Tulia Guisado/ Fotógrafa: Paula Díaz

Lecciones de poesía en el Madrid actual (1) o tres voces combativas que no te puedes perder

por Sabela Paz

 

Leer por primera vez sobre Judith Shakespeare es un golpe de realidad. Virginia Woolf en Una habitación propia (1929) sugiere la figura hipotética de la hermanísima de Shakespeare. Se la inventa. Concibe una figura femenina y adivina una trayectoria marcada por su condición de mujer: “De haber sobrevivido, cuanto hubiese escrito hubiese sido retorcido y deformado, al proceder de una imaginación tensa y mórbida. Y, sin duda alguna, pensé mirando los estantes en que no había ninguna obra de teatro escrita por una mujer, no hubiera firmado sus obras (…) Esta mujer, pues, nacida en el siglo dieciséis, con talento para la poesía, era una mujer desgraciada, una mujer en lucha contra sí misma” (p.70-71). Sin embargo, Virginia Woolf no solo menciona nombres propios sino que habla también en términos generales para diferenciar a la mujer-literatura de la mujer real: “Algunas de las palabras más inspiradas, de los pensamientos más profundos salen de la literatura de sus labios; en la vida real, sabía apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido” (p.62).

Leer hoy estas palabras sugiere una reflexión inmediata. En términos socioculturales y políticos el debate es amplio. Sin embargo, en esta ocasión, la cuestión es otra: ¿cómo es hoy en día la literatura de esa mujer que sigue en lucha contra sí misma?

Madrid, 2016. Las estanterías siguen llenas de libros pero no son las únicas. Las calles madrileñas rezuman poesía. Augusto Figueroa 3, Ruiz 7, Galileo 56, Ave María 8 son algunos de los puntos geográficos de la acción literaria de la capital. Imaginarse un público atento en jams de poesía es la norma en estos bares, como también lo es reconocer ciertas voces por su habilidad, impacto y frecuencia.

/ Fotógrafa: Paula Díaz
Silvia Nieva/ Fotógrafa: Paula Díaz

Este es el caso de Silvia Nieva (Madrid, 1979): “Esparadrapo. / Mi abuela lo llama espadatrapo. /Mujeres que inventan palabras el mundo y las palabras, / para evitar que otros escriban los diccionarios”. Silvia Nieva rompe una lanza por las mujeres y sigue desgranando interrogantes en su primer poemario La Fábrica de Hielo (Canalla Ediciones, 2014). Es una poesía que conjuga sus verbos en presente y asimila su realidad para luego mostrarla plagada de grietas y dudas. Elige escribir no por mera habilidad sino porque así quiere hacerlo; y en este gesto, para nada aleatorio, reivindica la dureza del vocablo: “El grafito tiene exactamente los mismos átomos que el diamante. / Por eso escribo a lápiz. / Por eso aprieto el lápiz”.

La poesía de Silvia Nieva se conjuga en presente porque conforma una retahíla de retratos comprometidos con su entorno en un registro de dolores, traumas y valentías. Es además un ejercicio de superación personal, pero sobre todo, de superación colectiva; un lugar habitable en el que quedarse a meditar sobre quiénes somos. Las palabras pueden parecer domadas; sin embargo, lejos de simular debilidad, sentencian el golpe o la estacada: “Podría quemarlo todo. /Podría quemar tu ciudad. /Pero no tengo nada que demostrarte”. Los versos se rebelan y aglutinan una voz que les es propia: “Pido ser lenta, que me dé tiempo a hacer el mundo.”

Si algo llama la atención en su selección temática es cómo consigue hilar la realidad social en sus poemas para romper de raíz con estructuras patriarcales con las que hemos crecido. Por ejemplo, en “La niña” se sincera y pregunta, y devuelve la mirada entre miedo y ausencias. Es, sin duda alguna, un ejercicio de desnudez y madurez crítica que merece ser leído para entender la magnitud de su acierto.

María Helena del Pino/ Fotógrafa: Paula Díaz
María Helena del Pino/ Fotógrafa: Paula Díaz

María Helena del Pino (Santa Cruz de Tenerife, 1994) no solo practica la poesía recitada. Forma parte de Momento Verso y bajo la premisa “Tú me das el tema, yo escribo el poema” es fácil verla con su máquina de escribir los domingos de rastro. En este juego de improvisación se acerca directamente al público y lo hace partícipe en un intercambio de historias que terminan dando forma al poema. Es una puesta en escena arriesgada en la que la improvisación y la empatía con el espectador/lector convergen para conformar la piedra angular del proceso creativo.

“Siento sobre mis hombros el peso mudo de toda una generación indeleble” forma parte de una serie de poemas que comparten título: Todo lo que sería si siguiera siendo yo. En ellos María Helena parece dejar la puerta entreabierta para mostrar los ecos de su conciencia cuando en su intimidad se le da por diseccionar patrones de comportamiento: “Las niñas repetían una y otra vez / que no merecía trenzas / tampoco las quería, / me contaban secretos / y no los quería. / Me decían que niño. / Los niños me decían / que para mí el boliche rosa / la pelota rosa, el coche rosa / y yo siempre respondía que los libros”. Sus palabras funcionan como un caleidoscopio que cuestiona las aristas de lo cotidiano: “La felicidad es la utopía en la que todos nos refugiamos / reservándonos el derecho de sentirla, / como si existiera”. Sin embargo, María Helena tampoco renuncia al detalle y se detiene en la magnitud del gesto rutinario: “El beso es una cápsula de tiempo” o “Yo tumbada en los / brazos-cama de mi madre”. Y es que en la poesía de María Helena parece atisbarse un esfuerzo por dignificar lo importante, lo real, en una sociedad en la que la costumbre no debería justificar ciertas pautas de conducta.

Tulia Guisado (Barcelona, 1979) es otra de las poetas que frecuentan el panorama poético madrileño y que conviene tener en cuenta. Con versos directos como “En ese verso, solo el dolor es una metáfora. / Y es mala / porque el dolor no tiene símil”, ha publicado también su primer poemario: 37’6 (Legados Ediciones, Colección Netwriters Poesía, 2015). El título de esta obra no deja indiferente ya que es una declaración de intenciones. 37’6 es la temperatura corporal en la que el cuerpo deja de estar sano para empezar a enfermar. Es por tanto el salto al dolor, el grito de auxilio que alerta sobre la posible infección.

Los poemas de Tulia Guisado hablan del dolor pero no se sufren en primera persona: “Camino en círculo, / porque es lo que hace / quien no quiere llegar a ningún sitio”. Refleja sus miedos, sus vértigos, pero no se rinde”. Continúa. “Asisto a la debilidad del barro, / a la urgencia de saberme entera. / Sólo entiendo de formas de romper. / Primero fueron los juguetes, / ahora son las ligaduras, / queda todo lo demás. / Esta decidida lesión del equilibrio. / El tiempo del salmo / es la factura de este día / donde siembro el daño / como quien cuida de un rosal / de una herida.” Y lejos de enredarse en un juego de metáforas, en cada uno de sus poemas se vislumbra un mensaje: “Dejar que el pus anide / hasta que llegue a la garganta, / y que sea lo que él quiera ser: / niño o niña. / Vómito o náusea”. Como veis: directo. Sin miedo.

El denominador común que comparten estas tres poetas radica principalmente en su responsabilidad social como escritoras. Ya sea intencionado o no, lo cierto es que sus poemas se suceden como un mantra que dignifica a la mujer desde el comienzo. En primera persona desmenuzan los estereotipos a los que se han enfrentado y asumen el folio en blanco como un proceso de liberación personal y colectiva. Siguen siendo “mujeres en lucha contra sí mismas”, pero ahora la guerra se asume desde otra dimensión. El problema no les pertenece, les condiciona y lo asumen para reafirmarse en la contienda. Como muchas otras de su tiempo, estas tres poetas han aprendido a desnudarse y a enumerar los miedos que surgen de un discurso discriminatorio que a veces se asila en su cotidianidad. Han sabido decir “¡Basta!” y gritar: “¡No!”; porque al leer sus poemas no cabe duda: madurar es aprender a rebelarse.

*En la imagen de portada: Tulia Guisado/ Fotógrafa Paula Díaz

También te puede interesar:

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on Pinterest