Un fragmento de “Las olas son las mismas”, de Juan José Richards

   

Al interior de esta novela hay una sucesión de acontecimientos encadenados en la más absoluta cotidianeidad: una pareja de turistas se pierde en Valparaíso antes del cambio de milenio y un solitario estudiante chileno en Nueva York intenta reconstruir su historia. El relato se extiende por uno y diez años. Desde jóvenes con poca ropa envueltos en sudarios de humo, pasando por fugaces estaciones del metro hacia planos generales de ciudades medievales en ruinas, el vidrio está siempre ahí, como un filtro operando entre las nuevas y antiguas formas de la fantasía erótica del voyeur y del viajero. Este libro es un traslado. Un cruce entre bitácora de viaje y diario de invierno, donde futuro y pasado se baten por imponerse en flujo.

 

Aquí un fragmento de “Las olas son las mismas”, de Juan José Richards (editorial Los libros de la Mujer Rota, 2016)

Golpe de vista y mi propia silueta contra el azul, la tarde se degrada en el cielo. Iba a escribir una novela sobre la velocidad, pero una obstinada bandada de estorninos escapando del invierno me distrajo o se convirtió en la novela y ya no hubo más que esa migración. Desde los dormideros hacia la siguiente temporada se dibuja una flecha y sobre mi cabeza se formula una tempestad o tormenta, dos nombres con que el viento arrastra a la nieve. Fenómenos climáticos que silencian. Golpe de vista al cielo y la tarde se clausura. El dorado cede. Las olas insisten en señalar ese límite donde la ciudad empieza y termina simultáneamente. El plumaje de los estorninos es bronce púrpura y yo, envuelto en un abrigo viejo, sigo mirando cómo las nubes reducen la claridad del cielo. Se apagan las estrellas y ahora se encienden las ampolletas que cuelgan sobre los postes del muelle. El agua choca con insistencia contra los pilones de madera. Recuerdo esa tarde en la que me hablaste en el metro: yo traía conmigo un principio de novela. Golpe de vista al suelo. Me preguntaste oye, ¿estás bien? y yo (que estaba bien) pensando ¿quién mierda quiere saber eso? Sentado frente a mí con las piernas cruzadas, sin pelo en la cabeza y con cara de demente. Cerré el cuaderno porque no quería que vieras lo que estaba escrito ahí. El agua encuentra una forma de seguir su curso por entre las rocas. Estallidos subterráneos. Luego quisiste saber si me iría a fumar contigo y en medio de la continuidad de los rieles esa pregunta me desconcertó. Golpe de vista al abismo, pensamiento humano y cara de ángel. Atravesábamos un túnel. Una pulsión entre la continuidad de las franjas metálicas. La orilla está pronunciándose, las olas son siempre las mismas. Había empezado una narración sobre el olvido y honestamente iba a pedirte que te perdieras y me dejaras solo, pero algo en el modo en que te quedaste mirándome, un exceso de pasado en los ojos, me detuvo. Flaco, encorvado y lento. La piel cubierta de lo que antes habían sido espinillas. Dijiste bajémonos e hiciste un gesto con los dedos como dibujando un arco en el aire. Entonces, de súbito consideré abandonar el compromiso que tenía esa noche con mi papá. Un rapto al exterior en medio de la concatenación de palabras y frases que no nos estábamos diciendo. Te vi sostener la puerta. Dejamos atrás la estación, el viento subterráneo y los rieles del tren. Suspiro prolongado de extrañeza al salir a la calle. El agua empapa la superficie de las piedras pero su centro permanece seco, oscuro, un misterio. Afuera lloviznaba y la vereda reflejaba la catedral invertida, el puente parecía rodeado de un halo de muerte. El río también estaba ahí. Atraído por ese espejo que se movía, me incliné hacia la baranda y nuevo paréntesis. Los sistemas de suspensión están compuestos por un elemento flexible y otro de amortiguación que neutraliza las oscilaciones de lo suspendido. Igual nosotros. Mierda, dijiste, no tengo papel. Mierda, dije yo, qué frío y volviéndome hacia el Sena pensé ¿qué hago aquí? Te miré con desgano. ¿Y ahora? Nubarrones púrpuras despeinaban el horizonte sobre los techos de París. Te subiste el cuello de la chaqueta. Esa noche de invierno yo tenía una cita con mi papá, pero el río. El río era un continuo flujo iridiscente. Por ahí se había deslizado también la mirada de otros hombres que antes que nosotros salieron a caminar de noche. Me preguntaste si tenía un cigarro que pudiéramos desarmar. Dale, te dije, y te pase uno. Tú lo recibiste con cuidado como, si fuera la primera vez que sostenías algo de ese tamaño. Te vi botar el tabaco al suelo y manipular con poca destreza el papel. Me dieron ganas de enrolar, pero luego tuve la impresión de que entre tus palmas se abría un portal. Golpe de vista a ese juego de hilos con los dedos que pasan de una figura a la otra: triángulo y poliedro. Otra estructura suspendida. El pelo corto y los ojos circulados por sombras profundas. Me preguntaste si no te parecía raro. ¿Raro qué? Esto, dijiste apuntándonos a nosotros. No sé, respondí. Puede ser. Eras raro. No sabía cuánto tiempo dejar pasar antes de que el silencio se volviera incómodo. Pestañeé para cerrar ese tema. Me extrañaba lo serio. Lo determinado. Lanzaste una bocanada a lo alto. Con los dedos fuimos pasándonos el cigarrillo, las yemas escondían la potencia del roce. Pasó un minuto y no nos reímos. Golpe de vista al interior y pozo profundo. Piedras que no encuentran un final. No es que quisiera hacer de la noche un drama pero lo tranquilizador del abandono a las imposturas. Pasó otro minuto y diez. Veinte. Media hora. Tú quieto, entregado a contemplar el río. Aunque no supieras qué decir estabas cómodo con la novedad de nuestro silencio. Me preguntaste qué hacía. Te conté que estaba escribiendo sobre Haicheng. ¿Hai-qué? El único terremoto que se ha podido predecir en la historia. Mierda, tenemos que ir a conocer ese lugar, dijiste. Por primera vez me reí, de puro entusiasmo. ¿A China?, pregunté en serio. Viaje a donde la luz no alcanza a tocar las huellas de la luz anterior. Fueron unas serpientes las que lo predijeron, las que primero supieron que ocurriría un desastre.

Con el cigarro en la boca te dije bueno, vamos. Y te conté que más de dos mil personas murieron en ese terremoto. El muelle desde donde ahora veo atardecer o hacerse tarde (que no es lo mismo) parece ejercer algún tipo de resistencia a las olas. Sobre el agua hay espuma reventando y figuras que desaparecen apenas terminan de formularse. Vamos a Haicheng, repetí. Pero vas a decepcionarte. Tú levantaste las cejas y aspiraste humo. ¿Eso es lo que estabas escribiendo en el metro? Yo asentí. ¿Serpientes? Un cuaderno para irse borrando, dije, una posta de relevos en que cada frase reemplaza a la siguiente y al final sólo queda legible la última línea. La tormenta que ahora se avecina sobre la ciudad también es un nombre de la muerte, la empuja una fuerza antigua. Golpe de vista al siglo en que los hombres tallaron las piedras de esa catedral junto al puente: ellos evitaban el vacío. En mi libreta ocurriría lo contrario, los blancos perfilados por la caligrafía se irían acumulando hacia el final. Las rocas permanecen inalterables. Golpe de vista al puente, cara de ángel agotado y tus dedos temblando. Hace demasiado frío, vámonos. Un filo de luz entre las nubes ilumina repentinamente el cielo. Constante avance de ese avión que ignora la tormenta. Las olas insisten en derramarse sobre las piedras, se hace tarde. Pronostico un viaje a China, dijiste riéndote. Me gustó que tu risa fuera así, terrible. Los muelles son extensiones temporales del borde, los puentes son pausas y las olas son las mismas. Iba a escribir sobre lo simultáneo, sobre las cosas dobles como los puentes o la orilla. Sobre lo que empieza y termina al mismo tiempo, pero el arrastre del viento rompe la lisura de la superficie y se genera el desplazamiento del agua. Mierda. Iba a escribir una novela sobre la semejanza, pero luego comprendí que cuando se genera una ola las partículas de agua no retornan nunca al mismo punto donde estaban sino que vuelven a otro, ligeramente distinto. Completamente desconocido.

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