Nan Goldin

Hay afuera todo ese ruido

Un cuento de Miryam Hache

Nadie va a venir a despertarte Lucinda. Querías silencio. Escucha. Escucha el zumbido casi mortuorio. O la paz. El silencio como de cielo. De monje urbano entre nubes.

Lucinda toca la costra del sueño pegada al lagrimal. Se raspa, casi lastima su piel, y al fin deja caer una bolita endurecida al suelo de la cocina. Abre la puerta de la alacena: hay restos de sal en un paquete de plástico, algo de arroz y un frasco de garbanzos. Café, Lucinda, café. Ay, mujer, esos que hacen deporte por las mañanas, que escalan montañas, esos que madrugan y practican yoga, esos que desayunan en familia alrededor de una gran mesa cuando apenas se esconde la noche. La cafetera está manchada por los lados y hay grasa acumulada de siglos en los contornos de las hornallas. Si la soledad hiciera ruido se parecería al motor de la heladera que absorbe a Lucinda, por un segundo, y le recuerda: el plátano, las dos mandarinas. El motor en los tímpanos y alrededor el silencio. Detrás del fondo transparente del cajón de la verdura hay unas manchas oscuras. De los tiempos de la salsa de soja y el aceite de almendras. De los tiempos de los imanes de Santiago que aún babosean, después de tantos días, en la fría artificialidad del congelador.

Los folletos acumulados sobre la nevera forman hileras de colores. Como los que coleccionaba con su hermana cuando era pequeña, los que se robaban de las recepciones de los hoteles, imbuidas en ese corto fervor de la criminalidad infantil. Una corriente mínima que entra por la ventana semi abierta sopla uno de los folletos. Cae frente a sus pies. Un soplo tipo fílmico. Lo levanta, contempla el colorido preciso del fondo, las líneas horizontales como de brazos finos que se expanden. De luz abierta. Un “Él me salvó la vida” en el centro de la primera hoja. Pasa los dedos por encima del celeste y púrpura de las esquinas y adentro: “Creo que eso es lo que me salvó la vida. Él tenía un propósito para mí, y su propósito para mí era hablar lo que me ocurrió en mi juventud”. Por dios, nunca mejor dicho. Junta el manojo de folletos y los tira a la basura.

Los peces flotan en el agua como nuestros cuerpos en el espacio sin la gravedad de la tierra, piensa Lucinda pero no escribe, lo balbucea en la mitad del cuarto vacío mientras se lleva la taza de café a los labios. No siente ninguna vergüenza al decir esas frases en voz alta. Vergüenza ante quién. Sabe que no es nada original lo que acaba de decir. Mezcla las ideas sobre las cosas que ve: en el centro de un rayo de luz puntualísimo —crece a las 13:05 y mengua a las 13:30— que atraviesa el cristal y alumbra su cuello, su espalda, los tatuajes de raíces en la pantorrilla izquierda; unos bichitos envueltos entre sí o en la humedad del aire, vuelan o flotan, o maldicen, tal vez, no saber dónde termina la textura del otro. ¿Era yo lo mojado o eras vos? Piensan los bichitos mientras observan a Lucinda, del otro lado del cristal, asintiéndole a la pared, con la mirada puesta en un punto impreciso del tiempo. O en un punto de la piel de Santiago. O en la terrible certeza de que no extraña sus ideas, no lo extraña a él, extraña su olor, la temperatura de su abrazo, sus largos dedos rascándole la cabeza, las melodías silbadas en el baño, su sexo duro siempre, o ya no tanto no, esas cosas no, ahora, en el invierno del cuarto: la temperatura de su abrazo, el calor.

Fotografía de Nan Goldin
Fotografía de Nan Goldin

Lucinda traza con sus dedos el recorrido de los bichitos que se alejan, por el lado de afuera, y la dejan sola. Lucinda, sola. Pronto serán las 13:30 y la luz de los vivos esquivará tu ventana durante el resto del día, de este martes de invierno en el que no tienes nada que hacer, salvo sentarte en la silla frente al escritorio, prender la computadora, muy bien, la espalda recta si querés evitar la corvatura de los viejos, lavarte los dientes aunque no vayas a salir a la calle, bloquear para siempre a Santiago del Facebook, ay Lucinda, entender que somos lo mismo y que tenés que dejar de gesticularle historias truncas o solo frases a la pared. Mejorá tu currículum o escribite un cuento, hacete el favor, porque yo soy vos soy tu voz. Un cachito de tus palabras desgajado hecho cúmulo etéreo en la humedad del techo. Tan invisible. Lucinda: tecleá.

Si estuviéramos viendo una mala película de los años ochenta veríamos a Lucinda contemplando una fotografía de sus sonrisas juntas enmarcadas sobre una mesita de luz. Pero nunca imprimieron una foto juntos. Pero no hay mesita de luz. Pero no hay luz. Pero simplemente no. Tampoco hay cortinas ni estufas en la casa. Después de un rato de enviar currículums a quién sabe, vuelve a la cama y se cubre con las cuatro mantas hasta la nariz. Siente el frío intenso que se cuela por debajo de la puerta. Un frío más de calle. La ventana de la cocina debe haber quedado abierta. No se levanta a cerrar nada. Advierte el agujero que hay en la sábana, junto a su cabeza, lo palpa. Sabe que nadie llamará al teléfono que ella deja, por las dudas, al costado de la almohada. Sabe también, que ahora que él no está, nadie llamará al timbre. Si la soledad se palpara, la soledad que no se busca, la que duele y desespera, tendría la textura de este agujero en la tela. Y la experiencia podría ser esta, la de una persona que por varias tardes o meses solo quiere dormir, y, ahora, nota cómo puede hundir la yema, acariciar la fina trama hilada de blanco hasta rasparla, cavar un túnel mínimo hasta el colchón y más allá, hasta el suelo de cerámica y el cemento debajo, y a la tierra, y volver o dormir, y, y que alguien cierre por ella la ventana de la cocina.

El teléfono vibra en el colchón. Notificaciones de estupideces y ya han pasado tres horas. El hambre le provoca náuseas. Cuesta mucho quitarse esas gruesas mantas de encima y enfrentarse al clima sin estufas de este cuarto y de esta casa de pronto tan ajenas. Va hasta la cocina, cierra la ventana, abre el frasco de garbanzos y se lo lleva a la cama. Lo deja en el suelo, cierra los ojos, duerme.

Esta y la fotografía de portada son de la mítica Nan Goldin
Esta y la fotografía de portada son de la mítica Nan Goldin

Llega un momento en el que la presión por la orina acumulada en la vejiga es tal que se expande, llega hasta la vulva, o hasta zonas indefinidas debajo del vientre, y se vuelve —la presión— una dulce confusión entre la excitación y el dolor. Con mucho esfuerzo, se aparta las mantas del cuerpo y vuelve a enfentarse al frío. Siente la quemazón del azulejo del baño bajo las plantas de los pies. El ruido del líquido denso mezclándose al resto del agua es un eco prolongado, y, mientras fija una endeble atención en el borde percudido de la toalla en la puerta, Lucinda piensa en la palabra que había leído horas antes en aquel folleto: propósito. Desde hacía años que ella tenía sus opiniones formadas sobre el sentido de la vida. No había sentido, y eso no era un problema, al contrario. Tenía esas dos o tres ideas que decía siempre a las personas nuevas que aparecieran en su vida, en alguna de esas noches de cervezas inaugurales en las que se confiesan filosofías o secretos: si el universo es infinito entonces no tiene ni principio ni final. Por ende si no hay principio no hay dios creador. Por ende no hay dios. ¿para qué iba a haberlo? Por ende nuestra vida es contingente, por ende no hay moral, ni verdades últimas, ni sentido. Por ende yo soy libre para tantas cosas, pensaba. Citaba a Cioran: “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”. Pensaba que la posibilidad de reinventarse mil veces era una constante expresión de libertad. Que nuestras metas o proyectos eran meros motores, excusas para seguir vivos. El eco estridente de la orina se detiene. Mira al suelo, la negrura de las juntas. Nunca habló de estas cosas con Santiago. Cuando salían del cine o del teatro juntos, nunca comentaban la obra que acababan de ver, hablaban de cualquier otra cosa, de los contornos del evento. Por qué llegaste tarde, la cola en el baño, la mujer que se reía en voz alta cuando nada era risible, las buenas actuaciones, las estupideces. Él reservaba sus críticas concienzudas para exponerlas luego en su blog. Respondería ávidamente a todos los comentarios que recibiera en su página. Debatiría, se enojaría. Ella también, escribiría críticas sobre otras cosas, de libros tal vez, luego le enviaría la crítica a él para que le diera una escueta devolución o aprobación o a vaya a saber. Pero no se iban juntos hasta las palabras. Eso era algo que ella consideraba había que hacer en silencio, y que él, después de un tiempo, comenzó a imitar. Tal vez, guardarse las palabras para la escritura era una especie de venganza íntima. Aprieta el botón metálico y se queda así, de pie, descalza, frente al inodoro, viendo como un breve torrente de agua arrasa.

No Lucinda, no vuelvas a acostarte en esa cama, pegate una ducha y andá a la calle, a echar currículums y a que te vean la cara, a pegar carteles de lo que sea, poné que cuidás niños y que das clase de todo, decile a Mariela de ir a algún concierto gratis esta noche, vete fuera, a que te miren los hombres, a que te de el sol en los brazos, a dar un paseo por el parque y respirar.

Fotografía de Nan Goldin
Fotografía de Nan Goldin

Pero a Lucinda le duelen los párpados y no siente fuerza alguna en las piernas. Vuelve a la cama, y la realidad entera pareciera cubierta por una sábana blanca. Su padre no llamará. Su madre no llamará. Su hermana estará emborrachándose con gente muy bronceada y muy rubia en alguna playa de Australia. Santiago estará colgando cuadros en su nueva habitación, todavía desembalando cajas, comprando utensillos de plástico en bazares chinos.

Propósito. Recuerda: su caja de libros a los doce años. El evangelio de tapas duras que le había regalado su abuela, el papel tan fino y suave. El olor de su abuela mezclado a las hojas. Dios. La más grande ausencia. Los padres y sus voces de fondo en el comedor, el ruido de siempre. Los otros. Ella. Doce años. Quiere querer ese libro que su abuela le ha dado. No puede. Ella. Trece años y quiere silencio. Sus padres la llaman para comer. Quiere silencio. No música de padres, no música de hermana. No risas en las que no participa. Ella. Mudanzas. Viajes. El evangelio de tapas duras ya no existe. Su abuela tampoco. Ella. Hoy. Treinta años. Otro país. Sus padres nunca saben, no llaman. De las editoriales tampoco. De los trabajos tampoco. Podría estallar y morirse en este silencio. Y nadie, en el universo infinito, la escucharía.

Pasan tres días.

Lucinda toca la crosta del sueño pegada al lagrimal. Ya no queda arroz ni garbanzos ni café. Cómo va a salir a la calle a comprar algo de comida sin haber bebido café. Cómo permanecerán abiertos sus ojos. Busca en la basura de días atrás: el manojo de folletos que había tirado. Busca los bordes púrpuras y celestes. Lo encuentra, lo toca. Lee el número de teléfono. Lee “Dios”. Lee “llámanos si tienes problemas”. Busca el celular y vuelve a leer el número, lo palpa con la yema de los dedos, mira las caras sonrientes de gente dándose las manos, las palpa con la yema de los dedos. De pronto el silencio es lo único que existe. El teléfono móvil en la mano, el silencio y el púrpura estallándole en los ojos. Abolla el papel y lo vuelve a meter en la bolsa junto a las pieles de mandarinas y plátanos, junto a los imanes de Santiago que ahora arranca del congelador con ambas manos.

Va hasta el baño. Por primera vez en cuatro días le espanta la visión de su cara en el espejo. Los párpados caídos, hinchados; el pelo oscurecido, más pesado que de costumbre, reluce mugre. Mastica su aliento espeso mezclado con sangre antes de abrir el grifo y dejar correr el agua. La pasta de dientes, el jabón en la palma de una mano, hoy es el día Lucinda: debes salir a comprar comida. Se desnuda, abre el grifo de la ducha, el agua moja su pelo, su cuerpo entero, se filtra la imagen-recuerdo de la mirada de Santiago sobre sus piernas mojadas, en esta misma ducha, el agua caliente se lleva la fina lámina de lagaña y sal de lágrima seca pegada a la mejilla, el agua cae o prosigue, arrastra, le abre los poros, la abraza, despierta.

Busca una camiseta en el armario. Hay tanta ropa innecesaria. Como estas pantuflas que ni siquiera le gustan pero siempre calza, porque andar por la casa sobre ese colchoncito de espuma sintética, es como semi flotar desde la puerta de su habitación hasta el salón. Por el pasillo alfombrado, flotar. No. Se las pone para no despreciar el gesto de su madre, para justificarlo. No. Mentira. Para no hacer ruido a la mañana cuando anda por los espacios no alfombrados de la casa, y no despertar a Santiago que se levanta siempre tres horas después del burbujeo de la cafetera de Lucinda, del olor a café con leche en los poros. Pero la verdad es que su madre ni siquiera sabía que a ella le gusta ir así descalza sobre la alfombra limpia, libre, limpia de pisadas de otros de pies de barro de mugre, así, descalza, como semi flotando en el silencio. Porque el silencio es esa tábula rasa, Lucinda, lo sabés, la posibilidad de todas las músicas, y ahora podrás escuchar esa voz, Lucinda, que te decía o te dice: vestite, muy bien, ponete el abrigo, las llaves están en la mesa, las tuyas y las que Santiago lanzó a la pared cuando lo echaste, tus botas están bajo la cama, andate a la calle y no olvides sacar esa basura hedionda de aquí.

En la casa ya no se oye nada, salvo el sonido de los pasos firmes de Lucinda, vestida con botas altas, gorro de lana y campera, avanzando por el pasillo con bolsas de basura podrida, llenas de pieles de frutas, imanes, folletos y pantuflas. Hay el sonido de unas llaves en la cerradura, una puerta que se cierra. Hay afuera todo ese ruido.

También te puede interesar:

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on Pinterest