herida abierta por donde chorrea luz. Tiene la boca seca y pastosa, los brazos adoloridos y el pecho pesado. Se abraza por los codos y se recoge sobre sí misma, acercando la cabeza a las rodillas. El continente es una marca inalcanzable y en el lado opuesto las nubes comienzan a levantarse como montañas. El agua del fondo del bote acaba de cubrir por completo otra franja morada de sus calcetines.

*

Eran las nueve de la noche cuando Rodrigo la llamó desde la calle. Estaba leyendo en el comedor cerca del fuego y escuchó que alguien la llamaba por su nombre. Salió a la terraza y él la saludó desde el otro lado del portón de madera. Guz y Enrique estaban un poco más lejos, en la vereda del frente, circundando un poste de luz. Tenían los brazos hundidos en los bolsillos y sus miradas eran lánguidas, desganadas. Por primera vez le parecieron idénticos. Aimé tuvo la impresión de que Rodrigo los había obligado a salir. ¿Vamos a carretear a la playa?, va a estar bueno. Aimé sonrió y les dijo que saldría enseguida.

Afuera corría un viento ligero impregnado de olores marinos. La playa estaba a oscuras y la única luz venía de los restaurantes aún abiertos. El mar estaba extrañamente calmo y las olas se tendían sobre la arena con un rumor discreto. Rodrigo esperó a que los gemelos se adelantaran y le tomó la mano. Aimé Liu se estremeció. Caminaron por la playa hasta un bote de pescadores que descansaba cerca de la orilla y se sentaron dentro. Guz abrió la mochila y sacó dos botellas desechables que contenían una mezcla de pisco y Coca-Cola caliente, las que comenzaron a correr de mano en mano.

Aimé no tardó en marearse, se sentía feliz. Al fin se había hecho de algunos amigos. Pensó en lo celosas que se pondrían sus compañeras de curso, empinó la botella y dejó que el líquido llenara su boca antes de tragar. Guz se acercó y tomó la botella de sus manos, ella rió y miró a Rodrigo. La capucha del polerón le tapaba la cara y hacía que su rostro se viera pálido. Sus ojos negros brillaban de manera irreal en la escasa luz de la noche. Rodrigo se inclinó hacia adelante y le dio un beso. Ella respondió. Escuchó a lo lejos las risas apagadas de los gemelos, pero no le importó. Rodrigo la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. Sus brazos fuertes se cerraron en torno a ella como una tenaza.

Sintió la mano de Rodrigo en su pantalón. Dos dedos sujetaban el botón y lo empujaban a través del ojal. Uno de los gemelos se rió otra vez. Ella atajó la mano y la llevó lejos, hacia su espalda. Rodrigo sonrió, se soltó, tomó el medallón de la cremallera y lo arrastró hacia abajo. Ella nuevamente fue en busca de su mano pero él dejó de besarla y se alejó.

— ¿Qué te pasa?

— Nada.

La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí. La miró fijamente, desabrochó su pantalón despacio.

— Ya po’.

— ¿Ya qué?

— No quiero.

Rodrigo sonrió y volvió a besarla, al principio despacio y luego con más fuerza. Se puso a horcajadas, dejando caer todo su peso sobre ella e inmovilizándola en el fondo del bote. Los gemelos estaban cerca. Guz miraba atentamente con los hombros hacia adelante, la boca entreabierta. Enrique se frotaba las manos enguantadas de forma nerviosa. Sus ojos inquietos se encontraron con Aimé y huyeron hacia el suelo. Rodrigo le tomó la cabeza entre sus manos y empujó su lengua a la fuerza dentro de su boca. Aimé no podía respirar.

— No quiero. ¡No!

Las palabras se perdieron dentro de las fauces de Rodrigo. Su lengua, fría y resbalosa como una anguila, seguía empujando, llenando todo el espacio. Sintió una mano hurgar dentro de su calzón y moverse con descaro. Pataleó desesperada y empujó el pecho de piedra de su agresor con toda la fuerza de sus brazos, sin resultado. La cabeza enorme de Rodrigo, suspendida a milímetros de su cara, la miró con una sonrisa socarrona y desproporcionada. Abrió la cremallera de su pantalón y los dientes metálicos del zipper dejaron entrever una boca oscura. Presa de su desesperación, ella se inclinó hacia adelante y mordió con fuerza los labios del otro, hundiendo los dientes hasta que encontró el sabor del hierro salado y caliente. Él la empujó con violencia y la cabeza de Aimé se azotó contra la cubierta, mientras Rodrigo se levantaba de un salto, aún incrédulo, con sus ojos minúsculos incendiados. De su boca corría un hilillo de sangre negra que tocó con los dedos.

— Quién mierda te crees, perra culiá.

Dio media vuelta y salió del bote. Guz corrió tras él, solícito, y se alejaron por la playa. Enrique se quedó atrás un momento, sentado sobre la proa con las piernas recogidas, el mentón escondido entre las rodillas. Aimé lloraba en silencio acurrucada en el fondo. Enrique se levantó, caminó hasta ella y dejó con cuidado la botella en el piso, cerca de sus pies. Le pareció que le ofrecían una ofrenda de paz. Sus ojos se encontraron algunos segundos y él sostuvo la mirada. Era una mirada triste, de ojos apagados y sumisos. Ella se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano mientras él se bajó del bote despacio y siguió las huellas de su hermano, arrastrando los pies sobre la arena. Aimé Liu tomó la botella plástica y la sostuvo entre las manos hasta que los vio desaparecer en la noche.

*

Las horas bajo el sol han convertido su piel en una superficie áspera y seca. Hunde los brazos en el mar y coge agua en el hueco de sus manos para lavarse la cara. Sabe que al final será peor, pero el frío calma su cabeza afiebrada. Sentada sobre uno de los tablones, saca su celular del bolsillo y marca el número de los marinos que tantas veces ha visto en los banderines dispuestos en la playa principal.

Fotografía de Irene Cruz

Necesita saber dónde están. Mientras escucha el tono monocorde del teléfono, se promete a sí misma que permanecerá serena. Al otro lado, un hombre joven le responde el teléfono.

— Armada de Chile, ¿cuál es su emergencia?

— Estoy en un bote, a la deriva. No tengo remos.

— ¿Cuál es su nombre?

— Aimé Liu Morales.

— ¿Dónde se encuentra usted?

La última raya de batería desaparece en la pantalla del teléfono y la voz del hombre se pierde en la inmensidad del mar.

— ¿Aló? ¡Aló!

Aimé pulsa el botón de encendido del teléfono, pero la pantalla sólo vuelve a la vida por escasos segundos antes de oscurecerse. Repite el gesto con el mismo resultado varias veces, hasta que ya ni siquiera se enciende. De su estómago emerge un puño que le comprime la garganta tan fuerte que no puede respirar. Abre la boca e intenta tomar aire pero pareciera que no es suficiente. Hay un peso comprimiendo su pecho que impide a los pulmones expandirse. Aprieta el teléfono con sus manos sudorosas mientras sus ojos se llenan de lágrimas ácidas, calientes, y el mundo desaparece detrás de una cortina de agua salina. El llanto se abre mostrando una hilera de dientes de zafiro y ella se deja caer hasta que todo lo demás desaparece.

*

Estaba sola en el bote y en la playa no quedaba nadie. Los negocios habían cerrado y apagado las luces. Arriba, en el cielo despejado, brillaban las estrellas. La marea estaba muy baja y las olas rompían contra la playa despacio, susurrando apenas. La botella en su mano se balanceaba, casi vacía. Tal vez era momento de caminar de vuelta a casa, abrir la puerta despacio y dejarse caer sobre la cama nueva. Pero algo se lo impedía. Un sentimiento demasiado parecido al orgullo, mezclado con rabia y con modorra, que se asomaba cada cierto tiempo a través de sus ojos estirados, hinchados y blandos como ciruelas maduras. La mano intrusa de Rodrigo todavía quemaba en su calzón, recorriéndolo y usurpándolo todo. Empinó la botella un poco más, la mezcla caliente y ya sin gas bajó por su garganta como agua, y se tumbó sobre uno de los tablones con la vista fija en las estrellas, las piernas colgando hacia afuera de la borda y las manos entrelazadas detrás de la nuca. No, todavía no podía volver a casa.

Bajo de la cortina pesada del sueño le pareció sentir en algún momento el suave desliz del bote sobre la arena, y dos voces masculinas tratando de contener la risa sin mucho esfuerzo.

*

Despierta con frío. Su mano derecha está dormida, aplastada durante horas bajo el peso de su cabeza. La luz se ha convertido en un resplandor delgado, famélico, incapaz de transmitir calor. Sobre el oeste, las nubes se apilan unas sobre otras formando una masa violácea y amenazadora. Mira a su alrededor varias veces, pero no descubre helicópteros ni lanchas. Afina el oído, buscando el sonido lejano del motor de un avión, el rumor de cualquier máquina manejada por el hombre, pero sólo está el océano y su escabroso silencio. El bote sigue marchando en dirección al oeste, como un ataúd que avanza hacia su entierro y la costa, ínfima, se despide con timidez mientras se mantiene a flote apenas sobre el agua. No cabe duda de que terminará por hundirse también. Aimé se pone de pie y grita. Es un alarido ronco y primitivo que despierta en ella un terror ancestral. Frente al bote, las nubes se alzan como un tótem iracundo. Grita y grita hasta que se queda sin voz, y un miedo inexplicable y salado se expande por sus venas, alcanzando y sacudiendo cada rincón de su cuerpo. El agua del bote ha subido hasta la última raya de sus calcetines, justo a medio camino entre sus tobillos y sus rodillas. Muy luego los asientos de la embarcación también quedarán cubiertos de agua.

Tal vez podría nadar hacia la costa, piensa. Siempre he sido una buena deportista. Podría lanzarse al agua y alcanzar la playa después de algunas horas, llegar a la orilla antes de que se oscurezca. Se imagina en el agua fría, luchando por mantenerse a flote con el cuerpo agarrotado. La costa ya ha desaparecido ahogada por la bruma, y ella avanza sin saber si se acerca hacia tierra firme o se precipita hacia el centro del océano. Una vez que se haga de noche estará nadando en la oscuridad.

El bote prosigue su camino hacia el corazón del Pacífico, alejándola para siempre de tierra firme. Hunde la mano derecha en el agua y siente la velocidad de la corriente escurrirse entre sus dedos alargados. Comprende que la única opción es lanzarse al agua. Ella es buena nadadora, puede hacerlo. Todavía hay luz, puede encontrar una boya, tal vez incluso una embarcación. El secreto es nadar despacio, con buen ritmo. No hay que apurarse. Una mujer cruzó el Estrecho de Magallanes nadando, ¿no?, recuerda haberlo visto en las noticias. Esto debe ser igual de lejos. O menos. Merece la pena intentarlo.

La mitad del bote se encuentra bajo el agua y Aimé se pone de pie sobre una de las banquetas. Se desabrocha la chaqueta con los dedos temblorosos y la deja caer hacia atrás. Se desamarra los cordones de los zapatos y los tira lejos, lo más lejos que puede. Desabrocha sus pantalones, se los quita y los lanza al agua. Sus piernas cortas desafían a la intemperie con calcetines puestos y los vellos erizados. Sólo queda el chaleco. El chaleco de la abuela de lana gruesa y pesada que la arrastrará al fondo si se lo deja puesto. Se lo quita por última vez y lo deja caer. El chaleco se mantiene algunos segundos sobre la superficie, flotando como un torso inmóvil, y luego comienza a hundirse de a poco. Aimé se siente más desnuda que nunca, pese a que todavía lleva la camiseta y la ropa interior puesta. De pie sobre el océano, con la vista fija en tierra firme, toma una bocanada de aire y, sin pensarlo más, se lanza a nadar hacia la costa.

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