La rebelión de los cuerpos

 

por Miryam Hache 

 

Garcilaso Inca de la Vega cuenta en sus Comentarios reales (s.XVII) la costumbre inca de encerrar, en una misma casa y de por vida, a un puñado de vírgenes de noble sangre para ofrendarlas al Sol.

Es a través de las instituciones, según Foucault, que se escriben en los cuerpos los comportamientos y normas que garantizan el orden social. En las sociedades modernas, el proceso de naturalización del discurso del poder se va sofisiticando hasta volverse invisible. Pero es cuando el sujeto —que también es cuerpo— se resiente de alguna manera a su disciplinamiento, cuando es necesario marcar el cuerpo, reprimirlo, encerrarlo. Tal es el caso de las cinco hermanas retratadas en la recientemente ultra premiada ópera prima de Deniz Gamze Ergüven, Mustang (2015), quienes al no desear acatar las normas de la patriarcal y represiva sociedad turca, son encerradas en su propia casa. Aisladas del resto del mundo. Ofrendadas a la divina normalidad turca. El objetivo: preservar su virginidad hasta el matrimonio. Al no poder colonizar sus mentes, la familia reprime el cuerpo hasta cederlo a la institución del matrimonio forzado. Institucionalizando la violación.

Mustang está en permanente diálogo con Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), película a la que emula, si bien no técnica, sí argumentalmente. Aunque podamos decir que el guión y la puesta en escena carecen de capas de profundidad o sutilezas, o que las simbologías visuales a veces devienen muy explícitas —la imagen de las chicas en el auto fundido a la negrura del túnel marca el comienzo de la oscuridad en sus vidas; ellas huyendo de la amenaza del hombre armado en el campo, en el que “solo estaban recogiendo manzanas”, en una clara alusión crítica al mito bíblico—, la decisión de realizar una reescritura turca y feminista del texto de Coppola, en el que las mujeres no devienen puros cuerpos depositarios de semen y crías, y en el que la única rebelión posible no es la huida hacia una muerte romántica; resulta digna de consideración. La niña es la única que habita los planos sola. Las mayores, que apenas se rebelan, se amalgaman como si fueran un solo cuerpo de extremidades frágiles. Los colores pasteles de sus ropas y cosas, el uso excesivo de luces frontales, y la sobreexposición de ciertas partes de sus cuerpos, contribuyen a crearles un aura de ninfas angelicales. Condenadas.

 

Pero nuestra protagonista no es enmarcada en esa estetización —tan vírgenes suicidas, tan moda pro anorexia teen—. Ella es la voz que hila el film, la de la piel más oscura, la que marca el camino a sus hermanas, no como una mera guía hacia el suicidio como en el film de Coppola —en el que por cierto, las chicas no son protagonistas, ni narran su propia historia, y en el que apenas figuran como misteriosos, bellos y lánguidos objetos de amor romántico de un grupo de muchachos imberbes— si no como quien decide erigirse heroína y hacedora de su propio destino, dueña de su cuerpo. Artífice de un final tan inverosímil como necesario.  

 

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