La mística pop (1): Spring breakers

 

por Miryam Hache 

 

En el principio bíblico eran el hombre y la mujer expulsados del paraíso. Desterrados.

En los comienzos del cine eran esos espectadores inaugurales que huían despavoridos ante La llegada de un tren a la estación (hermanos Lumiere, 1895). Temían que el tren atravesara la pantalla, que algo de aquella cosa todavía indefinida que era el cine emergiera de ahí y se metiera en la realidad. Nada sabía aún el espectador de aquel espacio fílmico. Aquel era un lenguaje en ciernes, un terreno, un mundo radicalmente nuevo.

Hoy el mundo de las ficciones audiovisuales y el de la digitalidad comparten categorías afines: ambos son inmateriales, inabarcables, como etéreos y eternos, como espacios donde todo es posible o potencia. Donde somos otros, donde nos replicamos y nos extendemos. Estoy obsesionada con esta idea: lo virtual comparte tanto con lo divino…

Hace poco iba en el tren y vi a un niño acercarse a la ventana. Sus dedos contra el cristal simularon la mueca de una garra, luego los estiró. El niño, de tan niño, creyó poder ampliar la imagen de los árboles detrás, o de las nubes, o de vaya a saber lo que veía en ese instante, como si se tratara de una ventana digital. Infundiendo de virtualidad a lo real. Un gesto, una reacción tan natural como radicalmente nueva.

Me pregunto si entendiendo las ficciones y los registros audiovisuales como simbólicas secuencias de una divinidad parcelada que aspiran, en cierta forma, al registro de la totalidad de las cosas, si en lugar de perder peso, esas imágenes no se elevan al estatuto de estampas religiosas.

Me decanto por esto último. Entonces: ninguna imagen es liviana. Todas ellas y todos nosotros formamos parte de un tejido tanto más basto que nuestra sola existencia. La intertextualidad es total y rotunda. Desde una óptica con resabios neoplatónicos: hemos vuelto al paraíso.

Harmony Korine no es muy expresivo en las entrevistas. Cuando le hacen preguntas en torno a Spring breakers (2013), poco aclara sobre sus intenciones —o pareciera decir entre dientes que le da pereza explicar sus películas— aunque, cada tanto, concede citas reveladoras: the film was about poetry of surfaces. Había quedado claro en Gummo y en Julien-donkey boy su interés y su destreza a la hora de capturar la belleza de lo sórdido, lo grotesco, lo marginal. Lo que no debería ser pero es. ¿Acaso son los deformes de las fotografías de Diane Arbus, los enanos de Herzog, los marginales de Korine, bellos en su extrañeza? ¿O es el acto de retratarlos, de elevarlos al estatuto de lo fílmico —en su acepción más divina posible— lo que los adentra en la beatitud. Obsesión, sí, pero las etimologías de beatitud y beauty están tan difusamente cerca.

En Mister Lonely una monja cae del cielo, de un helicóptero en marcha, y, por cosas de Dios, aterriza ilesa. Este suceso deviene revelación que luego transmitirá a sus compañeras: “si tienes la fe suficiente, Dios será tu paracaídas. Paralelamente, en otro punto del globo, un grupo de outsiders interpretan personajes pop all day long y se recluyen a vivir en comunidad en un castillo de ensueño. Estos seres abatidos, sin fe, se recluyen a vivir en la ficción. Korine presenta la ficción como una suerte de sueño colectivo. Y es esta idea, la del imaginario de lo pop como una nueva representación visual de lo místico —y aquí la escena de la monja en el cielo haciendo piruetas en bmx es la que mejor lo expresa—, la que seguirá desarrollando en Spring breakers.

 

Me declaro absolutamente fan de este filme. Aunque cuando se estrenó pensaba que se trataría de otra película boba y sexista de chicas lindas en pelotas. Lejos de la realidad, Spring breakers es de una complejidad engañosa, que bajo la superficie “liviana” de jóvenes de fiesta, esconde una rica multiplicidad de capas, como un bucle desplegándose y replegándose sobre sí, como un loop entre remixes electrónicos que se enuncian.

Un grupo de cuatro adolescentes universitarias muy guapas se van de spring break. A su particular espacio-tiempo místico. Una pausa antes de meterse en la rutina común, en la repetición de las cosas. No se trata de ninguna estupidez, aquel es el espacio de la liberación, de la comunión con el todo. La fiesta es el lugar donde volverse plural se hace posible. 

Dice Walter Benjamin:

 

Ellas se adentran en estas fantasías, como quien emprende una ruta religiosa. Se meten en las imágenes que alguna vez poblaron la MTV, los programas estilo Wild On de jóvenes en la playa bailando semidesnudos y bronceados, empapados de licor y aullando el rap gangsta, Skrillex e himnos de Britney Spears. No es casual que la única religiosa a priori sea la única que decida no sumergirse en esa fantasía. Ya tiene otra fe. No es casual que dos de las protagonistas sean íconos Disney —Vanessa Hudgens y Selena Gómez—. Ellas ya representan en sus vidas fuera del filme, sujetos ya entrampados a lo virtual. Enredadas. Cuenta Korine que había más cámaras de paparazis sobrevolando las escenas de playa, que cámaras propias de la producción de la película.

 

 

Son los efectos, como la ralentización de los planos, la mezcla de los tiempos narrativos, la repetición de ciertas imágenes y frases, la música electrónica constituida en torno al loop, y los mismos personajes representados —chicas en bikini y raperos gangsters—, lo que simula una estética videoclip. En muchos videoclips populares suelen explotarse multiplicidad de símbolos y estímulos de manera simultánea. Y es, en un ejercicio de cohesión poética, uno de los formatos audiovisuales que mejor replica la síntestis de lo onírico. Imágenes que simbolizan diversas cosas al mismo tiempo. Es una poetry of surfaces.

 

Pistolas y videoclips

 

Las chicas son las protagonistas. Las que llevan su deseo hasta el final y más allá. Y, sin embargo, en todo momento pensamos que serán las víctimas de algo, porque ya estamos programadas para ver a las mujeres bellas y libres sufrir en pantalla. No es el caso. Si bien no me interesa que el empoderamiento representacional de las mujeres en el cine pase por portar las armas porque sí —símbolo fálico y patriarcal por excelencia—, al tratarse de antiheroinas empoderadas en ese mundo virtual, debo decir, mal que le pese a mi profundo pacifismo, que vienen a hacer justicia simbólica. ¿Cuántas veces hemos visto a mujeres sometidas por hombres en la pantalla? ¿Cuántos atracos armados hemos visto protagonizados por hombres? Infinitas ¿Cuántas a la inversa? Ya tocaba… esto:  

Y, sin embargo, si hago una suerte de “reivindicación” de la violencia en este filme, es, uno: por lo que acabo de decir. Dos: porque claramente no están expuestas como modelos a seguir y no dejan de representar íconos pop —de ahí, por una vez justificada, su imagen hipersexualizada (aunque no reificada)— que llevan a cabo las premisas del lado B del sueño americano hasta sus últimas consecuencias. Tres: porque no se debería juzgar bajo el mismo prisma ético algo que constituye una particularidad que algo que constituye la norma. La repetición importa. La repetición altera los sentidos de las cosas. Cuatro: el contexto también importa. Esto es algo que Rihanna, por citar un ejemplo, no entendió del todo. No entendió por qué muchas feministas criticaron su ultra polémico vídeo Bitch better have my money. En su mundo, que una mujer torture física y psicológicamente a otra mujer como medio de acceder al gran hombre que la detenta, no es un acto de misoginia. En mi mundo, no entiendo cómo utilizar el calificativo bitch para referirse a un hombre no es sexista. ¿Si lo tratas de mujer es más insultante? Reitero: el contexto importa. Rihanna protagoniza sus videoclips teatralizando, sí, pero sin dejar de actuar bajo su nombre. El personaje que interpreta está fundido al role model que ella representa en la vida de muchxs. El visionado repetitivo y fragmentado de un videoclip, tanto más integrado a la cotidianidad que el visionado de un filme, también importa. El tarareo de insultos misóginos descontextualizados como mantras, también.

Concluyendo, Spring breakers es, ante todo, una experiencia estética y sensorial que nos adentra en un trip hasta la ensoñación colectiva norteamericana. Aquella que ha sido esculpida a base de videojuegos, Disney, MTV, Vevo y películas gangsters. Es una gran obra de arte que, lejos de representar una sucesión de imágenes violentas sin profundidad —como el videoclip de Rihanna—, nos invita a cuestionarnos, a enfrentarnos a nuestra mística latente, tan fragmentaria, tan aparentemente frívola. Nos lleva a enredarnos y pluralizarnos en un bucle, tan ficcional como divino.

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