Tengo 30 años

 

por Miryam Hache

 

Tengo 30 años.

Ya no debería sentarme en la calle

sobre escalones arrasados

a tomar latas de cerveza hasta el sol de la mañana.

 

No debería usar vestidos con roturas

ni dejar cigarros a medias en el fondo del bolso.

No debería importarme la resignación en la cara de mis padres

cuando les digo la certeza

de que eso del matrimonio se me ha podrido con la infancia,

de que nunca más parejas

ni convivencias

ni relaciones opresivas

en el centro de mis días.

 

De que otra familia no es posible,

es necesaria.

 

II

 

Yo quiero ir en el ritmo

al golpe de un tambor

adherirme a la distancia entre los cuerpos,

ser un hueco entre palabras,

 

y me piden continuada

me piden otra cosa

me piden que me meta en una caja,

que avance

que sepa hacia dónde.

 

Pero yo sigo abierta

y espaciada

y sé

que si juego a los gritos

y a las imposturas indecentes en la fila de un banco,

que si imito acentos de paisanos de tierras que no he visto

en una esquina entre bares,

que si no me importa regar de orina un callejón nocturno

es porque he aprendido a desatarme

de los ritos de los hombres.

 

III

 

A mis treinta años

debería viajar

con las piernas cerradas en el transporte público,

silenciada por las miradas de los hombres sin miedo,

con todo el orgullo del poder

en el centro de sus piernas,

en el centro del mundo.

Debería ser una mujer que halaga a sus amigas

y secretamente repele sus éxitos,

envidiar y combatirlas

con un arsenal de armas de triple moral.

Collages de Annita Klimt
Collages de Annita Klimt
 

Debería tener las cosas claras.

Tomar vino en copas de cristal,

pensarme secundaria,

delante de mis hermanos

erigirme secundaria,

 

morirme secundaria.

 

Bailar con el rigor de quien sabe los pasos.

Caminar erguida para evitar el peso del tiempo.

Trabajar hasta que un niño duerma en mi regazo,

 

hasta que madre sea mi nombre.

 

IV

 

Pero a mis treinta años,

he aprendido a no hablar con los que no deseo hablar,

a no reírme sin fuerza,

a no guardarme los secretos

como quien lleva un doble a cuestas.

 

A enamorarme de mis amigas

Y admirar profundamente lo que han desaprendido,

a las que no tienen vergüenza de jugar a la pelota con desconocidos en la calle,

de mezclar los besos de su compañero con los míos

en una tarde de rave sobre el pasto mojado,

de acurrucarse junto a mí los domingos de resaca,

de abrazar a quien acaban de conocer en una tienda,

de abandonarlo todo porque así lo requiere la vida.

 

Me querían continuada y yo pretendo el ritmo,

a base de pausas

o de loops electrónicos en lunes de fiesta.

 

Porque debíamos ser un cúmulo de cosas renegadas,

de heterosexuales complacientes, de imbéciles románticas y suicidas potenciales,

de futuras depresivas y de violadas silenciosas,

de violadas culpógenas,

de víctimas y brujas y de acosadas en el metro de camino a la intemperie,

de sufrientes que toleran siempre un grado de maltrato,

de estúpidas y de ninguneadas en público por los propios amigos,

por los propios familiares,

de arpías o de sumisas sometidas,

de chicas muertas.

De putas mutiladas sin entierro.

De más chicas muertas.

 

Padre: yo no soy lo que querías que fuera.

Yo no soy mujer ante tus ojos.

 

V

A mis treinta años

conozco la vibración de los ciclos de la luna en mi cuerpo.

Soy consciente de la inhalación del polen en la brisa,

de los cambios de estaciones

en mis ganas de amar

a la vista de todos

en un resto de sol

en las válvulas verdes de los parques.

 

Yo lo siento padre.

Siento que no hayas entendido nada.

 

Sé que en la lectura de las otras me hallo y me desato

que declamo muda mis defectos en un muro

como quien se entrega a la red

divina red,

única divina

que me escribo y me hago libre

frente al resplandor de mi computadora

un martes a la noche.

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