Hacer el amor con las imágenes (parte 1): Literatura

por Miryam Hache

El deseo es una distancia

Hace unos días una amiga me decía: “no me gustan las caricias después del sexo. La verdad es que tampoco me entusiasma mucho el amor romántico”. Ella, que tiene sexo con bastante frecuencia, se define como una persona fría y conocedora de la frialdad que convoca en los otros. “Me atrae, me excita la posibilidad del abrazo, el querer hacerlo y no poder”, dice. Porque una vez impuesta esa frontera emocional entre ella y los otros, los gestos de la ternura quedan al final de una distancia insalvable. Y en esa distancia ella desea. El amor —en el caso de mi amiga— el amor como mera posibilidad, como destino del ritmo, la idea del amor arquetípico, del amor que deviene mítico, puede actualizarse en cada rito sexual. Octavio Paz dirá en El arco y la lira: ”el mito no se sitúa en una fecha determinada (…) el mito transcurre en un tiempo arquetípico (…) El mito es un pasado que es un futuro dispuesto a realizarse en un presente (…) La repetición rítmica es invocación y convocación del tiempo original”.

A diferencia de mi amiga, a muchas personas jóvenes —menores de 35— nos cuesta tener relaciones sexuales con frecuencia. Las deseamos, pero, por algún motivo, las evitamos. Suelo repetir: para muchos de los que hemos crecido impregnados del imaginario de lo sólido y de lo religioso, hoy, adultos, como individuos o sociedades sin fe, lo divino se percibe como una pierna amputada que aún sentimos. Abreviando muchísimo, el sexo despojado simbólicamente de parte de su carga pecaminosa o culpógena, por lo contrario, elevado a la altura de los placeres “obligados”, se erige, en el imaginario de muchxs: ritualístico. Instancia que se repite a intervalos regulares pero espaciados, en la que lo mítico puede actualizarse. En este caso: el mito del sexo como instancia liberadora, de comunión con el otro, de trascendencia. Y no me refiero únicamente al otro, ese sujeto-cuerpo con el que interactúo, me refiero también a una comunión con el relato de los otros. El mundo del sexo como un gran relato colectivo. Ante la falta de sexo, contemplándolo —o al amor romántico en el caso de mi amiga y otrxs— al final de una distancia que rara vez se abrevia, este adquiere un carácter cuasi sagrado.

¿Para qué tener sexo? ¿A qué insensata nostalgia íbamos a aferrarnos? ¿A qué horizonte de comunión con el otro atenernos? ¿Qué mítica imagen sino, motorizaría nuestros pasos? Bah, pero yo solo quería hablar de La escala de los mapas, de Belén Gopegui (Anagrama, 1993) y otro tanto de Cicatriz de Sara Mesa (Anagrama, 2015). Que conste que esta no es una crítica literaria y que en ningún momento daré valoraciones de gusto.

La escala de los mapas es una breve novela ĺírica, como un largo poema, una novela un tanto atípica en el panorama contemporáneo español que algunos han definido como novela de ideas. En ella y en Cicatriz, los narradores y protagonistas son hombres cultos profundamente románticos que se expresan poéticamente, en muchas ocasiones a través de la palabra escrita, y que convocan sin pausa a sus objetos de amor: personajes femeninos idealizados sin gran profundidad psicológica. Sí, digo objetos, personajes femeninos, porque no podríamos definirlas como mujeres con grandes relieves dramáticos. Si bien son sujetos sumamente independientes dentro de la diégesis, su papel en la trama, y así son retratadas y de ese retrato apenas salen, es el de objetos de amor romántico hiper idealizados.

El enamoramiento virtual de Joaquin Phoenix en Her, de Spike Jonze
El enamoramiento virtual de Joaquin Phoenix en Her, de Spike Jonze

Las palabras de Sergio Prim, protagonista de La escala… fluyen como un caldo espeso, cargado de deseo. Palabras (e)manadas como cauces calientes que no llegan a ningún lado, que tienen a Brezo como imagen: transitorio objeto del deseo. El personaje desea desear. No quiere poseer a Brezo, quiere invocar su nombre, Brezo, como en una plegaria. Sus encuentros físicos serán muy espaciados en el tiempo, hasta que, por decisión de él, dejarán de darse. Sergio Prim se aleja de los otros para que éstos devengan posibilidades, no cuerpos atravesados por materia concreta. Dirá: “correr hasta agotarse, rozar, a veces, los cuerpos de los demás, para no conseguir sujetarlos nunca (…) sospechar angustiado que el secreto de la vida debía consistir precisamente en eso, en retener al cuerpo que corre por el patio y nos empuja”.

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Madonna, otrora ícono sexual: se mira y no se toca

Evita las intensidades de la vida, si a estas las entendemos como formas que tiene el cuerpo de surcar la experiencia. El cuerpo interpelado por lo vivo. No. Él requiere, él orbita incansable todas las posibles acepciones del hueco. El hueco como intervalo de tiempo o lugar, como metafórico refugio cóncavo, como vacío. Hablará, teorizará, escribirá sobre ello. El intervalo “entre una palabra y otra, o entre una acción y otra (…) Entre cada palabra y al borde de cada letra, un espacio, un hueco”. “Los huecos pueden ser pensamientos, ilusiones, ideas que la mente vive fuera de la realidad que se pueda medir, retratar”. “Busqué un hueco. Lo encontré en la tela del abrigo de mi compañero de asiento. Y durante el resto del viaje moré allí. Mirar, morar. Como ve, una simple vocal puede trastocar la vida de un hombre”. El hueco, o diríamos el ritmo constituido de huecos, de distancias y discontinuidades, confiere de cierto sentido a las cosas. Nada serían la música ni los actos poéticos sin el ritmo. Sin distancias no hay música, no hay erotismo, no hay nombre que merezca ser nombre. En el perpetúo, metafórico y cobarde refugio de Sergio Prim en el hueco, en su estatismo, se abre paso la posibilidad de la invariación. Si la realidad son los otros, la inmovilidad del sujeto y la falta de contacto con los otros, lo blindan a posibles modificaciones en su identidad, a cualquier influencia o ilusión de cambio. Porque guarecerse en las cóncavas y atávicas cavidades del mundo es un poco como preservarse.

El hueco metafórico que habita es un no-tiempo, un no-lugar, una pausa ficticia, imaginaria. Un pliegue en la existencia desde el que se abre una fuente inagotable de deseo. Porque el deseo es una distancia. Porque desde el hueco se mira, los otros devienen imágenes variables.

Fotograma de Persona, de Igmar Bergman
“I was never quite real to him”. Fotogramas de Persona, de Ingmar Bergman

Sergio Prim: “Tú la expulsada y retenida, la sin-punto, tú y el vaivén de tus apariciones, tus amores como catarros mal curados, tu fe descomedida en un Sergio Prim indestructible, imaginario, amiga, imaginario”. “Que mi pasión no se repliegue, amiga, que mi pasión fluya por un espacio blanco y libre de realidad, por esta ruta apaisada que voy trazando”.

Sergio Prim, tal y como Knut Hamsum, protagonista de Cicatriz, tal y como uno de los protagonistas de Después del invierno, Guadalupe Nettel (Anagrama, 2014), o de Los Ingrávidos, Valeria Luiselli (Sexto Piso, 2011), como muchos protagonistas de ficciones audiovisuales contemporáneas (películas, series, videoclips), anhelan escapar de la realidad, de la materia de lo cotidiano, y encuentran en lo virtual, lo imaginario o lo ficticio, la posibilidad de otra vida. Una doble vida. Un campo donde el deseo no se extingue, y donde el goce es secundario. Donde el alma platónica recobra entidad. Un campo con el que se establece un vínculo trascendente sin necesidad de la presencia del cuerpo del otro. Donde la experiencia se inmaterializa y se actualizan, rítmicamente, al entrar y salir de él: el amor o el sexo arquetípicos, por ejemplo, o algo del tiempo original.

Gif de Mr Robot
De Mr Robot

La escritura como decurso del deseo

Knut, en Cicatriz, establecerá durante años una extraña relación con una mujer conocida a través de internet. Le obsequiará artículos robados, en principio libros, muchísimos libros, luego lencería y una amplia variedad de objetos. Ella, a cambio, debe escucharlo, leerlo. A lo largo de los años, poco es el contacto físico que establecerán. La mujer aquí, como sucedía en La escala de los mapas, es el objeto de las palabras del narrador. Y es esta distancia entre los cuerpos, la imposibilidad del contacto, lo que devendrá materia literaria. Si concebimos la escritura como una de las formas del erotismo, una vía de autoconocimiento, pero también de formación y expansión del ser, no es casual que nuestros protagonistas se expresen a través de ella.

En el cuento Lejana, de Julio Cortázar, sucede algo similar. A través de la lectura de las páginas del diario personal de Alina Reyes, sabemos de su disconformidad con la vida y su deseo de escape a Rusia, al encuentro con su doble. Sobre el final del relato, leemos:

Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas —Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.

Tal vez este cuento sea una metáfora cruenta de la disposición del deseo, de la escritura, como habíamos dicho, como vía de exploración y expansión de uno mismo, pero también como decurso del deseo de fundirse en el otro —en este caso una doble, ella misma y otra—. Finalizado el deseo, finalizada la escritura.

En Lejana, en el contacto físico con otro cuerpo —el fatal abrazo de Alina con su doble— en el puente envuelto de vientos y fríos crecidos de Rusia —Rusia nombre, Rusia paisaje, en el imaginario rioplatense: nombre de lo exotismo gélido, paisaje de lo otro y lo lejano turbio—, hay una distancia que se cierra, no hay fusión, no hay adherencia luminosa, no hay una identidad desdoblada, desgajada sumándose partes. No. Hay un deseo que culmina. Hay un desenlace, literaria y románticamente trágico (pienso, en otros términos, en la cantidad de películas de Hollywood que culminan en boda o héroe llegando a la meta. Hay un deseo que culmina y luego nula representación del goce). En ese contacto con el otro, en este caso un doble que es encarnación del deseo de expansión de Alina, algo suyo se esfuma y prevalece como nostalgia. O más: el otro la engulle y le borra lo propio. Porque su identidad estaba constituida en torno al deseo, a la posibilidad de ese otro, en este caso un fantástico y exótico doble. Abrazada, nunca mejor dicho, la imagen de ese otro, algo suyo se derrumba (Pensad en Mr Robot o en el final de Stranger Things).

GIf de la serie Mr Robot. Elliot, un hacker, sufre trastorno de personalidad múltiple
Gif de la serie Mr Robot, Elliot, un hacker, sufre trastorno de personalidad múltiple
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Gif del videoclip Wide Awake, de Katy Perry. Aquí Perry se encuentra con su yo de la infancia.

Legiones de insatisfechos

Knut sobre Sonia en Cicatriz: “cuando habla de verla, insiste, es solo verla. Si fuese más allá de eso, el hechizo se rompería irremediablemente”.

Tal vez esta constante presencia en las ficciones contemporáneas de este tipo de personajes tenga un firme anclaje en ciertas problemáticas de las sociedades capitalistas actuales. Personajes que, lejos de ir en busca del contacto físico con los otros, buscan el desapego, no porque carezcan de deseo, sino porque se encuentran desbordados de deseo, tanto que ya no les queda resquicio para el goce con los otros. Porque el centro de sus búsquedas vitales —porque desgraciadamente no hemos devenido deleuzianos y seguimos representando mentalmente nuestros trazos vitales con geometrías caducas: pirámides jerárquicas o líneas y flechas ascendentes que apuntan al centro de algo, ¿qué centro?— son musas etéreas y volátiles, modelos de personas y no personas (tal es el caso de Knut con Sonia, a quien erige como personaje, moldeando sus lecturas, su ropa, etc.), siluetas pornográficas, imágenes. Imágenes editables y móviles y reemplazables e infinitas. Imágenes como perfectos e inalcanzables objetos del deseo. Porque siempre estarán allí pero nunca interactuaremos material o corporalmente con ellas. Imágenes como abrazos que mi amiga no dará, imágenes como tristes excusas para huir del goce o lo real, imágenes como avatares caricaturizados, como interfaces entre el individuo y los otros, como retratos de Tinder, como fantasmas, como Brezos, como nostálgicos pikachus. Como estampas de vírgenes. Imágenes representando lo que no existe. Puras imágenes para que el deseo no cese.

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