Hablamos con Laura Casielles sobre poesía, feminismo y política

 

Entrevista a Laura Casielles realizada por Sara Mathius

 

“Toma, este es mi cuerpo.

Ha vivido tempestades y lleva dentro animales pequeños

que por su nombre podrían ser dinosaurios.

Toma, este es mi cuerpo,

te estaba esperando,

cada mañana lo perfumo y a menudo

no me deja dormir,

si te fijas bien verás que en los recodos

tiene la forma de tus manos”. 

 

Este fragmento pertenece a Los idiomas comunes, poemario ganador del XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y del Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández. Ambos reconocimientos son para Laura Casielles, joven escritora que también publicó poemarios como Soldado que huye o Las señales que hacemos en los mapas. Además de intrépida viajera y amante de la poesía, coordina el equipo de prensa del GP de Podemos en el Congreso y es responsable de prensa de Pablo Iglesias.

 

Buenas tardes, Laura. Revisando tu obra, me ha llamado especialmente la atención Ofrenda, poema con el que abre esta entrevista. Me gustaría saber cómo fue concebido.

Ofrenda es el poema que abre Los idiomas comunes, un libro en el que intento sobre todo explorar esas certezas (sobre la identidad, la historia, el lenguaje, las relaciones…) que heredamos, a menudo acríticamente, y que construyen nuestro modo de estar en el mundo sin que nos demos ni cuenta. Los poemas de este libro quieren abrir grietas en esas certidumbres, lanzar preguntas que puedan, ojalá, ver de otro modo eso que parecía estar seguro, que es en realidad abrir otros modos posibles de vivir. En ese sentido, el poema Ofrenda prefigura algunos de los temas del libro: el cuerpo (su precariedad y sus posibilidades), la construcción de la propia biografía (con el hecho de ser mujer como factor clave), el trenzado complejo de los afectos, la tensión entre libertad y entrega… Pero, claro, todo esto no son más que lecturas a posteriori. En realidad, a lo mejor lo único que debería decir sobre este poema es que es un poema de amor. De amor, y de asombro ante el amor.  

 

En tu primer poemario, Soldado que huye, te centras en el tema de la huida. ¿Qué supone para ti y qué lo motiva? ¿Tiene algo que ver con una actitud escapista ante situaciones críticas?

Me resulta curioso hablar de ese poemario, del que me siento muy lejana: se publicó hace casi diez años, y recoge muchos de los primeros poemas que escribí, en los que ya no me reconozco demasiado. Sin embargo, es cierto que en él aparecen, aunque apuntasen a otro lado, temas que con el tiempo han ido desarrollándose en mi cabeza, preocupándome de distintas formas. Al titular aquel libro tenía en mente aquel refrán que dice que soldado que huye sirve para segunda guerra, y, supongo, una cierta intuición de eso que Frida Kahlo formuló como “donde no puedas amar no te demores”, de eso que escribe Ana Pérez Cañamares cuando escribe que “de una casa sin alegría / hay que salir corriendo”. Así, este tema de la huida era en ese libro una aproximación (bastante torpe y apenas intuida) a la idea de que, en determinados entornos, situaciones o lógicas, la mejor resistencia puede ser encontrar una vía de escape, huir para construir otra cosa en otra parte. No como escapismo de la situación crítica, sino como impugnación. Frente al “aguante” al que nos impulsan las estructuras patriarcales (que nos hacen permanecer en relaciones infelices bajo ideales de abnegación) o las estructuras capitalistas (que nos hacen permanecer en situaciones de explotación con la lógica del “así son las cosas”), huir supone la convicción de que es posible que las cosas sean de otra manera. “Huir lejos del odio y sus madrigueras / encendidos de pasión y búsquedas”, que escribe David Eloy Rodríguez, “huir para encontrarnos”. 

Laura Casielles / Fotógrafo: Miguel Álvarez
Laura Casielles / Fotógrafo: Miguel Álvarez
 

¿Cómo relacionarías ahora mismo la actualidad política con tu poema Geografía política?

Escribo ese poema como un modo de tomarme con ligereza las contradicciones que inevitablemente debemos cabalgar cuando defendemos convicciones que requieren salirnos de lo evidente y lo cómodo, desde la creencia en que pensando y actuando de otros modos el mundo será un poco mejor. Bromeo con la idea de que, de algún modo, todos nos aferramos a lo que tenemos, en un instinto humano más que comprensible de alcanzar la certidumbre de tener un lugar, o tener un amor, o tener lo necesario para vivir en calma. Pero a donde quiere apuntar esa broma es al modo en que muy fácilmente, ese apego cosifica y convierte en propiedad lo que en ningún caso puede ser poseído: un lugar, un amor, la calma. Ese intento de asegurar lo que no puede ser asegurable engendra normas, exclusiones y desconfianzas; y convierte los sentimientos más nobles en ideologías de la propiedad, la guerra y el miedo.

 

Al estar en un partido que se declara abiertamente feminista, ¿notas que tu trato laboral es diferente a otros espacios donde has trabajado?

Bueno, este es un espacio, en el que, como mínimo, el planteamiento de género puede ser exigido ante cualquier situación sin que nadie te mire como si vinieras de otro planeta. Un espacio en el que la noción de igualdad se materializa en los contratos y en las listas electorales. Un espacio en el que una mayoría de las personas están preocupadas por el feminismo y se esfuerzan en reflexionar al respecto en su cotidianidad. Sin embargo, como sabemos, una cosa son las estructuras y otra los corazones, y en este entorno como en todos, nos queda mucho por trabajar para mejorar en este sentido en las lógicas cotidianas, en el trato mutuo, en cómo eso se materializa luego en todo lo que hacemos. Por otro lado, dado que trabajo como responsable de prensa, mucho de mi trabajo no es hacia dentro de nuestra organización, sino hacia fuera. Y ahí, en el trato con medios de comunicación, con periodistas, con las instituciones, con otros partidos, sí que estoy viviendo el machismo más que en cualquier experiencia laboral previa. ¡Si es que vivo en un mundo de señores con corbata!

 

¿Qué piensas sobre la polémica que se ha generado estos días en torno a la figura de Amarna Miller dentro de Podemos? ¿Qué crees que puede aportar?

Creo que se han puesto de manifiesto algunas preguntas y debates la mar de interesantes. Yo he aprendido y disfrutado mucho leyendo algunos de los artículos que alimentaron la polémica, y reflexionando sobre qué pienso de todo esto en realidad. Me interesa mucho la pregunta por el modo en que se construye nuestra sexualidad y nuestro deseo, y de qué maneras se conjuga en ese ámbito la palabra “libertad”. No es tan sencillo. Amarna, con su cuerpo normativo pero hermosísimo, y sus prácticas sexuales excitantes pero patriarcales, y sus afirmaciones feministas pero capitalistas, es como una encarnación de las contradicciones que enfrentamos. Esto me parece interesante, porque escucharla me abre vías de pensamiento que me resultan fértiles, sea desde el acuerdo o desde el desacuerdo. Pero ahí hablamos del debate sobre la pornografía en cuanto a lo simbólico, lo cultural, los imaginarios y cómo nos habitan. En esta línea, por ejemplo,me parece interesante cómo planteaba algunos de estos temas la directora de porno feminista Erika Lust en una entrevista que le hacían hace poco. Tampoco me resisto a citar a la amiga poeta Carmen Camacho, que también se metía en el berenjenal en su columna semanal y escribía: “Nunca llegamos vírgenes al primer encuentro: con culpa o con daño, y con el amor hecho antes de hacerlo, en ocasiones necesitamos revisarnos para regresar mejores, o al menos más libres, a los gozos”. Pero aunque todo esto es muy entretenido, no nos debe hacer olvidar hablar también de las condiciones en las que se desarrolla la industria pornográfica como negocio en el marco del capitalismo y el star-system: precariedad, explotación, desigualdad, violencia.

Laura Casielles / Fotógrafo: Miguel Álvarez
Laura Casielles / Fotógrafo: Miguel Álvarez

¿Consideras que hay una cuota igualitaria en los partidos españoles en cuanto a representatividad de la mujer?

Si no me equivoco, la Ley de Igualdad implica unas condiciones de paridad que tienen que cumplir todos los partidos (como todas las instituciones): un 40%-60% en las listas electorales. Sin embargo, como siempre, no se trata solo del número de mujeres presentes, sino de los lugares que ocupan. No podemos hablar de igualdad si esas mujeres no están en la dirección de los partidos o en los puestos de salida de las listas; si no ocupan las portavocías de las comisiones parlamentarias más relevantes; si no pasan a formar parte de los Gobiernos. Las cuotas son importantes porque es cierto que a las mujeres sigue costándonos más (en todos los sentidos: las dificultades son tanto internas como externas) presentarnos a puestos con visibilidad; pero lo fundamental es generar estructuras que aseguren la igualdad de acceso, que vayan limando esas dificultades (de nuevo: tanto las externas, como las internas).

 

¿La política es más dura para las mujeres?

Sí, creo que la política es más dura para las mujeres. Como cualquier actividad que implique exposición pública, acceso a lugares que secularmente nos han estado vetados o toma de poder. Como cualquier actividad, en realidad, simplemente. Esta dureza se manifiesta en muchos sentidos: desde el desprecio cotidiano hasta los techos de cristal, pasando por las prácticas incompatibles con la conciliación o por el establecimiento de las prioridades programáticas. Y, sin duda,: la mirada que valora a una mujer como política va siempre cargada de un buen montón de construcciones machistas. Así, será observada por su aspecto, por su modo de vestir, por sus relaciones personales, por su moral, por su modo de vida. Todo eso son formas de deslegitimar, de seguir diciendo, de algún modo: “tú no perteneces aquí”. Recuerdo un día en el que un medio había publicado una noticia (falsa, por lo demás) sobre la vida privada de una compañera, y yo trataba de explicarle a uno de sus altos cargos por qué eso era intolerable. Me respondía: “pero mujer, por qué te pones así, es solo una cosa ligera, un divertimento”. Realmente no me entendía en absoluto, era incapaz de ver las cosas como yo las estaba viendo. Ese tipo de incomprensión es la que nos encontramos a menudo en el entorno político, cuando ponemos en cuestión todas estas cosas. Y eso, lamentablemente, no lo arreglan de manera mágica las cuotas ni las fórmulas prefabricadas de lenguaje inclusivo. Para eso hacen falta mucho trabajo, muchas leyes, y mucha pedagogía.

 

Dentro del partido trabajas en la construcción de liderazgo y comunicación. ¿La competitividad dentro del mundo de la política es una cuestión universal, o consideras que la mujer tiene más dificultades a la hora de ocupar un cargo de liderazgo? Ya sea por una cuestión sistémica o porque estamos educadas de otra manera en la que nos es más extraordinario asumir esa posición.

Me temo que, por desgracia, sí: en la política tal y como está articulada hoy en día, la competitividad es una especie de marco de partida del que participan tanto los hombres como las mujeres. Y que la responsabilidad de construir otra política, con otro tipo de marco, es también tanto de las mujeres como de los hombres que con su hacer construyen ese entorno. Tener o no una actitud feminista no es una cuestión del sexo ni del género desde el que se hable o actúe, sino de haberse hecho o no una serie de preguntas. Es cierto que las mujeres tenemos más dificultades a la hora de llegar a un puesto de liderazgo, y también de ejercerlo, pero eso no implica en absoluto que sea automático el cuestionamiento de las lógicas imperantes cuando se está ahí. Puede que sea cierto que las mujeres que están en política tiendan más a generar modelos de otro tipo de liderazgo, quizá por el mero hecho de que permanecer siempre medio excluidas, como decíamos antes, puede por un lado ayudar a ver las lógicas como extrañas, y, por otro, hacer que se deseen otras lógicas que no excluyan. Pero vaya, ningún esencialismo. Es una evidencia señalar que muchas de las mujeres que alcanzan puestos de visibilidad y poder en la política perpetúan sin ambages las lógicas de competitividad, violencia y verticalidad que se identifican como “masculinas”. Y, afortunadamente, muchos hombres que trabajan en este entorno luchan contra ellas denodadamente. Últimamente hablamos mucho de “feminización de la política”, y esto es muy bueno, apunta a un lugar importante.  Pero me da miedo que se convierta en una de esas fórmulas que al final nos tranquilizan en lo ideológico y nos permiten no hacer nada. Lo que hay que curar no son los síntomas, sino las enfermedades. A mí no me sirve de nada que haya muchas mujeres visibles en los entornos políticos si han llegado a donde están pisando la cabeza de sus compañeras, no contribuyendo a un entorno más habitable para todas y todos, donde hacer política de otra manera sea realmente posible. 

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