Sara Gómez: pionera del cine cubano

 

 

por Roxana Popelka

 

 

 

“Sí, dicen que somos de una isla donde la tierra tiembla y los mulatos huelen a hierba fresca”. Así de rotunda se expresa una voz en off al comienzo de Iremos a Cuba, 1964. Uno de los dieciocho documentales dirigidos por Sara Gómez (La Habana, 1942-1974). Una cineasta con voz propia que inicia su trayectoria dentro del contexto de la Revolución cubana (y del denominado Nuevo Cine Latinoamericano) donde aborda, por primera vez, los conflictos de clase, género e identidad, al mismo tiempo que rescata atinadamente la temática femenina, ausente en un entorno —como es el cinematográfico— dominado por hombres. Sara Gómez: mujer, negra, documentalista, se atreve a reescribir la historia de la isla incorporando la voz, la mirada del “otro”; del campesino, del mulato… Identidad de un pueblo —el cubano— recompuesta con determinación y honestidad a través de la nueva lente de la realizadora.  

Tal vez buena parte de su estilo, esa capacidad para captar la esencia de los personajes, unido al interés constante por desarrollar un cine sin concesiones, tenga que ver, acaso, con el encuentro que mantuvo en la propia isla con Agnès Varda en 1962. La realizadora belga se hallaba filmando Salut les Cubains, 1963. Un documental elaborado a base de fotografías donde retrata los primeros años de la Revolución. Sara Gómez, elegida por el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), se convierte en asistente de la máxima representante de la Nueva ola. ¿Qué pudo surgir de ese encuentro con Varda? Probablemente emerge en la documentalista cubana una disposición a entender el cine como ejercicio de libertad transgrediendo los cánones cinematográficos convencionales, al igual que los estereotipos de género, revalorizando el papel de la mujer —especialmente de la mujer negra— en la sociedad cubana.  

 

 

Otro encuentro destacable se produce en 1964, cuando Sara Gómez trabaja como asistente de dirección en Cumbite, película de Tomás Gutiérrez Alea vinculado también al ICAIC. Desde entonces se abre un periodo fértil para ambos conducente a estrechar un vínculo referido a la propia estética fílmica: el uso del documental como herramienta política.  

A partir de ese periodo Sara Gómez asume un papel como sujeto detrás de la cámara, realizando obras donde profundiza en su preocupación por el ser humano, al tiempo que adopta un papel hipercrítico atreviéndose a romper tabúes culturales y de clase. Es el caso de Guanabacoa, crónica de mi familia, 1966, donde realiza un análisis mordaz del contexto burgués del que proviene (parentela incluida); un entorno que abraza los prejuicios socioculturales más rancios.  

Esa mirada incisiva se impone en su trilogía formada por En la otra isla; Una isla para Miguel; e Isla del Tesoro, rodadas entre 1968-69 en la Isla de la Juventud (conocida como Isla de Pinos antes de la Revolución) donde revela una situación de penuria y escasez visible en buena parte de la sociedad cubana tras diez años de Revolución.

La cinematografía de Sara Gómez se caracteriza por el uso de técnicas experimentales para construir un discurso comprometido, no en vano concibe un cine emancipador al expresar: “Para muchos de nosotros la vocación de cineastas nos nació con la de revolucionarios y ambos oficios han llegado a constituirse como inseparables”.

Uno de sus rasgos característicos es el uso que hace de la entrevista, tal vez porque le permite adentrarse en un ámbito íntimo. Es el caso de la pieza Mi aporte, 1972. En ella entrevista a mujeres de toda condición social vinculadas al programa voluntario para cortar caña, propio de una etapa donde la isla debía producir 10 millones de toneladas de azúcar para la zafra.  

Su inquietud por visibilizar lo marginal la conduce a filmar su primer y único largometraje De cierta manera, 1974. Obra en la que dibuja un recorrido sociológico por el barrio de Miraflores, construido por la Revolución para albergar a los habitantes del insalubre vecindario Las Yaguas. La película evidencia las contradicciones propias de esa etapa: promesas incumplidas, imposibilidad de acabar con la situación de penuria de sus habitantes…

 

De cierta manera se convierte en una narración abierta mezcla de realidad y de ficción. El espectador consigue empatizar con sus tres protagonistas que hablan a cámara exponiendo sus preocupaciones y apelando a las conciencias: “La Revolución es buena, te da lápices, te lo da todo”, explica Yolanda, una maestra que en un momento de tensión expresa su malestar por el futuro de las niñas una vez que terminen la escuela: “¿Cuál es su futuro?, ¿qué hacen?, casarse, hijos… ¿Qué propone la Revolución para ellas?” se pregunta compungida Yolanda. Un hábitat circular que no termina de convencer a la maestra, tampoco a Sara Gómez, quien entiende el papel de la mujer como persona emancipada capaz de construir una nueva narración.

De esta manera es un admirable largometraje cuya autora no alcanzó a ver finalizado. Su muerte prematura a los treinta y dos años se produjo en el momento del rodaje. Años más tarde fue terminada por su amigo y gran admirador Tomás Gutiérrez Alea, “Titón”.

Sentada en la fila tres del Auditorio del Edifico Sabatini, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, me identifico, me reconozco en Sara Gómez: no dejo de mover los pies al ritmo de Y tenemos sabor, 1967. Trato de repasar, de la mano del experto protagonista, los estilos de la música popular cubana. Pero “si usted quiere saber más llame al 305566”. Así, de esta manera, se despide de ustedes con pasión, fuerza y brillantez la voz de Sara Gómez.

 

 

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