El horizonte gira, la tierra gira, nosotros giramos: El cielo gira

    

 

por Ruth Llana 

Hace ya once años, cuando yo tenía catorce, se estrenaba El cielo gira (2005), primer largometraje de la directora Mercedes Álvarez (Aldealseñor, Soria, 1966), pero no fue hasta hace apenas unos meses, cuando yo ya residía en Estados Unidos, que pude ver por fin este filme, de difícil categorización. La cinta, marcada por la confluencia de palabra e imagen, se mueve entre varias maneras de entender la labor fílmica aunando diferentes géneros y proyectando diferentes tipos de mirada: una mirada documental, que marca el tempo y la naturaleza de la cinta; una mirada subjetiva, familiar, honesta y frontal con la vida del campo; y una mirada ciega, un horizonte, un espacio abierto a la interpretación de los lugares y sus abismos, un espacio intuitivo que registra. Todas estas miradas quedan aglutinadas en el crepitar de los sonidos del campo, dejando al espectador ante una obra que se desliza a través de los recovecos del tiempo y del espacio: la memoria de una tierra y de su última generación de habitantes.

Podríamos decir que el filme tiene una clara voluntad testimonial, de registro. El cine graba, recuerda (1), genera un archivo de memoria infinitamente reproducible. Y es que, a lo largo de El cielo gira, es el espectador quien va girando y grabando en su memoria una historia que es también su historia y la de sus antepasados. Tanto en forma como en contenido, en este filme se reflexiona y se recorren los horizontes de los espacios, los tiempos y los discursos de la Historia de un lugar aparentemente anclado en una época y en un espacio inmutables, un espacio aparentemente mítico en el que únicamente tienen sentido las pequeñas historias y su estremecimiento para el que las observa desaparecer, como a los dos hombres que suben la colina a paso tranquilo, conversan como un rumor sus palabras y sus cuerpos, se unen a la línea del horizonte:

“Pero es que ahora ya, te vas dando cuenta que está viniendo, que te haces mayor, y vas viendo el porvenir ya que queda; que ya, ya ha sido una cosa, pero ya, ahora te das cuenta que te vas quedando ya [el otro hombre murmulla] en la nada […]” [Minuto 41:18]

 

 

  

  


 

El paisaje será el discurso de esta cinta protagonizándola de manera indiscutible junto con los habitantes de Aldealseñor, que irán hilando una narrativa que se encontrará a medio camino con el paisaje y la narración en off en voz de la propia Mercedes. Estos tres discursos (la voz en off, los habitantes y el paisaje [tanto el real como el que el pintor Pello Azketa retrata y registra en sus cuadros]) vertebrarán el filme desde puntos diferentes, evidenciando la importancia de las diferentes dimensiones de lo espacial en esta cinta. Los espacios terrestres, humanos y lingüísticos se entrelazan dándole a El cielo gira una coherencia interna que va tejiéndose poco a poco en torno al espectador; hablando desde un tono monocorde, la voz de la directora nos va guiando por los paisajes del pueblo a través de una mirada subjetiva, paisajes que son también las conversaciones de sus habitantes, el cielo girando con las nubes arremolinándose o desapareciendo, las pinturas al borde de la ceguera de Pello Azketa.

Ya en su visita al programa Versión española, Mercedes Álvarez se confesó deudora de los nombres de referencia del cine español, por lo que no es una sorpresa encontrar las influencias del cine de José Luis Guerín o de Víctor Erice en la delicadeza con que se da la observación, con que se trata el sustrato de miradas como la del pintor, la del anciano que narra una historia más antigua que el tiempo, la de la línea del horizonte que cambia y se deforma deformándonos. Hay además en esta cinta el retrato de una vida a la sombra de las grandes ciudades, alejada de una mirada idealizante del campo, lo que hace que este filme sea especialmente valioso en una época de una temporalidad vertiginosa y continuamente hambrienta que tanto el tema como la hechura del filme evidencian.

El cielo gira es una cinta de una belleza desusada; una belleza desusada porque ya es extraña ante la mirada que se arroja desde las ciudades. Mercedes Álvarez articula así en su primera película una profunda reflexión sobre el lugar que habita la última generación del pueblo en el que nació y del que se fue siendo ella muy pequeña, un lugar que pueden ser todos los lugares de una España rural, en desuso y, por ello, de una belleza fulminante como la cinta de Mercedes, una belleza que envuelve y transporta al espectador al ritmo de un viaje a través de la memoria de una tierra o un cielo que continuarán girando, aunque ya no estemos.

 


 


 

Notas:

1. El verbo inglés to record, “grabar”, proviene de la misma raíz latina que el verbo recordar.

2. Todas las imágenes son fotogramas extraídos de la película, donde se incluyen cuadros realizados por Pello Azketa. 

 

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