Gabriela Cabezón Cámara: “Me interesa todo lo trans (…) lo que no se resigna a ser sujeto de identidades rígidas, lo que no acepta el lugar en el mundo que le ha sido dado”.

 

Entrevista realizada por Gabriela Baby a Gabriela Cabezón Cámara

 

En el acápite de Beya, la novela gráfica que Gabriela Cabezón Cámara hizo junto a Iñaki Echeverría, dice: “Aparición con vida de todas las mujeres nenas desaparecidas en manos de las redes de prostitución. Y juicio y castigo a los culpables”.

Desde la denuncia, desde la trinchera, desde la crudeza de los hechos y los personajes, Cabezón Camara escribe. Esgrime las palabras como espadas y corta sentidos filosos y al ras.

Se la conoce porque sus crónicas sobre violencia de género trascienden los circuitos de las redes sociales y llegan a lo más profundo, ahí donde las circunstancias y las razones son anegadas por el puro espanto.

En Basura (un texto publicado en Revista Anfibia) dice: “Tiradas a la basura, desgarradas, en pelotas: en la montaña asquerosa, un cuerpo como una cosa, como una cosa ya rota y que no sirve para nada, los restos del predador, la carne que le sobró de su festín asesino. Horas antes o después a la chica la buscaron la familia, los amigos, al final la policía y casi siempre la encuentra el que hace de la basura su trabajo cotidiano: un cartonero, el chofer de un camión recolector, alguien que anda por ahí. Después viene la ambulancia, le cambia la bolsa a blanca, se la llevan a la morgue y un auto lleva a los padres a ver si la chica es suya. Afuera espera la prensa: las cámaras y micrófonos buscando mostrarle al mundo el dolor más lacerante, la frase más torturada, la cara más arrugada por la angustia que la arrasa”.

Sus textos son filosos y penetran las razones y la carne. Duelen. Sus novelas increpan al lector desde el lenguaje, las imágenes y las acciones que encarnan sus personajes: travestis, transformers, luchadorxs, líderes de demandas nunca escuchadas en acciones osadas y contundentes hasta el delirio.

Con La Virgen Cabeza (Eterna Cadencia, 2009), Gabriela Cabezón Cámara irrumpió en el territorio de la literatura en español desde una zona que incluye las villas marginales y barrosas del Gran Buenos Aires, y atraviesa —se lleva puesto— el tema religioso (la fe que mueve a una de las protagonistas de la novela) para terminar —o continuar más allá, en realidad— en el jet set ornamentado de Miami. Donde un nuevo traslado, un inesperado viaje a Cuba de la protagonista, pone otra vez en marcha, en la última página, a la pareja, y a la novela. Una máquina de narrar que no se detiene ni aún cuando termina el texto. El relato cuenta, de paso, la transformación de dos mujeres. Y de una comunidad entera.

“Una travesti que organiza una villa gracias a su comunicación con la madre celestial, una niña de Lourdes chupapijas, una santa puta y con verga, les tenía que interesar”, dice la narradora cuando se propone abordar a Cleo, la otra protagonista de la novela, que irrumpirá en la escena —tomará la voz de narradora inclusive— para dar cuenta de su versión de los hechos ocurridos en la santa tierra de la villa. Dos mujeres apasionadas que se contraponen como narradoras —se interrumpen, se corrigen, discuten en la alternancia de capítulos— y viajan más allá de sus propias fronteras —del lenguaje, de clase, de creencias— para conformar una familia a la propia usanza.

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Y aún hay más. Mucho más para experimentar en la lectura de La virgen cabeza: el lenguaje aparentemente descontrolado en frases largas y a la vez sutil y preciso, el habla de cada uno de los personajes, la perspectiva sobre la policía, los chicos de la villa, el paisaje, el agua que inunda y también da vida a unos peces por momentos monstruosos. Y más: el whisky, la amistad, las lealtades, las pasiones.

En Romance de la Negra Rubia (Eterna Cadencia, 2014), la propuesta es también un recorrido de la villa al arte, de la población arrasada por la fiebre inmobiliaria —que barre gente como si fuera la mugre, la basura otra vez—, a la Bienal de Venecia, para performatear un cuerpo que deviene artístico. De la basura —el cuerpo basura— a la exposición consagrada (el texto incluye por supuesto alguna cita irónica a Abramovic y otras teorías que vienen al caso). Cuerpos que trasvisten a una negra en rubia y siguen transformando sentidos, a través de una prosa que tiene una cadencia poética, rima interna, romance al fin.

“De ambición no tenía nada o no sabía que tenía o tenía apenas un poco que me creció cuando supe lo que era tener poder. Me creció como una pija, vivía al palo todo el día, y si alguna vez pensé, tampoco pensaba mucho antes de enterarme, terminé de hacerlo entonces y giró toda mi vida en torno a esa calentura, la de tener más poder, la de poder ayudar y poder mandar al muere, la de poner en las listas y la de sacar de juego. Me afilé, me concentré, me adelgacé hasta los huesos: ya no hubo más para mí que el deseo de tener más”, dice la narradora, anuncia su voluntad hecha carne y alerta al lector sobre su voluntad de poder, y recorrido futuro.

Contundente, precisa en su búsqueda de cadencia, de efecto, de imagen —cross a la mandíbula y más allá—, la escritura de Gabriela Cabezón Cámara  es tormenta de imágenes, erudición precisa, redes de asociaciones impensables entre elementos de la cultura popular y la literatura clásica, siempre puestas al servicio del relato y a esa sensación de torbellino y locura cuerda que dan sus relatos.

Una de las páginas de Beya, de Gabriela Cabezón Cámara
Una de las páginas de Le viste la cara a Dios, de Gabriela Cabezón Cámara

Y la trilogía se completa con Beya (Le viste la cara a Dios, 2013) una novela gráfica realizada junto a Iñaki Echeverría a partir del relato Le viste la cara a dios (2011), un trabajo filoso en el que en negro sobre blanco se cuenta la historia de una mujer secuestrada por las redes de trata desde la perspectiva de la víctima: un viaje al infierno real, donde el cuerpo es otra vez territorio de vejaciones, maltrato, basura.

En un mail que dilata una charla entre Frankfurt —donde fue parte de la comitiva argentina que viajó a la Feria del Libro—, Colonia y Buenos Aires, Cabezón Cámara responde algunas preguntas sobre sus textos y su trabajo.

¿Cómo armás estos recorridos que implican salir de la marginalidad y desembocar en alguna forma artística o expresiva? ¿Esa es la salida que proponen tus novelas?

Bueno, esa fue mi salida en algún sentido. Y me atraen ese tipo de recorridos un poco excéntricos, que traman topografías en principio disímiles, difíciles de poner a priori en la misma serie, del mismo modo que me gusta poner en contacto y en el mismo nivel distintos registros de lengua. Me interesa mucho todo lo trans, lo que horada fronteras, lo que las quiebra aún con costos altísimos; lo que no se resigna a ser sujeto de identidades rígidas, lo que no acepta el lugar en el mundo que le ha sido dado.

La configuración familiar está también resignificada en las novelas. En Romance de la Negra Rubia y en LVC hay configuraciones familiares particulares.

A veces me gusta pensar otras familias posibles, familias que escapen a la estructura patriarcal, familias más unidas por el deseo y el amor, familias cuyo devenir no sea producto del sentido común, de esa ideología que suele ser percibida como “naturaleza”.

Sos una de las escritoras que trabaja el tema de violencia de género de manera directa. ¿Cuál es tu mirada sobre la marcha del miércoles 19 de octubre en Buenos Aires y en otras ciudades del mundo?

No estaba en Buenos Aires el miércoles, sí estuve en otras, claro. Me gusta, de las marchas en las que estuve, la potencia de las mujeres juntas, la sensación de que se pueden cambiar las cosas.

Estás como docente en la flamante carrera de Artes de la Escritura. Pregunta trillada, pero no por eso menos válida: ¿se puede enseñar a escribir? ¿cómo encarás tus clases? ¿dónde ponés el peso del oficio de escribir?

Creo que se puede enseñar a escribir en la misma medida en que se puede enseñar a actuar o a dirigir cine o a bailar o a hacer esculturas, ¿qué tiene de tan sublime, de tan inefable la escritura como para que no pueda enseñarse, a diferencia de las otras artes? Se enseña, claro, hay técnicas, hay lecturas, hay prácticas. De allí en más, hay algo que está o no está en cada uno: no todos los que estudian cine son luego Tarantino o Martel. Del mismo modo, no todos los que estudien escritura serán grandes escritores. Pero algunos sí.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Una novela delirante sobre la mujer de MartÍn Fierro.

¿Y qué leés?

La última de Maximiliano Barrientos.

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