Jonás Trueba y sus exiliadas románticas

Por Sabela Paz

Me pregunto cuánto hay de pretensión nostálgica en Los exiliados románticos (Jonás Trueba, 2015) y cuán sutil resulta la referencia a Natalia Ginzburg y Las pequeñas virtudes como emblema y símbolo de una edad. Sin embargo, reconozco mi parcialidad desde el primer párrafo, puesto que mi posicionamiento es claro: hay cierta virtud en una road movie que bebe de la idea del guion en rodaje y tras la cual se atisban ecos de mujer. Y es que aunque los protagonistas parecen ser ellos, son ellas las que corporizan sus miedos, traumas o esfuerzos. Isabelle, Renata y Vahina son sin duda quienes hacen avanzar un viaje espontáneo que, según el propio Jonás Trueba, surge sobre la marcha. O en palabras de Tulsa, banda sonora de la película, algo así como: “Y ahora que viajo al norte huyendo de mí, la culpa se sienta a mi lado y me recuerda: no te librarás de mí”.  

Parto de la enhorabuena para desgranar una película que nace de una suma de gestos aleatorios a lo largo de muchos kilómetros de carretera. Imagino el guión como un mapa: el lago Annecy como destino y bocetos dialogados que luego interpretan con cierta libertad sus protagonistas. Hay también un interrogante en París, una llamada de atención sobre una de las escenas que más aplausos merece: Vito Sanz en un plano secuencia sufriendo —sin usar este verbo en vano— una declaración de amor en una montaña rusa de emociones que hace que el espectador se impaciente ante el tardío corte. Poco frecuente es ver a un personaje masculino aguantar este alarde de humildad y franqueza.

Entiendo la película como un trazo intermitente, y me gusta porque se aprecia una retroalimentación constante: música, diálogos y geografía. De Los Ilusos (2013) se retoma esa forma lúdica de “hacer” cine y cierta condición flexible en unos planos que respiran antes y después del diálogo. Vuelven sus actores y se intuyen ciertas pretensiones en un cineasta que empieza a consolidar su estilo. Confunden los encadenados sobre Miren, la voz femenina de Tulsa, que aparece en escena pero sin llegar a dialogar con el resto de personajes; y entre el acierto y la crítica se fijan las escenas de calle donde el transeúnte mira a cámara. En mi opinión, hasta ingeniosas. Pero, sin duda, el gran éxito de esta película recae en su banda sonora. Rectifico, mejor dicho, en el protagonismo de Tulsa.

A diferencia de Todas las canciones hablan de mí (Jonás Trueba, 2010), la cual tiene más potencial como hipotético libro que como película, Los exiliados románticos resuelve con lucidez la inclusión de referentes culturales externos. Si Alejandra Pizarnik y Milan Kundera se diluían de forma abrupta en su primera película, ahora Natalia Ginzburg y el test feminista de Bechdel se conforman, desde la sutileza de una pieza que encaja, como bisagra entre el séptimo arte y un retrato de juventud.

Absurdo sería no incluir a Miren Izan como parte del reparto, como también lo sería no enfatizar la importancia del género en este viaje en caravana. Si en Los Ilusos (Jonás Trueba, 2013) se incumplía de lleno el Test de Bechdel, en esta película, Renata, Isabelle, Miren y Vahina se consolidan como detonantes dramáticos de cada uno de sus co-protagonistas masculinos. Pero, ¿qué pasa con sus conversaciones? Entre sarcasmo e ingenio, son el motor de un viaje que recorre 4.000 Km y 12 días de rodaje. Sin embargo, no es hasta la escena final de la película cuando Renata e Isabelle mantienen su primera y única conversación sin intermediarios.

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En este punto, el diálogo es decisivo. Al hablar únicamente sobre sus parejas masculinas, Jonás, como director, volvería a suspender el Test de Bechdel. Recordemos: en la película tienen que aparecer al menos dos mujeres en pantalla cuyos personajes tengan nombre, esas mujeres tienen que hablar entre ellas y el tema de conversación no puede ser un hombre. Y de pronto una reflexión meta-cinematográfica en la voz de una de sus protagonistas: “Esta película no pasaría el Test de Bechdel”.

Renata e Isabelle descartan el género masculino como tema principal de su conversación. Es decir, reflexionan sobre un factor sociológico de la propia película. Aprueban el test simplemente por mencionarlo, puesto que su conversación no se reduce a qué opinan sobre los hombres. Al vacilar sobre la influencia patriarcal dominante, rompen, paradójicamente, con la psicología machista que denuncia el Test de Bechdel.  Sin embargo, me surge la duda. No sé si es defensa o un contraataque el que Jonás haya dilatado hasta el último momento el respaldo explícito a la figura femenina. Por un lado, introduce el enfrentamiento de forma inequívoca y al mismo tiempo consigue no suspender gracias al último diálogo. Suena a burla pero también a debate, y es que la llamada de atención, guste o no, funciona.

La estrategia es sencilla: primero se ofrece un discurso, para luego, en un giro final, interrogar al público con un discurso opuesto. La película concluye de un modo directo y asertivo y viene a decir algo así como “si te pensabas que todo estaba bien, igual es que no habías reflexionado lo suficiente”. No sé si es un rapapolvos, como diría mi abuela, pero sí una contradicción explícita que llega a la butaca. Me queda la duda de si este cambio brusco es suficiente para justificar los 4.000 Km de predominio masculino. Pero supongo que en ese riesgo está también el acierto.

Notas:

La ilustración del cartel de la película es de la artista Clara León

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