¿Por qué las Sinsombrero habían sido borradas de la historia?

      

 

por Laura Comín Ginés

 

La crítica literaria feminista surgió con el objetivo de hacer de la cultura —patriarcal— un espacio un poco más accesible y afable para las mujeres. Esta tiene varias vías de trabajo: una de ellas es dar a las mujeres el reconocimiento que les corresponde, reivindicándolas en la historia de la literatura; otra, aprender a leer como una mujer, esto es, poner en tela de juicio las relaciones de poder que se dan dentro de las obras, las representaciones de los géneros (la participación de unos y otros sujetos en la trama), analizar los valores simbólicos, etc. Solo de esta forma, las mujeres conseguirán entrar en lo que podría denominarse “campo literario”.  

Un campo puede definirse como el área abstracta de actividad social, limítrofe con otros campos entre los que puede haber influencias. Cada uno de estos posee un capital específico (en el literario, lo conforma el reconocimiento) que es el que ayuda a consagrarse dentro del campo. Por otro lado, son los que han llegado a este centro los que tienen el poder de consagrar a otros; este poder de consagración es una suerte de aval para otros aspirantes al campo. Con la acumulación de este capital específico y con la posición dentro de un determinado campo llega lo que se conoce como capital simbólico —valor inmaterial que posee un autor o una obra y que sobreviene con el reconocimiento de los agentes del campo—.  

 

 

Lo importante para consagrarse dentro de un determinado campo es la producción material y la producción de valor; este último es el que permite que el capital simbólico circule, es decir, es el que marca las posiciones dentro (o fuera) del campo y es, precisamente, el que menos depende de la obra material ya que está determinado por factores externos: el texto, en este caso, es el único elemento objetivo del conjunto de integrantes del campo, pues todo lo demás depende de factores que lo transcienden.  

Así pues, la literatura es algo más que piezas artísticas, es una construcción discursiva producida por una matriz ideológica concreta que sustenta la diferencia sexual. Como pruebas que apoyan esta afirmación, podemos señalar dos muy ilustradoras: la primera es la de la consideración de la mujer como un sujeto válido para consumir y recibir literatura pero no para producirla (terreno que, al situarse en la escala de “actividad pública”, aún se considera más propio del hombre); la otra, la necesidad de ocultar la categoría de mujer para conseguir un trato igualitario dentro del campo literario.  

Situadas estas ideas sobre la mesa, llegamos a las Sinsombrero, grupo de mujeres artistas que convivieron con los miembros de la Generación del 27 en igualdad, pero la historia no les dio el reconocimiento que merecían. Antes de comenzar con ellas, las contextualizaremos para entender mejor la época en la que surgió este grupo de mujeres artistas tan notable.  

Durante la segunda mitad del siglo XIX tuvieron lugar dos hitos que permitieron el surgimiento de la nueva mujer en Europa: el auge (y afianzamiento) de los primeros movimientos feministas ingleses y estadounidenses, y la incorporación de la mujer al mundo laboral gracias a la revolución industrial —que se acentuó durante la Primera Guerra Mundial, cuando la mujer asumió los puestos de trabajo que habían dejado los hombres—. Todo esto contribuyó a que la mujer se concienciase de su capacidad intelectual y de la necesidad de su independencia.  

 

 

Nuestras artistas nacieron mientras estaban teniendo lugar estos procesos y, cuando crecieron, se establecieron en Madrid para desarrollar su actividad creadora. En la década de 1920 comenzaron a mostrar su obra sirviéndose de los espacios culturales que empezaban a surgir: ​Revista de Occidente,​ La Gaceta Literaria, el Lyceum Club Femenino, etc.

En los primeros treinta años del siglo XX la situación de la mujer fue revolucionaria tanto en el plano de recepción (cada vez había más revistas destinadas a las mujeres) como en el de producción de textos (escribían muchas pero eran pocas las que conseguían publicar: las mujeres, si bien veían mejoras en su situación, todavía debían reivindicar su propia voz). En los mismos años en los que los miembros de la Generación del 27 editaban sus poemarios, ellas —las artistas de la Generación del 27— también lo hacían (incluso en las mismas imprentas). Su relación, sin embargo, no se limitaba al mundo editorial, sino que se movían en círculos idénticos y tejieron entre sí relaciones de amistad. Por desafiar el orden que se suponía “natural”, recibieron críticas de los sectores más conservadores que veían que el rol de “ángel del hogar” que se le había asignado a la mujer se tambaleaba; por ello sacaron toda su maquinaria mediática, para desvirtuarlas e intentar devolverlas al sitio que les exigía la sociedad.  

 Después de la Guerra Civil sobrevino el silencio: durante la dictadura la versión oficial que se difundió era la de la mujer como ángel del hogar; se volvió a instaurar en el imaginario colectivo que el ámbito social, político o cultural era el hábitat del hombre. La Iglesia y las leyes franquistas desterraron por completo a la mujer del escenario público. Si en los años previos a la Guerra Civil las mujeres habían contado con una libertad de movimiento hasta el momento insólita, durante la dictadura fueron vetadas de la educación superior, la cual se centraba en las actividades que se consideraban “femeninas” (la costura, el cuidado del hogar, cómo ser una buena esposa, etc.). El cambio a la democracia no supuso la entrada en el canon para nuestras artistas: estas continuaban estando ausentes en antologías, memorias, estudios, es decir, seguían estando desterradas tras el exilio. Han tenido que pasar varios años para que estas mujeres fueran reivindicadas como lo que fueron: artistas de primera fila. En el año 2010 vemos la primera antología dedicada a estas mujeres:  Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27, editada por Pepa Merlo (que se centra únicamente en las que fueron poetas); en 2015 llegó a las pantallas el documental de ​Las Sinsombrero; y en 2016 la antología de Tania Balló, ​Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa (que tiene un enfoque más transversal al englobar al conjunto de artistas). Gracias a estas antologías, podemos poner nombre y apellidos a las artistas que compartieron trinchera con los miembros de la Generación del 27 cuyo talento es equiparable (y a veces superior) al de estos.  

 

Peces en la tierra presenta una introducción sucinta en la que se informa del contexto y de los obstáculos que sufrieron estas poetas por ser mujeres. Después de estos apuntes, comienza la antología en sí; en ella, como en cualquier otra antología, aparece el nombre de la autora y seguidamente sus poemas más significativos; se nos presentan un total de veinte poetas y sus respectivos poemas (Casilda de Antón del Olmet, Gloria de la Prada, Pilar de Valderrama, Lucía Sánchez Saornil, Rosa Chacel, Concha Méndez, María Luisa Muñoz de Buendía, Cristina de Arteaga, María Cegarra, Elisabeth Mulder, Ernestina de Champourcín, María Teresa Roca de Togores, Carmen Conde, Josefina de la Torre, Marina Romero, Josefina Romo Arregui, Dolores Catarineu, Josefina Bolinaga, Esther López Valencia y Margarita Ferreras). Para cerrar el libro, Pepa Merlo ofrece unas notas biográficas y bibliográficas de cada una de las antologadas.  

 

 

Las Sinsombrero, igual que la anterior, comienza con unas breves notas sobre el contexto de estas artistas (aunque lo hace de forma más superficial y escueta). Una vez terminada la introducción, pasa a las artistas: aquí tenemos pintoras, escultoras, actrices o escritoras. En esta ocasión, son diez el total de antologadas (Margarita Manso, Marga Gil Roësset, Concha Méndez, Maruja Mallo, Ángeles Santos, María Zambrano, María Teresa León, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre). Tania Balló trabaja de forma diferente a Pepa Merlo, ya que no nos habla de la obra primero y de la vida después, como si fuese un anexo, sino que lo hace a la vez; es decir, mezcla la vida y la obra en el capítulo que dedica a cada artista.  

El tema que hemos tratado aquí es, en cierto modo, metonímico, ya que el acercamiento a las mujeres artistas de la generación del 27 era una excusa para ver cómo la literatura era un campo donde la mujer permanecía en los márgenes. Las artistas de la Generación del 27 adquirieron cierto capital específico y simbólico, que les permitió acercarse al centro del campo literario mientras la situación política y social era favorable a que la mujer abandonase sus funciones tradicionales. Este proceso se vio frustrado por la Guerra Civil y la dictadura. La Transición tampoco supuso una recuperación de estas artistas, sino que reescribió la cultura en clave masculina. Hasta el año 2010 no se publicó ninguna antología que orbitase exclusivamente en torno a estas mujeres, es decir, no comenzó la reivindicación de la voz de estas artistas dentro de sus correspondientes campos. Aún queda mucho camino por recorrer en lo referente a mujer y literatura, pero, afortunadamente, ya se están comenzando a dar los primeros pasos para hacer de la cultura un campo igualitario.  


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