De Deleuze a Virginia Woolf

  Fragmento de Mil Mesetas, Deleuze y Guattari

 

El devenir-animal sólo es un caso entre otros. Estamos atrapados en segmentos de devenir, entre los que podemos establecer una especie de orden o de progresión aparente: devenir-mujer, devenir-niño; devenir-animal, vegetal o mineral; devenires moleculares de todo tipo, devenires partículas. Fibras conducen unos a otros, transforman los unos en los otros, atravesando las puertas y los umbrales. Cantar o componer, pintar, escribir no tienen quizá otra finalidad: desencadenar esos devenires (…)

Cuando le preguntan a Virginia Woolf sobre una escritura específicamente femenina, se espanta ante la idea de escribir “en tanto que mujer”. Más bien es necesario que la escritura produzca un devenir-mujer, como átomos de femeneidad capaces de recorrer y de impregnar todo un campo social, y de contaminar a los hombres, de atraparlos en ese devenir. Partículas muy suaves, pero también duras y obstinadas, irreductibles, indomables. El ascenso de las mujeres en la narrativa inglesa no respetará a ningún hombre: aquellos que pasan por ser los más viriles, los más falócratas, Lawrence, Miller, no cesarán de captar y de emitir a su vez esas partículas que entran en el entorno o en la zona de indiscernibilidad de las mujeres. Al escribir devienen-mujer. Pues el problemas no es, o sólo no es el del organismo, el de la historia y el del sujeto de enunciación que oponen lo masculino y lo femenino en las grandes máquinas duales. El problema es en primer lugar el del cuerpo -el cuerpo que nos roban para fabricar organismos oponibles-. Pues bien, a quien primero le roban ese cuerpo es a la joven: “no pongas esa postura”, “ya no eres una niña”, “no seas marimacho”, etc. A quien primero le roban su devenir para imponerle una historia o una prehistoria, es a la joven. El turno del joven viene después, pues al ponerle la joven como ejemplo, al mostrarle la joven como objeto de su deseo, le fabrican a su vez un organismo opuesto, una historia dominante. La joven es la primera víctima, pero también debe servir de ejemplo y de trampa. Por eso, inversamente, la reconstrucción del cuerpo como Cuerpo sin órganos, el anorganismo del cuerpo, es inseparable de un devenir-mujer o de la producción de una mujer molecular. Sin duda, la joven deviene mujer, en el sentido orgánico o molar. Y a la inversa, el devenir-mujer o la mujer molecular son la propia joven (…) Además, las jóvenes no pertenecen a una edad, a un sexo, a un orden o a un reino: más bien circulan entre los órdenes, los actos, las edades, los sexos; preoducen n sexos moleculares en la línea de fuga, con relación a las máquinas duales que atraviesan de un lado a otro. La única manera de salir de los dualismos, estar- entre, pasar entre, intermezzo, lo que Virginia Woolf ha vivido con todas sus fuerzas, en toda su obra, deviniendo constantemente.

 

 

En cierto sentido, hay que empezar por el final: todos los devenires son ya moleculares. Pues devenir no es imitar a algo o alguien, no es identificarse con él, tampoco es proporcionar relaciones formales. Ninguna de esas dos figuras de analogías conviene al devenir, ni la imitación de un sujeto, ni la proporcionalidad de una forma. Devenir es, a partir de las formas que se tiene, del sujeto que se es, de los órganos que se posee o de las funciones que se desempeña, extraer partículas, entre las que se instauran relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, las más próximas a lo que se está deviniendo, y gracias a las cuales se deviene. En este sentido, el devenir es el proceso del deseo (…)

Sí, todos los devenires son moleculares; el animal, la flor o la piedra que devenimos son colectividades moleculares, hacceidades, no formas, objetos o sujetos molares que conocemos fuera de nosotros, y que reconocemos a fuerza de experiencia o de ciencia, o de costumbre. Pues bien, si esto es verdad, también es válido para las cosas humanas: hay un devenir-mujer, un devenir-niño, que no se parecen a la mujer o al niño como entidades molares bien distintas (aunque la mujer o el niño puedan tener posiciones privilegiadas posibles, pero sólo posibles, en función de tales devenires). Lo que nosotros llamamos aquí entidad molar es, por ejemplo, la mujer que está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre, en tanto que está determinada por su forma, provista de órganos y de funciones, asignada como sujeto (…)


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