Sobre “La belle saison”, de Catherine Corsini

 

por Florencia del Campo

La femme manifiesta

Catherine Corsini llevaba seis meses escribiendo el guión de La belle saison cuando se enteró de la existencia de La vida de Adéle. Fue su novia, Elisabeth Perez, quien la llamó desde Cannes para decírselo. Al principio, semejante “coincidencia” las asustó y las echó para atrás. Sin embargo, Corsini decidió seguir adelante con el proyecto y fue la mejor decisión que pudo haber tomado. Es cierto que algunas escenas de La belle saison nos llevan a recordar otras de la película de Kechiche, pero son solo esas que se atreven a acercar la cámara a las bocas mojadas y a los cuerpos sudados. Son las escenas de intimidad. En la película de Corsini, la escena íntima y sexual no ocupa tantos minutos de metraje como sucedía en La vida de Adéle, y sin embargo transmite con igual intesidad aquello que sienten los personajes involucrados en esa pasión: amor, y una atracción química y física. El beso inevitable, el cuerpo entero al servicio del acto de amarse, la belle sexualité.

Pero el tipo de pasión retratada en La belle saison no recuerda solo a otras pasiones lesbianas. Catherine Corsini ya había contado una historia de amor en la que la pasión era capaz de arrasar con todas las convenciones y de desarmar lo más sagrado (la familia y el orden moral), porque no tenía manera de ser menos de lo que era: un desborde. La pasión como fuerza centrífuga. Me refiero a Partir, esa gran película protagonizada por Kristin Scott Thomas, que pone a la mujer (y no al hombre) en el centro del deseo y de la lucha.

Sin embargo, el listado de películas de Corsini con la mujer en el centro del deseo no acaba aquí: si nos remontamos al año 2001, ya aperecía en su filmografía una fuerte historia de pasión entre dos mujeres que no acaban de corresponderse, en la película La Répétition.

 

L’amour entre el campo y la ciudad

La primera escena de La belle saison nos deja en claro que Delphine (Izïa Higelin) es una chica de campo que colabora en las tareas rurales para ayudar a su padre, el hombre que saca adelante a la familia y la tierra. El primer diálogo de la película (entre Delphine y su padre) instala el orden de la vida patriarcal. La vida para Delphine, según esta autoridad, debe continuar en el campo y con marido, para que el hombre trabaje la tierra y ella cocine y dé hijos. Pero hay algo que él no sabe: que su hija es lesbiana y que pronto se irá a París a explorar otra vida. A la primavera de 1971, a la ciudad con huellas del Mayo francés.

Allí en París, Delphine conoce a Carole (Cécile de France), una activista feminista que convive con un intelectual parisino en una casa llena de militantes.Se conocen accidentalmente por la calle: Delphine ve pasar corriendo a un grupo de mujeres que les acaba de tocar el culo a un grupo de hombres. ¿Son solo ellos los que pueden tocar el culo? Uno de los hombres, en defensa, intenta golpear a Carole. Delphine, una chica rural cualquiera que justo pasaba caminando, la defiende y corre con ellas. Lo primero que Carole le pregunta cuando ya están arriba de un autobús y recobran el aliento es: “¿No sientes que hay cosas que no puedes hacer por ser mujer?”. Delphine se enamora. Carole, que no tenía en sus planes amar a una mujer, acaba igual. Pero Delphine debe regresar al campo porque su padre está muy enfermo, y Carole decide seguirla. A partir de aquí, la película, que proponía un escenario urbano-parisino, se traslada a la zona rural, y conmueve con una fotografía bucólica formidable. El conflicto es dónde vivir ese amor. La convivencia en el campo no puede sostenerse por mucho tiempo. La madre de Delphine, que primero es engañada, luego descubre la verdadera relación que hay entre su hija y Carole, y arde en furia, vergüenza y asco. Trenes y despedidas de por medio, el amor se debate entre el campo y la ciudad.

Entonces, más que a La vida de Adéle, esto me remite a otra película, donde la pasión era (más que cuerpos) tema de conversación y reflexión: me refiero a La pointe Courte, ópera prima de Agnès Varda. Ella era parisina y él un chico de pueblo. Aquí también París es el sitio dejado para intentar vivir el amor fuera de esa ciudad, pero la tensión y los reclamos son permanentes, hay una dificultad inmensa en acomodar la vida urbana en un entorno muy distinto. Entonces se abre la problématica de hasta qué punto el amor es capaz de lidiar con ello y superarlo, y cómo debe jugar cada una de las personas implicadas en la pareja si este desplazamiento siempre implica el desplazamiento de una sola. Partir o no partir, y la amenaza del abandono o el deseo de retener. Dice ella, la parisina de La pointe Courte: “Puede que no vivamos toda la vida juntos”. “Si me amas como dices, no voy a dejarte ir de nuevo”, le responde él. Y ella otra vez: “Tú me amas serenamente, porque vives serenamente. Estás atrapado, como yo también lo estoy”. Hay un reclamo inevitable que emparenta el estilo de vida con la forma de amar. En este sentido, la similitud argumental entre ambos filmes es clara.

 

Á propos de la femme

La película transcurre en el año 1971, mismo año en el que fue redactado y firmado el Manifiesto de las 343. Todas las firmantes del manifiesto (343 mujeres) declaraban haber abortado en la clandestinidad y reclamaban el aborto libre y el libre acceso a los anticonceptivos.

Todavía en París, antes de trasladarse al campo, e incluso antes de que Carole se atreva a asumir que ama a una mujer, Delphine se integra en el grupo de militantes feministas del que Carole ya formaba parte. Una de las acciones que llevan a cabo es ir a una conferencia, pronunciada por un profesor muy importante, en contra del aborto y a favor de la vida. En medio del discurso, estas mujeres se ponen de pie y le arrojan pedazos de carne al grito de “Mi cuerpo no es un coche”. Con el personaje del profesor, Corsini está burlándose de uno real: del profesor Lejeune, cuya cara sigue siendo hoy en día una insignia para la extrema derecha y la lucha contra el aborto.

Dice Simone de Beauvoir en El segundo sexo: “No se podría obligar directamente a la mujer a dar a luz: todo cuanto se puede hacer es encerrarla en situaciones donde la maternidad sea para ella la única salida; la ley o las costumbres le imponen el matrimonio, se prohíben los procedimientos anticonceptivos y el aborto, se prohíbe el divorcio. […] para el hombre es una compañera sexual, una reproductora, un objeto erótico, una Otra, a través de la cual se busca a sí mismo”. El manifiesto de las 343 fue redactado por ella misma 22 años después de este libro.

Carole, Delphine y las otras gritan y arrojan carne y octavillas, y cantan L’hymne des femmes: Nous qui n’avons pas d’histoire/ Debout! Debout! Debout!/ Notre temps est arrivé con el puño en alto, en la primavera del 71, en plena época del manifiesto, aunque no haya ninguna referencia explícita a él en la película, ni aparezca Simone mencionada.

Es este cine, el de Corsini, como también ha sido el de Varda, el que pone a la mujer en el centro. Frente a las preguntas que se hacía Simone de Beauvoir en el libro ya mencionado: “¿En qué habrá afectado a nuestra existencia el hecho de ser mujeres?”, “¿Cómo puede realizarse un ser humano en la situación de la mujer?”, “¿Cómo encontrar la independencia en el seno de la dependencia?”, estas películas no proponen respuestas que clausuran problemáticas sino la oportunidad de abrir las historias y la Historia.

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