“No quiero que J. pase por el escáner”, un cuento de Claudia Apablaza

 


El cuento que les presentamos a continuación forma parte del libro inédito La felicidad de los ventiladores, de la escritora y editora de Los libros de la mujer rota, Claudia Apablaza.

(La fotografía de portada es de la artista Mercedes Carballo. IG: mercarballo)

Estamos en Park Place 11 y algo, J. comienza a hacer su maleta. Se va en 4 horas más. Me dice que le ayude. Estamos felices por haber hecho este viaje juntos, nuestro primer viaje al extranjero juntos, él se va antes, yo tengo algunas cosas que resolver aún. Me dice que le haga la bolsa donde llevará el pasaporte y los papeles fundamentales. No quiere pasar por la máquina de escáner. Tiene un problema al corazón y no quiere pasar por esa máquina. No quiero que pase por esa máquina. Me aterra que J. pase por esa máquina. Le comienzo a hacer la bolsa de mano, él hace la maleta grande. Le digo lo feliz que estoy de este viaje. Que lo pasamos muy bien. Que viajar siempre nos hace bien o cosas así. Él hace la maleta grande, donde pone ropa, libros, regalos y zapatos. Lleva además un casco de fútbol americano que nos encontramos en Kingstom con Park Place. Estaba arriba de un basurero, supusimos que no era de nadie, lo agarramos y lo trajimos a casa: un departamento que arrendamos por dos meses.
J. se ducha antes de vestirse y partir a JFK.
Yo me hago un sándwich de palta y queso antes de salir de casa.
J. le da una mascada a mi sándwich antes de salir hacia el aeropuerto. Siempre compartimos lo que estamos comiendo.
Agarramos lo que comemos y lo partimos en dos. En partes ojalá iguales.
Lo abrazo.
Salimos de casa.
Nos cuesta bajar las maletas por esa escalera tan angosta.
Caminamos desde casa a Kingstom Throop con las maletas.
Voy nerviosa porque no quiero que hagan pasar a J. por el escáner. Me dice que no me preocupe. Que no va a pasar nada.
J. carga la maleta. Temo que cargue la maleta porque tiene un problema al corazón. Me dice que no me preocupe. Que no le pasará nada.
Caminamos de casa a la estación Kingstom Throop.
Bajamos por la escalera. No hay ascensor. La maleta pesa más de 20 kilos.
Le pregunto cómo se siente.
Siempre me preocupo porque su corazón esté bien.
Me dice que todo bien.
La primera parada es Utica. La mujer lo anuncia por alto parlante.
Utica station. Utica station.
Luego vendrán:
Ralph Avenue
Rockaway Avenue
Broadway Junction combinación
Tomamos la J. hacia JFK
Alabama Avenue
Van Siclen
Cleveland
Norwood
Crescent
Cypress Hill
75 St Elderts
85 St
Woodhaven
104 St
111 St
121 St
Sutphin Blvd
Air train
JFK

En cada una de esas estaciones le pregunté a J. cómo se sentía. Temía que se agotara demasiado. Que luego lo hicieran pasar por la máquina de escáner de los gringos, esa que te hacen pasar para ver si llevas armas o drogas o cosas metidas en los estómagos.
A veces seguro ven guaguas antes de que las mujeres sepan que están embarazadas. Eso es injusto.
Llegamos al aeropuerto atrasados. El vuelo iba a salir en 1 hora 30 minutos. Teníamos sólo 1 hora y 30 minutos para que J. hiciera todo lo que había que hacer en los aeropuertos, desde mostrar su pasaje en la aerolínea a subirse al avión. Además yo le había dicho que se tomara un jugo o que lo llevara para el vuelo. Comprarlo le demandaría otros minutos.
Hizo el check-in. Le pregunté a la mujer del mesón, una latinoamericana, si habría algún problema si le decimos al hombre del escáner que no haga pasar a J. por ahí. Me dice si yo viajo con él, le digo que no. Le pregunta a J. si habla inglés, J. le dice que sí. Le dice que le diga al hombre y va a entenderlo. Agrega que no podemos llevar ese casco de fútbol americano en el avión porque pueden pensar que es un arma.
Un casco como un arma. Bien, le digo a la mujer, no lo llevará, pero ¿cómo un casco va a ser un arma?
Una vez que terminamos de hacer el check-in, le pregunto a J. cómo se siente y si le va a decir al hombre que está operado del corazón y que tiene cuatro placas de titanio ahí en el pecho.
Me dice que no me preocupe. Que va a decirle al policía que tiene cuatro placas de titanio en el pecho y que está operado del corazón para que lo hagan pasar al lado del escáner y no por el escáner mismo.
J. se despide. Llora. Me da un beso.
Hace la fila para pasar por el escáner.
Lo miro de lejos. Tiene los ojos tristes.
Lo imagino cuando niño en una sala de operaciones.
Imaginarse a niños siendo operados es doloroso. Su primera operación fue a los 6 meses de haber nacido. Ahí comenzaron las placas de titanio. Y esa parte de la historia de su corazón.
Lo busco con la mirada.
Los pasajeros me tapan la vista.
Imagino su corazón abierto en una sala de hospital.
Me inclino, me pongo en puntas de pie.
4 médicos analizando su corazón y cortando músculos para llegar al centro.
Fibrosis que dificulta el proceso.
Imagino sus placas de titanio. Deben ser del porte de un cuadrado de chocolate.
Le digo desde lejos, con mímica, que le diga al hombre de los controles que no puede pasar por el escáner. Que debe pasar por el lado. Que tiene placas de titanio allí. Que podría descompensarse.
Me dice con mímicas, tranquila, no voy a morir.
La fila avanza. Ya está cerca de que le toque su turno.
Imagino que puede descompensarse en esa fila. Imagino que puede dejar de existir en esa fila.
Me sudan las manos.
Imagino que si muere allí, los gringos van a esconder el cuerpo.
Que pueden llevárselo a una sala especial luego de que muera.
Que no voy a volver a verlo nunca más porque los gringos van a esconder su cuerpo, van a desintegrarlo con extrañas tecnologías.
Imagino que harán desaparecer su cuerpo.
Hay tantas historias de ese tipo y siempre quedan silenciadas.
Sudo.
Que pediremos explicaciones y nos dirán que él nunca llegó al aeropuerto.
Nos dirán que nunca entró a Estados Unidos.
J. se acerca al hombre y le dice algo al oído.
Me levanto en puntas de pie porque unos pasajeros no me dejan ver que J. le esté diciendo eso realmente al policía.
Intento leer sus labios desde 15 metros de distancia.
No logro ver si le habla de las placas de Titanio.
Veo que el policía le indica a J. que se meta al escáner.
Voy a gritar.
J. se saca los zapatos y se dirige al escáner.
Voy a correr y pasarme las barreras.
Quiero gritar.
Si corro demasiado también puede que también me maten y escondan mi cuerpo.
J. se mete al escáner.
Camino apresurada.
Primer un brazo. Luego completo. Ya no busca mi mirada.
Entra completamente al escáner.
Me da la espalda.
Se abre como una flor frente al escáner.
Levanta las manos y abre su pecho para que le vean el interior del cuerpo.
Me acerco rápido a la línea de controles.
J. abre su pecho entero hacia el escáner.
Alguien le ve las placas de titanio de su corazón.
Alguien le ve su corazón.
Alguien ve toda la historia de su corazón.
Voy a cruzar las barreras.
Alguien le ve completo su corazón.
No sé qué pensarán de sus placas.
Alguien ve sus placas antes que yo.
Baja sus brazos lentamente.
Sale del escáner.
Ahora camina apurado hacia la sala de embarque.
Ya no cruzamos la mirada.
Ni siquiera se devuelve para decirme chao con la mano.
Desaparece.
Dejo de sudar.
Tomo el camino de regreso.
JFK
Air Train
Metro
Sutphin Blvd
121 St
111 St
104 St
Woodhaven
Llevo el casco de fútbol americano en mis manos.
Vuelven las imágenes de la infancia de J. en un hospital.
Que alguien le incrusta esas placas.
Recibo un mensaje de texto. Ya estoy arriba del avión.
En la sexta estación de metro me acuerdo que cuando era niña y me pasaba algo, me recuperaba pronto.
En la séptima estación intento conectarme a la red del metro.
En la octava estación del metro ya me siento tranquila.
Envío un mensaje de texto: Te amo, J.
No recibo respuesta. Espero que me responda cuando aterrice el avión.

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