Sobre “El cuarto de atrás”, de Carmen Martín Gaite

 

Por María Sol Pastorino

Mi encuentro con El cuarto de atrás, de Carmen M Gaite, ocurrió a inicios del verano del 2014, cuando leí un artículo en el diario que la mencionaba junto a Matute y a Moix. Indudablemente me quedé prendada de ese título por una pequeña y sutil coincidencia: apenas había llegado a vivir a Barcelona, el verano anterior, había comenzado a escribir un cuaderno que titulé El silencio de atrás, con el fin de anotar mis vivencias en esta ciudad, a través de una escritura desordenada e interior.

No dudé en ir a buscar el libro de Carmen para entrar en su cuarto de atrás. Más que nada, interesada en eso que es la urdimbre de la escritura. Y esta entrada fue tan fugaz y rápida como un acto de seducción: ocurre o no ocurre. ¿Por qué me dejé seducir por el cuarto de atrás de Carmen? Definitivamente por dos cosas: el tema, que es el descubrimiento de la escritura; y por el estilo con el que realiza la travesía.

Un paréntesis nada casual. Pertenezco a una generación que creció entre nombres de escritores: Cortázar, Borges, Sábato, Bioy Casares, Márquez, Vargas Llosa, etc. Ellos y otros portaban las leyes del universo escrito, de lo que era escribir, de lo que era lisa y llanamente el canon.

Como se habrán dado cuenta, no he mencionado a ninguna escritora parte de ese canon. Ellas también estaban y están en la memoria escrita. Pero tengo que ser sincera y decirles que no llegaron tempranamente a mí.

Cuando leía a Carmen, sentí que había llegado el momento en el cual podía permitirme hacer un ejercicio de memoria, de esos años y lecturas iniciales, tal como lo que ella hace en su cuarto de atrás.

Carmen M. Gaite juega para escribir. Primero juega y después escribe. Y no deja de plantearse el asunto de la lógica.

Collage del asesinato de John Lennon. 'Visión de Nueva York', Carmen Martín Gaite
Collage del asesinato de John Lennon.
‘Visión de Nueva York’, Carmen Martín Gaite

Ella misma dirá que “la literatura es un desafío a la lógica no un refugio contra la incertidumbre”. Esa, la incertidumbre, será la fuente del misterio y de la literatura. El encanto.

Así, da forma a una historia real, su historia, y escribe sobre su infancia en el contexto franquista, sobre cómo veía una niña o adolescente los acontecimientos a su alrededor, cómo era el mundo de los adultos, qué paseos familiares la entusiasmaban, los viajes que realizaba, lugares donde veraneaba, su primer viaje al extranjero, sus lecturas, el descubrimiento de  la amistad como refugio,  etc.

Me resultó curioso y hasta me pregunté por qué había elegido a un personaje masculino para entablar un diálogo durante su insomnio, en el cual parece resetear los recuerdos. Se dirige a este hombre de sombrero negro, y le va contando con otro mirar ese mundo que estaba prescrito para las mujeres, por ejemplo en la sección femenina, o simplemente el destino concebido para todas, aquel destino de postergación y/o delegación en lo masculino que canta el poema de Mistral en su Todas íbamos a ser reinas.

El mundo de la sección femenina casi que era inmutable y ella no hizo otra cosa que sacudirlo dentro de un cuarto, su cuarto, el de atrás.

Existía un cuarto de atrás gracias a su madre y ella encontrará uno en las casas donde vivió. El cuarto no será un castillo sino un laberinto de memorias donde perderse.

Define al cuarto de atrás como “un desván del cerebro, una especie de recinto secreto lleno de trastos borrosos, separadas de las antesalas más limpias y ordenadas de la mente por una cortina que sólo se descorre de vez en cuando”.

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En este cuarto se pregunta por el significado de ser mujer y es el lugar que ella elige para expandir una reflexión sobre la escritura, dándole toques de fantasía, pero además hablándole lisa y llanamente al canon.

El canon puede ser el aparente orden del mundo o de su época, simbólico masculino, la tradición, las costumbres. La historia y la misma literatura universal, como ella menciona en el capítulo “la isla de Bergai”. El canon puede ser representado por el mismo hombre del sombrero negro.

Pero ella, al recordarle la historia, trazará otra interpretación, la interpretación femenina fugada o contra el canon. “Usted es una fugada nata”, le dirá este hombre. En este diálogo e invitación a la memoria y su reconstrucción, la relación con el hombre del sombrero pasa por diferentes fases: distancia, acercamiento, interés, cuestionamiento y tensión.

Me detuve en el momento, casi final, en el que ella y el hombre hablan del posible título que dará al libro que está escribiendo en su insomnio, cuando él le dice que llamarlo Usos amorosos de postguerra no le gusta, ya que le suena demasiado racional, agotado en temas, todo claro. Ella y el hombre del sombrero negro se halagarán mutuamente sobre el entendimiento y él le agradecerá haberle contado el secreto de la isla de Bergai. ¿Y por qué ustedes creen que le agradece que le haya contado este secreto? Por aquí se atisba un desafío a la lógica, un tema que preocupa a Carmen y que ella expresa en su escritura.

Hay un sueño (de la protagonista) o sueños, y existe una materialidad —la escritura—, o una simple cajita dorada. Todo esto ha pasado por una hemeroteca, en medio de tormentas y miedos irracionales, tan lejos como cerca del paraíso de la infancia.

Lean El cuarto de atrás y visítenlo de vez en cuando, encuentren cada una su propia cajita dorada, los diálogos con sus propios miedos y obsesiones, denles existencia y memoria. Pongan distancia al canon.

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