Mi padre no era un nadador

 

El bellísimo fragmento que les presentamos a continuación forma parte de la novela Miramar (El fin de la noche, 2012) de Gloria Peirano, finalista del Premio Nueva Novela de Página/12 (2007). Novela que, según Angel Berlanga: “construye, con una estructura precisa, el íntimo –y agridulce– paraíso perdido de la infancia marcado por la muerte del padre”.

 

Pasen y lean 

Mi padre no era un nadador. Era un hombre de las plantas, de los árbo­les, siempre tenía las manos sucias de tierra. El “dedo verde”, le decía mi ma­dre, refiriéndose a la habilidad que tenía para revivir las plantas marchitas. Ella detestaba que casi nunca nos acompañara a la playa. Siempre fuimos una fami­lia sin padre bajo el sol furioso del mediodía. Mi madre se ocupaba de clavar la sombrilla en la arena, y lo hacía mirando furtivamente hacia la escalinata del balnerario, año tras año, luchando contra el viento, y esperando que mi padre se arrepintiera y bajara con nosotros. Después acomodaba las reposeras, se ponía un pañuelo en la cabeza, nos daba órdenes a mi hermano y a mí como un gene­ral en una batalla, pongan los sandwiches a la sombra, sacate las sandalias, trai­gan más acá la canasta. Actuaba como un general traicionado que nunca quedaba satisfecho con el campamento que armábamos en la playa. La orientación de la sombrilla se transformó, con los años, en una cuestión delica­dísima ya que no lograba hallar el punto justo para aprovechar mejor la sombra. 

Hay que sacar el mayor partido de esta sombrilla murmuraba mientras ajustaba la posición del puntal, una y otra vez.

Mi padre permanecía en el jardín de la casa, bajo la sombra sencilla de sus árboles. Muy cada tanto, para complacer los reclamos de mi madre, bajaba a la playa. Lo hacía después de las cuatro de la tarde, con gorra y zapatillas. Apa­recía en lo alto de la escalinata del balneario y desde allí buscaba con la vista nuestra vieja sombrilla a rayas.
Tu padre me avisaba mi madre, sin el menor atisbo triunfal, cuando lo veía acercarse zigzagueando entre la gente. 

La tarde se iluminaba. Mi hermano y yo lo tratábamos como si fuera un singular invitado a la vida marítima, como si de nosotros dependiera su bienes­tar en la playa. Éramos oceánicos, estábamos curtidos por el sol, la liturgia del mar nos quedaba infinitamente cómoda; él, por el contrario, venía de la paz del jardín de rosas, usaba una gorra ridícula y tenía la piel blanca.
Parecés un viejo le dijo una vez mi madre, mientras él se guarecía de pie bajo la sombrilla. Lo trataba con dureza, yendo y viniendo alrededor de las esterillas extendidas sobre la arena, con sus largas piernas de flamenco y sus gigantes anteojos de sol.

Mi padre aceptaba la derrota, pero resistía. Nunca se acercaba a la orilla, a pesar de que los tres lo llamábamos a los gritos desde la rompiente, los brazos en alto, las olas sobre nuestras voces, el viento que enredaba las palabras.
¡Rafael! insistía mi madre, al borde de la irritación, pero mi padre, a lo lejos, encorvado bajo la sombrilla, no hacía más que sonreír. La suya era una sonrisa conciliatoria, que buscaba indulgencia, y cuando volvíamos empapados nos esperaba con las toallas para abrigarnos, y abría los paquetes de galletitas con sus manos secas, diligentes, y nos alimentaba en la boca como a pájaros.  

No era un nadador, pero le gustaba llevarnos a pescar con él en las madru­gadas. Tenía varias cañas en el galpón y la noche anterior las sacaba y las llevaba a la galería, sin decirnos nada. Cuando salíamos al jardín después de comer, señalaba los elementos de pesca apoyados contra la pared, y nos preguntaba:
¿Quién viene conmigo?
El mundo estaba dividido entre nadadores y pescadores, y éstos últimos eran gente de pocas palabras o de palabras que escondían contraseñas. Nos des­pertaba al alba, tocándonos apenas, y nos servía una taza de leche chocolatada en la cocina aún oscura, mientras mi madre dormía. Lo hacíamos todo en silen­cio para no despertarla, pero también porque el ritual de la pesca empezaba en cuanto nos levantábamos, y el silencio era una parte importantísima del asunto, estar callados y aguantar el peso del sueño que nos cerraba los ojos, mientras mi padre nos observaba detrás de su taza de café negro. Esas madrugadas en la cocina eran el exacto reverso del bullicio diáfano de la playa, estaban impregnadas de una densidad que preanunciaba los movimientos de los peces bajo el agua profunda, y mi hermano y yo nos las calzábamos como un guante: la taza de chocolatada, la lata de galletitas, el pulóver en los hombros para protegernos del viento del amanecer.
No era un nadador, mi padre, creo que no le gustaba la amplitud del día junto al mar, tal vez le parecía demasiado explícito el caudal de vida que se desplegaba allí, un abuso de la expresión, y por eso se quedaba con las plantas, él que era el hombre del “dedo verde”, dejando el resto para mi madre.
Hay que comprar camarón nos decía al salir en el Dodge rumbo a la mejor escollera para pescar pejerrey. Se esmeraba en explicarnos la técnica. Mientras manejaba, nos hablaba del tipo de carnada y de la dirección del viento, de la diferencia entre pescar desde los espigones o en los arroyos, y era esa conversa­ción la que finalmente nos iba despertando, ese arrullo de pescadores, de modo que cuando llegábamos a destino y bajábamos del auto la resaca del sueño se había deshilachado y flameaba detrás de nosotros.                          

A mí me hubiera gustado tener un padre que nadara. Pero tal vez su ausencia en la vida de playa fue un balbuceo de su posterior desaparición. Una forma de practicar para más adelante, cuando pasábamos el verano en San Cle­mente o en Villa Gesell y ya no estaba con nosotros. No descansaba en la playa ni, por supuesto, nadaba en el mar, pero tampoco esperaba en el jardín de alguna casa, y mi madre no tenía con quién enojarse por la sombrilla. Debíamos hacer todo noso­tros mismos: extender las esterillas, buscar almejas, comprar el diario en el quiosco del balneario, nadar a cielo abierto con esos nuevos cuerpos que tenía­mos de pronto. Ya estábamos acostumbrados a ese efecto de la muerte, llevábamos una vida entera sin un padre que nadara, y por eso, durante los días de sol implacable, al entrecerrar los ojos para atenuar la luz fosforescente de la tarde, parecía, por algunos instantes, que él nunca había existido.

Mi padre les compraba la carnada a los viejos pescadores del espigón. También conseguía una cosa que se llamaba ceba, que venía en lata, y que tiraba al mar para atraer a los cardúmenes. Una vez que teníamos lo que hacía falta, nos ayudaba con nuestras pequeñas cañas. Después se acomodaba con su propia caña al lado nuestro y, en ese momento, empezaba el verdadero silencio. 
A veces sacábamos uno o dos pejerreyes, otras veces nos volvíamos con las manos vacías, pero mi padre siempre estaba satisfecho. Pasábamos por la panadería y comprábamos facturas calientes para el desayuno tardío junto a mi madre. 

 

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