Fotografía de Mercedes Carballo

“El último verano”, un cuento de Gabriela Baby

 

Un cuento de la escritora argentina Gabriela Baby ilustrado con fotografías de Mercedes Carballo

 

En febrero mi mamá me manda a Mar del Plata a pasar las vacaciones con mi papá, que vive con su segunda esposa, sus nuevas hijas –Erica y Lucía, que son mis medias hermanas– y con Lucrecia, la hija de la mujer de mi papá de un matrimonio anterior, que no es nada mío.

Llego a Mar del Plata en un micro de los que no paran en la ruta. Yo soy grande y viajo sola. Mi papá me busca en la terminal y nos vamos a la casa.

Los primeros días siento una mezcla de ansiedad y cansancio que me mantiene alerta. Tardo dos noches en habituarme a mi cama, a la habitación compartida, a una casa con mucha gente y mucho ruido, muy diferente al departamento de dos ambientes donde vivo con mi mamá el resto del año.    

En la casa de mi papá también vive Marabierto, un perro callejero de ojos tiernos que duerme en el sillón del living, nos cuida a todas cuando mi papá y su mujer salen a la noche y es mi confidente cuando lloro porque extraño mi casa de Buenos Aires. Mi media hermana Erica me espera para jugar y criticar a Lucrecia, la hija de la mujer de mi papá. Porque Lucrecia es rara.

Tiene el pelo corto, muy corto, como un varón, y usa anteojos de vidrios muy gruesos. No le gusta ir a la playa ni jugar con nosotras. Habla poco, pero cuando lo hace, le sale una voz gruesa y áspera, como si estuviera siempre afónica. A Lucrecia le gustan las enciclopedias de animales, especialmente las de insectos y arañas, y usa siempre ropa negra. Lucrecia se pinta los ojos con delineador –también cuando vamos a la playa– y todo el día escucha música con sus auriculares. Además, no habla con nadie, no tiene amigos, no le gusta salir a jugar a la vereda.

A veces, cuando mi papá y la mujer de mi papá se van al cine, Lucrecia nos cuenta cuentos de terror. Y una noche mi media hermana Lucía tuvo que dormir en mi cama porque estaba asustadísima después de la lectura de El gato negro.

Al tercer día de llegar, ya estoy acostumbrada a vivir entre tanta gente y en una casa con seis habitaciones –incluyendo el altillo y el cuarto de servicio– tres baños, un living, un patio y un balcón a la calle.

En el altillo hay dos grandes estanterías llenas de latas de tomates, de arvejas, de choclo y detergentes de muchos colores, y Erica y yo jugamos a la vendedora. El juego de la vendedora es simple: ponemos una tabla con dos caballetes para armar el mostrador y la vendedora le vende a la clienta latas o detergentes, que en realidad son talco con olor a rosas, perfumes de París, cremas para el cuerpo.

A mi media hermana Lucía no la dejamos subir porque es muy chica y juega mal: no sabe comprar, ni vender. Erica en cambio es la mejor: inventa productos y perfumes nuevos y sabe marcas caras de verdad. Además, cuando es la compradora, imita a una señora elegante y dice palabras en francés. Lucrecia se pasa las tardes encerrada con llave en su cuarto –es la única que no comparte habitación– y no deja entrar a nadie. Aunque un día yo sí pude entrar y entonces vi todo.  

La mujer de mi papá trabaja y mi papá también y vuelven a la hora de la cena. La cena es el momento más aburrido del día: mi papá y la mujer de mi papá conversan de sus cosas y ninguna de nosotras tiene permiso para hablar. Lucrecia sí puede hablar, pero nunca dice nada.

Durante el día, nos cuida Irma, que además cocina y plancha y nos deja andar en patines en la vereda, jugar al ring raje y hacer casi cualquier cosa con tal de que no la molestemos cuando está viendo la telenovela. Irma hace el mejor arroz con pollo del mundo. Mi media hermana Erica dice que Irma es una santa y que Lucrecia es un animal enjaulado.  

Fotografía de Mercedes Carballo
Fotografía de Mercedes Carballo

Una tarde estábamos las tres patinando, y yo entré a la casa para ir al baño y vi que la puerta de la habitación de Lucrecia estaba entreabierta. Entonces, cuidando de no hacer ruido con los patines, me asomé y vi a Lucrecia con las manos metidas en una caja verde, un poco más grande que las cajas de zapatos, acomodando algo que parecía muy delicado. Ella se sobresaltó al verme y gritó “Andate”. Pero en el segundo previo a irme, en el instante en que las dos nos quedamos estáticas mirándonos, escuché un ruido seco, como de uñas rasgando, que venía de adentro de la caja que Lucrecia se apuró a cerrar mientras repetía con su voz afónica “Andate, andate ya”. Menos mal que Lucrecia no es nada mío, ni media hermana, ni amiga, ni nada.  

Los domingos, si hay sol, la mujer de mi papá insiste un poco y entonces mi papá carga el auto y nos vamos a la playa. A mi papá no le gusta ir a la playa, dice que hay demasiada gente, que es un trastorno, que la arena está sucia y que hay mucho ruido. Y además, dice, para ir a la playa tenemos que llevar muchas cosas.

Mi papá tiene un Ford Taunus rojo al que quiere más que a cualquiera de nosotras. Los domingos de playa, tiene que dedicarse un largo rato a poner reposeras y bolsos en el baúl, la heladerita y la sombrilla en el asiento de atrás, y en el asiento de adelante, una toalla: ahí viaja Marabierto.   

La mujer de mi papá sale de la casa cuando el auto está todo cargado, le da un beso a mi papá y se va con Lucrecia en un taxi porque no entramos todos en el Taunus.

Cuando llegamos al estacionamiento de la playa, esperamos a la mujer de mi papá y a Lucrecia, y después bajamos a la arena. Vamos en fila por un camino apenas marcado entre los yuyos y yo siempre imagino que de entre esos yuyos va a salir una víbora y me va a picar un pie. Le pregunto a Lucrecia si cree que puede haber víboras en esa jungla.

“¿Jungla?”, dice con su voz grave y se muerde el labio de abajo. “¿Qué jungla?”, me mira con cara de no entender, y después me dice que ella conoce un lugar en la playa donde hay arañas. “Tienen su nido y ponen huevos”, dice. “¿Querés que te las muestre?” Yo no le creo pero igual le digo que no.  

Cuando termina el caminito entre los yuyos, llegamos a la arena. La esposa de mi papá busca con la mirada el mejor lugar y todos la seguimos hasta que dice “acá”. La fila entonces para, mi papá pone su silla y se sienta, y la mujer de mi papá nos indica cómo instalarnos: las reposeras paralelas, las lonas entre medio, la heladerita bajo la sombrilla, los bolsos debajo de las reposeras. Todas le hacemos caso, menos Lucrecia, que se acuesta enseguida en una lona y saca su walkman. “¿Qué escuchás?”, alcanzo a decirle antes de que se ponga los auriculares. “Mozart”, me dice pero no me da tiempo para preguntarle si siempre es el mismo cassette porque pone play y se acuesta panza abajo en la lona para sacar su libro. Cuando abre la mochila, veo la misma caja verde donde tenía las manos metidas ese día que entré a la habitación.  

Fotografía de Mercedes Carballo
Fotografía de Mercedes Carballo

A mí me gusta mirar la playa: me gusta ver cómo el mar cambia de color cuando hay nubes o cuando es más tarde. Y pasa mucha gente vendiendo cosas, aunque mi papá repite todo el tiempo que no va a comprarnos nada.

Lucrecia lee un rato y después dice “Me voy de excursión”, deja el libro sobre la lona y se va con su mochila. Cuando se aleja un poco, me acuesto a mirar el libro: es una enciclopedia que en la cubierta tiene la foto de una enorme araña peluda que a mi media hermana Lucía le da asco o miedo y empieza a llorar. Entonces la mujer de mi papá me pide que la tape con algo: yo abro el libro sobre la lona y me acuesto panza abajo a leer, como hace Lucrecia.    

El libro tiene fotos y dibujos que cuentan cómo nacen y crecen las arañas. Ese día aprendo muchas cosas: las arañas nacen de un huevo y cambian de piel después de cada invierno. En las fotos, las pieles son como vestidos de gasa con forma perfecta de araña.  

Lucrecia tarda muchísimo en volver de su caminata y yo leo un montón: las arañas venenosas y las no venenosas pueden tener el mismo aspecto. Hay algunas que son agresivas, pero en general, pican sólo si se las molesta. Y hay una súper venenosa que mide hasta cinco centímetros y puede vivir en los árboles, en la arena o en los canteros. No me dan miedo las arañas.

Cuando volvemos de la playa, tengo que esperar turno para usar el baño grande, que es el único que tiene bañadera. Primero se baña mi media hermana Erica, después mi media hermana Lucía y después me toca a mí. Esa noche Lucrecia no se baña y tampoco quiere salir de su cuarto para cenar. La esposa de mi papá dice que se siente mal o algo así y Marabierto se la pasa husmeando la puerta de su cuarto.

 Al día siguiente, la esposa de mi papá anuncia que Lucrecia tiene un pie lastimado, “todo hinchado”, dice, “y un poco de fiebre”. Ese día, Lucrecia se queda en su habitación, como siempre, solo que esta vez no se encierra con llave porque Irma tiene que ponerle hielo en el pie y una pomada: eso le pidió la esposa de mi papá, y que le tome la temperatura y le avise por teléfono si tiene más de treinta y nueve.

Como llueve, mi media hermana Erica y yo nos pasamos el día jugando a la vendedora en al altillo. Y entre una y otra visita de Irma, aprovecho para asomarme a la habitación de Lucrecia y espiarla: un hilo de luz que se filtra por debajo de la persiana ilumina una estantería donde están los tomos de la Enciclopedia y varias cajas. Se me ocurre que esas cajas son perfectas para el juego de la vendedora.

A la noche, Lucrecia sigue mal. Y a la hora de cenar, la mujer de mi papá dice que ella va a hacerle compañía: pone su plato y su vaso en una bandeja y se va a la habitación de Lucrecia. Mi papá y mis medias hermanas nos quedamos cenando en silencio, hasta que mi media hermana Erica propone una maratón de chistes y mi papá juega con nosotras. Mi media hermana Lucía inventa unos chistes rarísimos. Es la única cena feliz que recuerdo en esa casa.  

Esa noche me quedo despierta en la cama hasta que todos se duermen y, con mucho cuidado para no hacer ruido, me levanto y voy a la habitación de Lucrecia. Entro. Un ronquido rítmico y grave llena el aire. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, veo la pomada y el termómetro en la mesa de luz y las cajas en los estantes. Tomo con las dos manos una de las cajas y, justo bajo el resplandor que deja entrar la persiana, la abro: adentro, sobre algo que parece algodón, hay unos huevos muy pequeños con manchas negras. Me da mucho asco. Dejo la caja en su lugar y me vuelvo a la cama.  

A la mañana siguiente, Lucrecia sigue con fiebre y entonces la mujer de mi papá no va a trabajar y llama al médico. La mujer de mi papá no quiere que Irma vea la novela y no nos deja salir a la vereda. Pasamos todo el día jugando a la vendedora, que al final se vuelve un juego muy aburrido.

El doctor llega después del almuerzo, revisa a Lucrecia y después se encierra en el living a hablar con la mujer de mi papá. Mi media hermana Erica y yo nos paramos detrás de la puerta para escuchar, pero no se entiende nada lo que hablan.

Cuando el médico se va, la mujer de mi papá se queda encerrada en el living y llama a mi papá por teléfono. Entonces escuchamos que llora. Llora un montón. Y al día siguiente, Lucrecia se muere.

Parece que se murió de madrugada mientras dormía. Vienen a buscarla en ambulancia y mi papá no nos deja salir de nuestra habitación porque dice que vamos a despedirnos de ella después. Mi papá no llora pero tiene los ojos rojos, hinchados. Yo no entiendo lo de despedirnos, ¿cómo se despide a alguien que se murió?  

Entonces nos visten a todas con ropa negra y nos llevan al velorio. Yo no quiero vestirme como Lucrecia y mi media hermana Lucía llora sin parar y, en el velorio, mi media hermana Erica no quiere entrar al cuartito donde está el cajón. Yo tampoco quiero entrar, pero mi papá me dice que lo acompañe y entonces voy pero trato de no mirar el cajón aunque no puedo dejar de pensar qué ropa tendrá puesta Lucrecia ahí adentro.

Nos quedamos un montón de tiempo en el velorio, hasta que se hace tarde y mi papá nos lleva a la casa para comer y dormir. La mujer de mi papá no viene con nosotras pero esa noche no hay maratón de chistes.  

Al día siguiente vamos al cementerio. Es un día de sol. En el cementerio, varios hombres que yo no conozco apoyan el cajón frente a un pozo muy hondo. Después alguien dice unas palabras por Lucrecia y todos rezan. Entre muchos bajan el cajón al pozo y alguien nos pide que tiremos un poco de tierra arriba de la tapa. La tierra suena como lluvia sobre la tapa del cajón pero Lucrecia no debe estar escuchando el ruido porque está muerta y porque debe tener los auriculares puestos.  

Volvemos del cementerio en el Taunus. Ahora entramos todos en el auto porque Marabierto se quedó con Irma y tampoco está Lucrecia.

Llegamos a la casa y la mujer de mi papá entra a su cuarto, baja la persiana que da al balcón y cierra la puerta con llave. Mi papá se queda con ella un rato y después sale y se sienta en su sillón del living con un libro, pero enseguida se queda dormido con el libro sobre las piernas y Marabierto acostado a sus pies. Mis medias hermanas juegan en el altillo a la vendedora pero en voz baja, como les pidió mi papá. Ahora Erica deja que Lucía juegue con ella.

Entonces entro al cuarto de Lucrecia. Levanto un poco la persiana para tener luz. Reconozco en la estantería la caja de los huevos y elijo otra, la abro y casi grito porque me parece que adentro hay una araña peluda, grande y con rayitas amarillas. Pero enseguida me doy cuenta que no es la araña, sino la piel de la araña, el vestido de gasa fina, el cuerpo sin cuerpo de la araña que se fue.  

En ese momento escucho que alguien quiere entrar a la habitación y guardo la caja en su lugar. Abro y veo a Marabierto rasgando la puerta, olfateando, a punto de ladrar. Cierro con llave y me llevo a Marabierto a jugar al patio, aunque en realidad tengo sueño y no puedo dejar de pensar en las cajas y en Lucrecia. ¿Quién va a ocupar esa habitación ahora? Yo no quiero dormir en la cama de una muerta.  

Al día siguiente por la mañana viene un señor de guardapolvo blanco y la mujer de mi papá lo recibe y lo lleva a la habitación de Lucrecia. El señor se pone unos guantes de tela gruesa antes de entrar y después se encierra en la habitación y al rato sale con la caja verde, la que Lucrecia había llevado a la playa en su mochila.  

–Las otras solo tienen pieles, ¿las dejo o me las llevo? –pregunta el señor del guardapolvo a la mujer de mi papá, pero ella no dice nada porque empieza a llorar y corre a encerrarse otra vez y entonces Irma lo acompaña hasta la puerta.

Cuando entro a la habitación de Lucrecia abro el resto de las cajas y encuentro en cada una un vestido de gasa de araña. Apilo todas las cajas y las llevo al altillo. Nadie me ve. Saco los vestidos de las arañas y los pongo entre los detergentes y las latas. Dejo las cajas en un rincón y decido que nunca más voy a jugar al juego de la vendedora.

Bajo del altillo y me despido de mis hermanas: esa misma tarde me vuelvo a Buenos Aires y no quiero volver nunca a esa casa. A la mujer de mi papá no la saludo porque ella no sale de su habitación, igualmente yo tampoco tenía ganas de darle un beso.

Mi papá me lleva a la terminal y me acompaña hasta el micro que va directo a Buenos Aires. Mi mamá me estará esperando en Retiro. Yo soy grande y viajo sola.

También te puede interesar:

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on Pinterest