Muralla (n.f. Del It. Muraglia)

 

Por Martha Asunción Alonso

Tirana, 6 de marzo de 2016

 

Cuenta la leyenda que el inexpugnable castillo de Skodra, al norte de Albania, oculta una madre emparedada en sus cimientos. Responde al nombre de Rozafa y, al conocer su trágico destino, no derramó una sola lágrima. Simplemente les pidió a sus verdugos (su esposo, entre ellos) que le dejaran un ojo, una mano, una pierna y un pecho fuera del muro; para así poder velar siempre por su hijo, acariciarlo, mecer su cuna con el pie y amamantarlo cuando fuera preciso.  

 

En el siglo XV, la autora Christine de Pizan describe en La Cité des Dames una utópica sociedad de mujeres defendida por monumentales muros. La fundación y las primeras piedras de tal fortaleza se debieron a la alegórica intervención de la Razón: joven mujer que blande, como si de la más peligrosa arma blanca se tratase, el espejo del Conocimiento en sus manos. El baluarte fue levantado, sillar a sillar, por:

Artemisa, Diosa de lo salvaje.

Semiramis, fundadora de Babilonia.

Fredegonda, orgullosa reina de los Francos.

La siria Zenobia, que llegó a conquistar Asia Menor.  

Hipólita y Pentesilea, feroces matriarcas de las amazonas.

Clelia, feroz guerrera romana que atravesó nadando el río Tíber.  

 

Otra marcial princesa, de nombre Argjiro, parió otra inconquistable ciudadela albanesa: Gjirojkastra. La alcazaba que creció de su nombre se eleva al sur, en el corazón del valle del Drino, cercada por inviernos perpetuos. La Historia con hache mayúscula asegura no saber nada de Argjiro. Sin que sirva de precedente, diremos que no importa: dejemos que la roca, sólo por esta vez, sea suficiente.  

 

Hay, sin embargo, tantas más. Todos los adarves y almenas de este mundo, en realidad, están hechos de vidas de mujeres.  

La tierra de mis padres, por ejemplo. La Castilla de Juana y la de Lucy. La matria —no la patria— de Isabel, Urraca, Cuca, Berenguela, Catalina, Ana, Beatriz,  

Toña, Blanca, Benita,  

o Asunción.  

 

Si me adopta una hija, la llamaré Muralla.  

 

¿Cómo sería mi reflejo en el Châteaux de Chenonceaux sobre el río Loira de no haber respirado Catalina de Médicis y la Duquesa Diana de Poitiers?  

 

¿El castillo austríaco de Mooshan sin las madres que me quemó la Inquisición?  

 

¿La Torre de aquel Londres sin Bolena?  

 

¿Mi guerra sin hermanas?  

 

 

Rozafa

Christine de Pizan

Gjirokastra 

La tierra de mis padres


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