Madurar es otra cosa. Por más ficciones como estas…

por Miryam Hache

 

 

¡Haced rizoma y no raíz, no plantéis nunca! (…) ¡No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades!”

Mil mesetas, Deleuze y Guattari


Resulta muy ilustrativa la metáfora de la liquidez para nombrar ciertos aspectos de la modernidad tardía, frente a la solidez que marcaba eras anteriores. Atravesados por la sensación de que todo fluye cada vez más rápido, la transitoriedad tiñe todas nuestras relaciones sociales, nuestros trabajos, nuestros hogares, y se inmiscuye hasta en nuestros deseos. Pareciera que los movimientos artísticos y sociales se abrevan, como agilizándose hacia la nada, hacia la instantánea impresión de un hashtag, la duración de la réplica de un tweet o de una fotografia retro de Instagram.


La moda de la estética vintage, que ciertos sectores alternativos y occidentales rescataban hace años, fue absorvida por el mercado, normalizada y capitalizada. Pero podríamos establecer cierto paralelismo entre lo que aquellos rastreaban en esa estética, y lo que se expresa a través de ciertos aspectos formales —como el uso del blanco y negro— en películas como Frances Ha y Oh Boy. Todos estos sujetos y personajes, que en su mayoría rondan los 30, se encuentran en un mundo en el que no solo no disponen de grandes certezas políticas ni religiosas a las que aferrarse, tampoco detentan la posibilidad o el deseo de permanencia en una misma ciudad, mismo trabajo, vocación y pareja, por largos períodos de tiempo. Para muchos de los que nos hemos criado recreándonos en el imaginario de lo sólido, para luego crecer y no desear asirnos a él, lo vintage representa una romántica síntesis estética de lo estable. El recuerdo bello de un período pasado que permanecerá frívolamente inmutable.  

 


 

Los protagonistas de Frances Ha y Oh Boy, pero también los de las series Girls, Transparent, o las comedias Por Ahora y Broad City, encarnan parte de las problemáticas comunes que atraviesa esta generación —perteneciente a las clases medias, urbanas y occidentales—. El modelo del matrimonio monógamo y eterno huele a putrefacto. Los modelos tradicionales de educación y crianza también. Las maneras que tenía el establishment de representar ciertos tipos de mujeres y ciertos cuerpos de mujeres en las ficciones audiovisuales merece ser enterrada. Las formas de vivir el sexo, la sexualidad y la encarnación del género en el cuerpo, se deconstruyen a pasos agigantados. Pero una cosa es teorizar sobre los hechos sociales y una muy distinta —y mucho más laboriosa— es modificar el deseo. Zizek dirá: “El problema para nosotros no consiste en si nuestros deseos están o no satisfechos. El problema es: ¿cómo sabemos qué desear?”.  


De pronto nos vemos ante la necesidad de reinventar muchas de nuestras institituciones y esquemas sociales y mentales, o de sucumbir a los antiguos a sabiendas de sus terribles deficiencias. En todas estas ficciones —en su mayoría escritas, dirigidas, protagonizadas y/o producidas por mujeres— vemos cómo las instituciones tradicionales juzgan constantemente el comportamiento o la apariencia de estos personajes. Ya se trate de Niko en Oh Boy que no trabaja ni estudia: reflexiona, o de la manera en la que Lena Dunham exhibe su gordura en Girls, o de la errancia en las búsquedas sexuales y vocacionales de Gaby Hoffman en Transparent, o de los dilemas ético-laborales del personaje de Malena Pichot en Por Ahora, o de la itinerancia vital de Frances. Los personajes no encajan, y se malinterpreta esto intra y extra diegéticamente, como signo de inmadurez. En su sentido peyorativo. No puedo más que disentir profundamente con esta postura.

 

     

 

  

 Siguiendo un poco la lógica deleuziana o butleriana, no somos entes vacíos que se llenan de cultura o de historia. Ni nacemos ni nos hacemos, devenimos. Y solo se deviene en el puro presente. Devenimos mujeres, lesbianas, gordas o transexuales. La identidad no es un constructo prefijado o cerrado, la actualizamos en cada pensamiento y en cada acto que realizamos. Frances Ha no es camarera, atiende mesas; no es bailarina, baila.  


 

A estos relatos los atraviesa una visión del mundo semejante. La necesidad de reinventar ciertos esquemas no se presenta de manera trágica, se plantea como posibilidad, como apertura —o divergencia rizomática—. Los finales son abiertos y esperazandores. Los personajes saldan el romanticismo y el pasado. No olvidan, clausuran la nostalgia. Aceptan el dinamismo como cualidad ontológica de sus identidades. Solo son en movimiento. Frances no deja de correr y de reinventarse, en Transparent no dejan de explorar sus cuerpos y sus sexualidades, en las comedias citadas no dejan de erigir y de representar nuevas o distintas y posibles formas de amor y de amistad. Si madurar significa alcanzar un completo desarrollo vital, cerrarse en cierta forma, afortunadamente estos personajes no maduran, se rebelan, se abren. No hacen más que resistir.  

 

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