¿Una reseña?

 

por Martha Asunción Alonso       

 

Hacía mucho que no leía un libro de relatos.

Hacía mucho que no leía un libro de relatos en inglés.

Hacía mucho que no leía un libro de relatos en inglés traducido al español.

Casi había olvidado lo mucho que me gustan esas traducciones que siguen sonando extranjeras en la lengua materna por derecho de suelo, diferente de la lengua materna por derecho de cielo (la primera nos elige y la segunda la elegimos). 

 

Se supone que las buenas traducciones, en principio, no deberían sonar a traducciones. Pero la realidad literaria resulta harto más compleja. Como absolutamente todo en cuestión de amores y afectos, traumas y odios, miedos y demás resortes del habitante que nos habita. 

 

En mi caso, claro, es una habitanta. Y, claro, se me encabrita cuando se topa con ficciones que ni en sueños superarían, así fuera raspando, el  Test de Alison Bedchel. Por este motivo, hace un rato mi habitanta, indignada, ha dejado caer la lectura del libro de relatos Pulso, del inglés francófilo Julian Barnes (Anagrama, 2011; trad. de Mauricio Bach). Muchas gotas. Pero, la que colmó el vaso, fue el relato En la cama con John Updike (el titulito ya promete…). Estupendamente escrito. Estupendamente machista. 

 

Dos personajes femeninos, Jane y Alice. Cuarentonas, of course. Mal folladas, of course. Y, of course, un narrador masculino que osa impunemente una omnisciencia trufada de misóginos lugares comunes con el fin de (re)validar el testosterónico axioma según el cual resulta im-posible, a lo Jesulín, la amistad limpia y sincera entre mujeres. 

 

A la contienda pretendidamente natural entre los egos femeninos, Barnes viene a añadir, por si no quedaba clara su machirula postura, el conflicto de las vanidades literarias. Porque Jane y Alice, querido lector (digo bien, lector, que no lectora: sólo para el primero parece escribir Barnes aquí), son escritoras. De tres al cuarto . Escritorisas. Escritorzuelas. En fin, como quiera que deban denominarse, según la RAE o equivalente british, las féminas de letras. más of course

 

Mas no nos desviemos del relato de marras, lectoras (y aquí vuelvo a decir bien: habitantas lectoras). No nos desviemos de Jane y Alice. La cuarentena frustrada, en todos los sentidos posibles, de Jane y Alice. Como es de ley en toda mujer que alcance los cuarenta sola, oigan. Porque, como bien sabemos,viajan solas todas las mujeres que no viajan con hombres.

 

De modo que Jane y Alice viajan juntas-pero-solas-es-decir-sin-penes en un tren que atraviesa el sur de Inglaterra de vuelta a Londres tras una feria literaria. Por supuesto, no se acompañan la una a la otra a eventos de este tipo porque se quieran desinteresadamente y se admiren. No. Menos mal que el masculino narrador conoce la-verdad-toda-la-verdad-y-nada-más-que-la-verdad, que para eso es masculino y omnisciente, ¡cojones ya! 

 

Sabe que, en realidad, ambas se envidian y detestan a partes iguales. 

 

En realidad, a las dos les gusta la obra de la otra menos de lo que dicen a la prensa que les gusta. 

 

En realidad, ni siquiera se leen mutuamente (ni siquiera leen, ay). 

 

En realidad, una de ellas se acostó con el exmarido de la otra (la culpa se la reparten la una y la otra a partes casi iguales, como las zorras que son, mientras que el semental exmarido se va de rositas).  

 

En realidad, la simbiosis es así simple: la una le hace parecer a la otra más lista y la otra consigue que la una, a pesar de que ya no pueda lucir los generosos escotes de su juventud, aparezca en escena como bastante más delgada por comparación. Porque la frustración lleva a la otra a comer demasiados bollos y a robar botellitas de licor de todos los hoteles donde hace años que ya no folla con nadie, la pobre. Tal vez si le gustaran menos los bollos… 

 

Mi habitante me pregunta, a patadas de corazón desde el estómago, por qué he vuelto a abrir, en contra de su voluntad, el libro de relatos de Julian Barnes. Lo he hecho, sí. Y estoy dispuesta a terminarlo. 
Tengo mis motivos. 

Puedo decirnos, por ejemplo, que llueve en Tirana y no tengo mucha más lectura esta tarde sobre la mesa.  

Puedo decirnos, por poner otro ejemplo, que desde siempre me han encantado las traducciones que suenan a extranjero. Creo que me recuerdan a los felices dibujos animados de otra década, donde los osos parlanchines les robaban emparedados de crema de cacahuete a los campistas. En aquella década las niñas nacíamos con un paquete de Ducados bajo el brazo: a nadie le preocupaba que comenzáramos a respirar humo desde mucho antes de comenzar a arder. En aquella época, en las películas la niebla estaba siempre espesa como puré de guisantes; los prófugos de la justicia militaban, sin saberlo, contra la extinción del subjuntivo castellano; los mafiosos se hacían ofertas que no podrían rechazar y sentenciaban muy serios aquello de: 

 

Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. 

 

Pues eso.  

 

 

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