¿Qué es el humor feminista?

        

por Miryam Hache 

No, no tengo un girl crush porque no siento esa necesidad filoyankicéntrica de tener que etiquetarlo todo. Hay realidades que son ambiguas, diversas, contradictorias, o que simplemente están en proceso de construcción y no precisan de un #hashtag que las refiera. Estoy obsesionada con Malena Pichot. No con su cuerpo, con su voz. No, no tengo un girl crush. Admiro a mujeres como ella: inteligentes, creativas, activas, que se atreven a decir cosas diferentes en tonos diferentes del generalmente establecido y, que a pesar de las miles de críticas e insultos que reciben por ello, siguen actuando y creando y aullando sus convicciones a través de todos los canales posibles. Los hombres han admirado a otros hombres en occidente desde siempre, y no hay necesidad de inventar un hashtag o un concepto radicalmente nuevo para identificar su admiración para con otros hombres. ¿Tan novedoso es que las mujeres no queramos competir más entre nosotras, que queramos enterrar eso en el recuerdo de nuestras infancias machistas, que queramos rescatar los nombres escupidos de nuestras antepasadas activas, que queramos reivindicar el nombre de las coetáneas que nos representan, que admiramos? Leer, ver, escuchar y difundir activamente la obra de otras compañeras es ser una feminazi, una hembrista, una machista al revés… cuánta ignorancia, gente, se trata de sentido común. 

 

El humor en la televisión argentina —o en la televisión en general— no se caracteriza por ser plural en cuanto a la representación de diversos colectivos minoritarios se refiere. Con representación plural me refiero a que esos colectivos minoritarios tengan voz propia. “Las mujeres somos una minoría conceptual y simbólica” Malena Pichot dixit en una entrevista con Baby Etchecopar. Y los hombres del estudio ríen.

 

La televisión y el humor argentino estaban poblados de banalidades, de chistes verdes, —ya no estaban Cha cha chá ni Todo x 2 pesos— de mujeres actuando de estúpidas aniñadas, o simplemente siendo estúpidas y aniñadas, destacando casi exclusivamente por sus cuerpos quirúrjicamente moldeados y clonados; de meros culos restregándose contra caños, de energúmenas insultándose —también conocidas como “gatos”, más que como mujeres—, alguna que otra señora reaccionaria y ya. Una gran parte de la población femenina argentina no nos veíamos representadas de ninguna manera en este panorama (hablando de humor, podríamos hacer alguna excepción, como la de Peter Capusotto y sus videos, con un poco más de nivel en sus comienzos, pero exento de salirse de la lógica de incluir a una actriz que represente apenas un mero objeto sexual o un papel secundario estereotipado).  

En eso llega una mujer que se populariza en Youtube, luego en MTV, con su tira La Loca de Mierda. Unos videos en los que una joven bajita de pelo corto y sin maquillaje —nada común en la TV argentina—, parodia sin tapujos su estado depresivo post-haber-sido-dejada-por-su-novio.

 

Yo me sentía feminista desde hacía años, y vivía en un sutil estado cuasi permanente de cabreo ante el no cabreo de mis coetáneas por la representación que teníamos las mujeres en los medios. Ahora vivo en España, y créanme, en Argentina, la carga machista en la publicidad callejera, en la televisión, en los diarios online, etc. era bastante mayor que aquí. Pensé que Malena Pichot tenía gracia, pero que al fin y al cabo no dejaba de hablar de hombres y menstruación y poco más. Y lo único público que conocía de ella era eso.  


Pronto se hizo famosa. Salió en la tele a presentar Cualca, una serie de breves sketches que ella guionaba y protagonizaba en colaboración con los también geniales humoristas Charo López, Julián Lucero, Julián Doregger y Julián Kartun.  


¿Es posible hacer humor feminista? Toda creación y todo acto humano es susceptible de ser feminista, si la persona que lo realiza lo es. Porque ser feminista es cambiar la mirada, es una manera de ver y de estar en el mundo. Pero convengamos que es difícil devenir feminista, es un proceso largo de deconstrucción de muchísimos valores, y de rearmado de todos nuestros esquemas mentales. Por eso necesitamos trabajos y mujeres como Malena Pichot en todos los ámbitos de nuestra sociedad. En Cualca había mucho de parodia, de humor absurdo, de reírse de todos y todo sin filtros y sin miedo a ofender. Sin tabúes. Al fin podíamos ver mujeres protagonizando sketches a la par de los hombres, interpretando una gama amplísima de personajes femeninos y masculinos, actrices sin la necesidad de resaltar sus atributos físicos ni erotizando su imagen en cada escena —¡wow, como lo venían haciendo los actores hombres!—. Sketches en donde lejos de perpetrar y reforzar estereotipos y valores racistas, discriminatorios y machistas, éstos se parodiaban, se ridiculizaban. Se desarmaban. Porque el humor es una forma de entendimiento de la realidad. De tomar conocimiento de algo, de hacerlo presente, y de alivianar su peso en cierta forma. El peso de las cosas que no suelen decirse. El humor es algo fundamental en nuestras vidas. Iluminamos el objeto risible bajo otra luz, reconocemos su cambio juntos, y juntos nos transformamos. Somos cambiantes, sociales y comunitarios, y por eso reímos, porque solo se ríe el ser que es mutable, y el que desea cambiar con el otro, o, por un momento, ser con el otro. Reír juntos es vivir un acto poético, catártico y político.  

 

Malena Pichot no solo activa cambios sociales y políticos desde su espacio en Cualca o a través de su labor como comediante de stand up. Ha continuado guionando series recomendadísimas como Por ahora, Jorge, Mundillo. Pero ahora centrémonos en mi favorita: Por ahora.

 

 

Por ahora fue una serie producida y emitida por Cosmopolitan —sí, las contradicciones del sistema capitalista, ya que en Cualca se había parodiado explícitamente a las mujeres que leían Cosmopolitan y los respectivos contenidos de la revista—. Por ahora retrata la vida de un grupo de amigos treintañeros con problemáticas diversas, que se dedican a vivir el momento lo mejor que pueden. Sin planes a largo plazo. Un retrato generacional en clave humorística de los que tenemos menos de 40 años y vivimos en ciudades como Buenos Aires. Y somos de clase media. Obviamente es una serie feminista, pero no porque la protagonista, Norma, sea una heroína que lucha por los derechos de las mujeres y hace huelgas de hambre en prisión. Qué va. Norma es una mujer de treinta años que entra a trabajar en una agencia de publicidad, y se dedica a venderle el alma al diablo: redacta campañas publicitarias machistas enfocadas a mujeres. Le vende su intelecto al establishment que ella detesta y la carcome la culpa. ¿Que por qué es una serie feminista? Porque hay una amplia representación de personajes femeninos, muy diferentes entre sí. La cámara no cosifica ni a hombres ni a mujeres, todos tienen voz propia y roles protagónicos y secundarios. Se ríe de estereotipos esculpidos por el concepto de género. Se ríe de los lugares comunes que suelen asumirse en las ficciones machistas. Ejemplo: la persona linda y estúpida que al protagonista le “sirve” solo para tener relaciones sexuales, por una vez, no es una mujer, es un hombre “y con un pelo increíble”. Hace una labor importante, chiste a chiste, de deconstrucción de roles de género arbitrariamente asignados y reproducidos en la ficción televisiva hasta el hartazgo. Ejemplo: las mujeres no tenemos por qué querer ser madres, ni portar una sensibilidad extraordinaria mayor a la de los hombres ante todo lo relacionado con la maternidad ajena. Hace una apología de la sororidad entre mujeres y ridiculiza la competitivad. En varios de los momentos de riesgo, son las mujeres las que se salvan entre sí, no precisan de un hombre que las rescate. Representa a colectivos minoritarios desde un lugar no estereotipado, y lo normaliza. Ejemplos en los que no se marcan las “diferencias” con respecto a estos colectivos: nadie habla de que el paraguayo es paraguayo y tiene un cargo ejecutivo, de hecho, es el jefe de Norma; se naturaliza la relación amorosa de uno de los protagonistas con la china del supermercado, y nadie menciona que es china —solo hay una mención de ello, y resulta en una burla a los argentinos, no a los chinos—; la única que habla del lesbianismo de la lesbiana, es ella, de sí misma; nadie habla de la gordura del personaje femenino con sobrepeso, se naturaliza esa característica, en todo caso, se hacen referencias a su sabiduría. Todas estas cuestiones parecen de sentido común, pero son bastante atípicas en el panorama del humor argentino, y me atrevo a decir, por lo que conozco, hispanoamericano.  


En Mundillo, una serie de capítulos breves que se puede ver por Internet, se virulenta el tono del humor crítico. Además de continuar en la misma línea que Cualca y Por Ahora, se radicaliza la puesta en escena de la performatividad del género, encarnada más rotundamente por Charo López.  


En un artículo de Leticia Sabsay para Página 12, en el que aclara ideas básicas del pensamiento de Judith Butler, dice que Butler desencializa el género y que: “(…) las normas de género funcionan como un dispositivo productor de subjetividad (…). Hablar de performatividad del género implica que el género es una actuación reiterada y obligatoria en función de unas normas sociales que nos exceden”. En otras palabras, el género es un constructo socio-histórico, no nacemos con él, se nos asigna un rol cultural al nacer, una serie de comportamientos asociados al género socialmente correspondiente, femenino o masculino, y nosotros lo encarnamos, en el cuerpo, a través de una repetición de actos. Dice Butler: “Y si el cimiento de la identidad de género es la repetición estilizada de actos en el tiempo, y no una identidad aparentemente de una sola pieza, entonces, en la relación arbitraria entre esos actos, en las diferentes maneras posibles de repetición, en la ruptura o la repetición subversiva de este estilo, se hallarán posibilidades de transformar el género”.

 

Sorpresa, Malena Pichot, quien se declara abiertamente feminista, en radio, en televisión, en el teatro, a través de sus personajes ficcionales o su cuenta de Twitter: lee a Judith Butler. Y a su manera, evidencia estas cuestiones en sus series.

 
A su manera también, y desde su lugar como humorista y figura pública, soporta todos los cuestionamientos estúpidos de panelistas de televisión o entrevistadores ignorantes que le siguen planteando cosas como: “el feminismo es lo mismo que el machismo pero al revés”, embates y despiadadas críticas de comentaristas cibernéticos —algo que Lena Dunham no pudo soportar y tuvo que delegar el manejo de su cuenta de Twitter en otra persona, para no tener que lidiar con la ingente cantidad de insultos misóginos diarios que recibía—, crea nuevas formas de hacer humor, instala, a veces sutil, y a veces drástica y explicitamente, críticas sociales feministas y constructivas. Se erige como mujer referente en el ámbito de los medios pop, con el lenguaje de lo pop —haciendo caso omiso a misóginos e ignorantes colegas televisivos— y hace llegar el feminismo a ámbitos a los que, de otra manera, costaría hacer llegar.


El humor es fundamental en una sociedad relativamente “sana”. El humor feminista, no como algo específico, no como un humor que verse constantemente sobre las problemáticas de género, si no el humor que se construye desde una mirada y una ética feministas, no solo es fundamental, es necesario para transformar la realidad.  

 


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