Consideraciones sobre “Cómo ser soltera”

por Nuria Silva
     

Mientras caminaba por la calle hace unos meses empecé a notar que el afiche de una película se me imponía. Se me imponía por repetición pero también por los colores y los motivos tendenciosamente femeninos que estallaban en mi cara. Me hizo pensar en las publicidades gráficas de toallitas femeninas, artículos para limpieza o productos de belleza que chorrean rosa, violeta, fucsia, lila, rojo y otros colores dentro de esas gamas. Me detengo, lo miro en detalle y leo su título: Cómo ser soltera. La palabra “soltera” se destaca en color fucsia, para variar; debajo de la palabra cuatro mujeres, todas ellas muy blancas y muy bien vestidas, se encuentran sentadas en lo que pareciera ser una vereda. Un celular también fucsia, unos anteojos de sol con el marco de la bandera estadounidense y una botella de champagne en alto completan el cuadro, detalles que supuestamente definen a las mujeres osadas, independientes y atractivas cuando no llamativas.

La que alza la botella de champagne es la “gordita y graciosa” según dicta lo estrafalario de su imagen (un vestido híper ceñido al cuerpo y un peinado alto bien vintage), por lo que parece que el alocado mundo de la soltería nos incluye a todas. Qué bueno. Ahora solo falta saber “cómo”: cómo es eso de andar suelta por el mundo, cómo se hace para estar sola, para vivir sin un hombre que sirva para subirnos el cierre del vestido, para darnos wi-fi o para ser un padre para nuestros hijos (porque queremos tener y muchos). Cuántos cómos a ser resueltos, cuánta angustia, menos mal que es una comedia.

Pasaron meses hasta que decidí sentarme a ver esta comedia “para chicas”, y lo terminé haciendo más por orgullo que por otro motivo; la molestia que aquella pregunta tan básica me había despertado necesitaba la confirmación del adoctrinamiento que la película, con seguridad, velaba. No sé si aprendí demasiado sobre cómo ser soltera pero sí sobre ciertos conceptos que la película (y esto es decir sus guionistas y su director) tiene(n) sobre la mujer, ya no sólo en dicho estado civil, sino en general. Estar soltera equivale a estar/sentirse sola, y este estado/sentimiento conduce inevitablemente a la desesperación o al uso y abuso de lo que sea que caiga en nuestras manos: hombres, alcohol, drogas o trabajo.

Como sus predecesoras Bridesmaids (Paul Feig, 2011) y Trainwreck (Judd Appatow, 2015), Cómo ser soltera (Mejor… solteras en España. Dirigida por Christian Ditter, 2016) abre el juego metiéndose de lleno entre las sábanas de sus protagonistas que abundan en sexo salvaje con extraños y amantes regulares, todo condensado en breves y dinámicas escenas con mucha pero mucha guarrada. Pero este supuesto humor desprejuiciado resulta todo lo contrario. Como la protagonista de la película de Judd Appatow que empieza pidiéndonos que no la juzguemos cuando ni siquiera pudimos llegar a identificarnos, la caricatura que esta clase de películas trazan de lo que es la mujer liberada pide a los gritos un juzgamiento, negando cualquier punto intermedio: la mujer si no está casada se descontrola. Todo lo que hace (salir, trabajar, estudiar, comprar, etc.) funciona como sustituto de la ausencia de un compañero, aunque la necesidad de esa presencia resulte meramente utilitaria. Incluso cualquier atisbo de feminismo, como el declarado por Meg (Leslie Mann), una obstetra en sus cuarentas que nunca se casó ni tuvo hijos, o el declamado con desesperación por Lucy (Alison Brie) cuando decide despedazar un cuento de princesas en medio de una lectura para niños, es el resultado de una serie de frustraciones emocionales.

Cómo ser soltera es todavía más hipócrita que las otras dos mencionadas, cuyas intenciones son claras desde los títulos mismos: Bridesmaids —Damas de honor— anticipa la temática casamentera y Trainwreck —Descarrilamiento— asocia a la protagonista con un estilo de vida descarriado. Sin embargo, la corrección del trayecto inicial será el fin en todas ellas. Cómo ser soltera resulta ser una guía hacia el encuentro de aquel que conforme nuestro cuadro familiar perfecto. El último plano de la protagonista completamente sola en la cima de la montaña no anula el hecho de que su propia voz en off, apenas unos breves minutos antes, nos dijera, a modo de reflexión final —tras miles de idas y venidas con su ex novio y algunos otros compañeros de ocasión—, que tal vez no sea bueno acostumbrarse a estar sola.

La única del grupo que no logra establecer un lazo emocional con nadie resulta ser Robin, la “gordita” del grupo. Sí, la de la botella de champagne y el peinado raro en el afiche. Este personaje, interpretado por la australiana (cada vez más estereotipada) Rebel Wilson, es el comic relief y el objeto de burla constante por su físico, pero no por parte de ningún otro personaje, sino del propio guión y la propia puesta en escena de la película. Su gordura, su insistente escatología, su consumo de sustancias descontrolado, todo en ella se convierte en el grotesco espejo de lo que implicaría ser mujer soltera según la perspectiva de esta clase de producciones, falsamente incorrectas y profundamente conservadoras, cada vez más frecuentes. Ella encarna ese acostumbrarse a estar sola sobre el que el personaje de Dakota Johnson nos advierte.

Los cuestionantes que Cómo ser soltera simula plantear, lejos de expandir, limitan cualquier conclusión que pueda derivar de ellos, porque la respuesta final no está en la última imagen de Alice (Dakota Johnson) en la cima de la montaña, sino en la parábola conservadora que el montaje paralelo manifiesta como horizonte único e ideal de su travesía.

 

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