Sue Hubbell: ser mujer y vivir en los bosques

         

por Florencia del Campo 

El subtítulo de Walden, La vida en los bosques, es casi título para esta novela: Un año en los bosques. No es Henry David Thoreau ahora, es Sue Hubbell; no es Walden, son las montañas Ozarks; no es un hombre en el siglo XIX, es una mujer en el XX; pero la cabaña es la cabaña, las estaciones del año son las estaciones del año, y la Naturaleza lo es todo, abarcando inmensa, conservando intrigas: no hay respuestas. El ser humano no puede explicar cada hoja, cada parásito, cada hormiga. Dice el epígrafe de Rilke: “[…] intenta amar las preguntas en sí mismas. No busques las respuestas […]. Y la clave está en vivirlo todo. Vive las preguntas ahora…”.  

La autora cuenta su vida: trabajaba de bibliotecaria en una universidad. Se cansó de la vida urbana y decidió trasladarse, junto a Paul, su pareja, al bosque. Comenzó a vivir en medio de la naturaleza y emprendió un negocio de apicultura. Paul se marchó. Sue, triste, decidió seguir viviendo en el bosque. El libro, que comienza con una primavera y acaba en otra primavera (justo un año después), narra, estación tras estación, una vida que no se torna salvaje sino natural; a una mujer inmensa, valiente ante lo inabarcable de la Naturaleza y la soledad, ante lo irresoluble de los interrogantes. Pero la clave está en vivirlo todo. “[…] quiero más […]. Quiero escribir una novela. Quiero bañarme desnuda en el río al calor del sol […]. Quiero el mundo entero, y también las estrellas”, dice Sue Hubbell hacia el final del libro, y recién ahí la escritura aparece como tema en el meollo de una novela que es la Mujer en medio de la Naturaleza (ante el mundo y ante sí misma).

Estación tras estación, entonces, el libro se teje entre lo cotidiano y las reflexiones sobre el amor, la Mujer y la familia; entre las abejas y la miel, con una descripción minuciosa de las tareas que la apicultura exige, y un marido que se va y que se echa de menos; entre los pájaros y las arañas sobre la cama, a las que por cierto nunca teme, y el hijo que viene de visita y ayuda a reparar el tejado; entre el desayuno y el camino hasta el buzón para buscar la correspondencia, y los recuerdos de una infancia, de una abuela; entre las cenas con amigos o el talado de árboles para la leña, y la maternidad, y la escritura, y la Mujer.

 

Cuenta Sue Hubbell: “Cuando Paul estaba aquí, él cortaba la leña y yo, como todas las mujeres de los Ozarks, la llevaba a la camioneta. Al marcharse dejó la motosierra”. Precioso capítulo en el que relata cómo tala árboles en verano para hacerse de leña para el invierno. En el que narra su relación con las motosierras, y en el que más tarde detalla su vínculo con toda la caja de herramientas que dejó Paul. Entre este tono seco al servicio de la descripción, casi utilitario, y una prosa mucho más lírica por momentos, el capítulo, y la novela toda, van haciendo el retrato de la vida cotidiana en el bosque y de la fortaleza de quien se enfrenta sola a la Naturaleza, para reflexionar sobre ambas cosas: Naturaleza y Mujer.

Llega el otoño y vienen las lluvias. También llega el hijo a ayudarla con los arreglos del tejado para que no pase el agua. Y entonces llegan los recuerdos sobre el embarazo: “La maternidad se apoderó de mí, pillándome desprevenida, me aturdió. […]. Mi bebé. Mío. […]. Quería tenerlo en brazos siempre. Mi bebé”. Por su hijo, Hubbell se acerca a la lucha por la paz. Le preocupaba la Guerra de Vietnam en sí misma, por supuesto, pero no puede dejar de reconocer que tal vez no hubiera luchado de no haber existido Brian. Ya no era solo ideología, era sobre todo el miedo de criar a un hijo en tiempos de guerra y el riesgo de que él tuviera que pelear como soldado. No es solo ideología, es también amor y maternidad. Tiempo más tarde, ya instalada en los bosques, su compromiso político-ciudadano se mantiene, pero la lucha queda del lado de la defensa de la Naturaleza, aliviada ya la angustia ante la fragilidad del hijo: colabora con ciudadanos por un Río que Fluya Libre. El activismo político, de esta forma, atraviesa su experiencia y su vida.

“Hoy es mi aniversario de boda. Me pongo triste cuando pienso en Paul y recuerdo las expectativas que teníamos el día que nos casamos. Sin embargo, son precisamente esas expectativas frustradas las que me convirtieron en una apicultora de los Ozarks”, dice la autora y transforma de esta manera la pérdida en una oportunidad. Y el recuerdo de su abuelo apicultor, en el mismo capítulo, trae otra oportunidad: la de hablar de su abuela, una mujer radicalmente moderna para su época, que despotricaba sobre la igualdad de género por la sencilla razón de que estaba convencida de que la Mujer era bastante superior al hombre.

Mujer sola, aislada frente a la Naturaleza; mujer que ama, que añora; mujer cuyo hijo ya hace su vida de manera independiente y capaz. Esta mujer, que tala árboles y envansa miel y etiqueta frascos y pone tejas, que cocina y duerme a la intemperie, y que lee toda clase de manual y libro de biología, se pregunta cuál es el lugar de la mujer madura: cuando el nido ya fue hecho y ya perdió el encanto y la novedad de esa construcción, ¿dónde encaja, dónde queda, esta mujer madura? Como ante las preguntas sobre la Naturaleza, no hay una respuesta inequívoca, pero sí sensaciones y apuestas. Ya no hay juventud o belleza, pero hay tiempo y aceptación de ese paso del tiempo, que conlleva una sabiduría frente a la muerte. Para Sue Hubbell, la mujer es libre, y no solo porque ya no tenga barreras políticas, dice, sino incluso por ese no-lugar, por esa imposibilidad de encajar que permite construirlo todo desde ese hueco o inexistencia: “Como nuestra cultura no nos ha asignado ningún papel real, podemos crearlo nosotras mismas”.

Dice Thoreau en Walden esto que podría haber sido perfectamente otro epígrafe para el libro: “Fui a los bosques porque quería vivir con un próposito; para hacer frente solo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquella tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuando llegare mi hora, que no había siquiera vivido. No deseaba vivir lo que no es vida, ¡es tan caro vivir!”. Pues sí, la clave está en vivirlo todo. En ese querer más, en la desnudez, el río, el calor, el sol, el mundo, las estrellas… en la escritura de una novela. En la Mujer sin lugar encontrando lugar en la Naturaleza. En las preguntas sin respuestas.

 


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