forough farrokhzad

“La casa es negra”, de Forough Farrokhzad

Por Ruth Llana

«Cantaré tu nombre con el laúd de diez cuerdas, porque he sido hecha de una manera extraña y terrible» La casa es negra, Forough Farrokhzad, 1962

Con este y otros versos que acompañan el relato visual La casa es negra (1962), la poeta y cineasta iraní Forough Farrokhzad (1935-1967) entona uno de los cantos literarios y cinematográficos más intensos del siglo XX, en la que será su única obra cinematográfica.

En este cortometraje documental de veintiún minutos de duración, Farrokhzad se aproxima, mediante un uso híbrido de palabra poética y arte cinematográfico, a la vida cotidiana de los enfermos de lepra. Una reflexión sobre fealdad y belleza que deja caer parte del peso de estos conceptos en el espectador que observa al otro lado del tacto que propone la película, así como en la figura de un dios temible, evocado por las oraciones de los enfermos o por los versos recitados en voz de la propia directora.

«¿Quién es este alabándote en el infierno, oh Señor? ¿Quién es este en el infierno?» [Min. 2:00]
«¿Quién es este alabándote en el infierno, oh Señor? ¿Quién es este en el infierno?» [Min. 2:00]

Si bien el componente visual del filme es arrollador, hay presente, como decíamos, un fuerte componente háptico en La casa es negra que también encuentra su eco en el sonido. Con diferentes secuencias en las que se filma a los doctores y enfermeras cuidando a los enfermos, Farrokhzad dirige la mirada del espectador a la piel cuarteada y a las manos que la tocan, la vendan, no con amor, pero quizás sí con entrega. ¿Y no es esta acaso una manifestación del amor?

En La casa es negra la mirada juega a esconderse entre la luz y la oscuridad, en el resquicio de una fotografía que se demora en el relieve de las superficies humanas, de los objetos, en la cotidianidad de la separación dual entre lo que se asume como perfecto o imperfecto. Como punctum, como estría, canal, hoyuelo, cicatriz o hendidura, las imágenes se suceden y nos transportan al lugar de la fantasmagoría, sea ese lugar un rostro o el otro lado de la puerta que separa el mundo de los sanos del mundo de los enfermos en otra dual oposición perfecta en su imperfección y herida.

La devoción hacia Dios está también entretejida en el orden de los rostros, en la arquitectura de los cuerpos. Los hombres se arrodillan y se rinden a un dios que los hizo, no a imagen y semejanza, sino «de una manera extraña y terrible». Un dios que es fuerza inamovible y cuya voluntad se impone a todos los seres de la tierra. El dilema teológico que plantea Forough Farrokhzad se va entretejiendo con la yuxtaposición de los rostros de los enfermos, rostros que no guardan un orden: y esa es su similitud. La de vivir en la casa negra; la casa negra, a oscuras y sin sintaxis.

En esa casa negra se entrega una imagen imperfecta por oposición a la perfección, a la salud, al orden y al lenguaje narrativo. La fealdad aparente de los cuerpos se yuxtapone al lenguaje elegido por la directora: por un lado, los versos del Corán: refulgentes, rendidos ante el propio lenguaje, absolutos en su búsqueda; por otro, sus propios versos, detenidos en el orden de la observación, de la creación, negados a la rendición; dibujos de brillantes flores en los espacios físicos y humanos de la leprosería.

¿Salvan esos lenguajes? ¿Consiguen esos cuerpos entregados resolverse en algo entendido como mejor, como perfecto? Quizás no podamos contestar a estas preguntas con ningún tipo de certeza porque, tras ver el filme, carecemos de ese tipo de lenguaje y, sin embargo, tenemos las manos llenas de flores.

«Yo entrego mi ser a ti, oh Dios, y vuelvo mi cara hacia la tuya» [Min. 8:12]
«Yo entrego mi ser a ti, oh Dios, y vuelvo mi cara hacia la tuya» [Min. 8:12]

La casa es negra es un filme que se resiste. Es un filme que obliga: a mirar, a encauzar el pensamiento, a convertir la gramática de un rostro fracturado en una casa. No se asume la fealdad, sino su cambio, su transformación, pues al rosto quebrado o al cuerpo quebrado hay quien se acerca, lo toma de la mano, y vuelve su cara hacia él para crear una nueva música; pero ese quién no es Dios, no el Más Grande, no el Clemente o el Compasivo. Hace falta la fractura, el destrozo verbal para no volver el rostro; o quizás, la reinvención del lenguaje fuera del orden de lo previsto. La invención del lenguaje de la sorpresa.

«Tú, nombra algunas cosas hermosas.» [Min. 18:59]
«Tú, nombra algunas cosas hermosas.» [Min. 18:59]
«La luna, el sol, las flores, el recreo.» [Min. 19:08]
«La luna, el sol, las flores, el recreo.» [Min. 19:08]
«Tú, nombra algunas cosas feas.» [Min. 19:12]
«Tú, nombra algunas cosas feas» [Min. 19:12]
«Mano, pie… Cabeza.» [Min. 19:18]
«Mano, pie… Cabeza.» [Min. 19:18]
[Min. 19:24]
[Min. 19:24]

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