Las microficciones de Isabel Gónzalez (microloca)

   

 

Curaduría a cargo de Miryam Hache

Ana María Shua dice: “Admiro a Isabel González por su capacidad de hacer alta literatura con las mínimas torpezas cotidianas. Su escritura inesperada, original, nos demuestra que la imaginación está aquí, en este mundo, acechándonos (…)”.

Clara Obligado dice: “Si algo nuevo se puede encontrar en la literatura actual es la voz de estas mujeres jóvenes que retuercen los viejos temas hasta iluminarlos con un fulgor nuevo. Escritura potente, descarada, nacida de una fuerza elemental donde cerebro y pasión se trenzan. Poética y genital. Si algo nuevo había que decir son estos cuentos, si algo esperábamos los lectores es el deslumbramiento que produce una generación a la que pertenece Isabel González”.


¿Quién es Isabel González? 

Isabel González nació en 1972 en Ejea, un pueblo a las afueras de Zaragoza, España, donde se crió. Se licenció en Periodismo. Escribe y dibuja. Trabaja como infografista y como profesora de microficciones (al parecer, sus alumnos adoran sus clases y correcciones, sus extensos comentarios). Sus relatos han sido publicados en antologías como Por favor sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2010), Parafilias ilustradas (Traspiés, 2010) y La carne despierta (Gens Editores, 2013). Publicó el libro de cuentos Casi tan salvaje (Páginas de Espuma, 2012) y forma parte del grupo Las Microlocas, junto a las también geniales escritoras: Isabel Wagemann, Eva Díaz Riobello y Teresa Serván; con quienes publicó La aldea de F (UNAM, 2013).

A continuación les presento algunos de sus microrrelatos. De estas cápsulas literarias que rebasan lo narrado, que rebasan el vulgar detalle o el gesto de un personaje hecho imagen, escena puntual, y nos impactan dulcemente. Para Isabel González, como para toda buena escritora, el lenguaje es su herramienta, sus microhistorias no están dispuestas al servicio del lenguaje, ella se sirve de él a piacere, y construye microsucesos expansivos, acude a la descripción de objetos comunes, a la belleza sutil de lo cotidiano, para hablar de lo universal. Lo que es íntimamente universal. 


Numeración incorrecta

“Un día me compraré un caballo de éstos. Rosa y con alas”, dice la niña y señala, en el libro abierto sobre sus muslos, la foto de un flamenco. El hombre, alentado por tanta inocencia, se quita la chaqueta, estrecha su acercanza y escarba los bordes de la hoja sesgada mientras le explica que alguien arrancó una página entre definición e imagen, que después del doce no viene el quince y que imagínate si Genghis Khan hubiera dominado Mongolia sobre un ave de tan frágiles patas. Como si la niña no supiera. Como si no apretara en su puño la hoja extirpada. Como si las cosas no pudieran ser de otra forma.

(Incluido en Por favor, sea breve 2, Edición de Clara Obligado, Páginas de Espuma, 2009)


¿Cuánto tiempo pueden pasar sin besarse frente a un café?

Él lo sabe y por eso calla.

Ella lo sabe y por eso habla.

Él bebe y se fabrica una mancha en los labios que a ella le molesta. Pero ella no va a señalarla. Ella no va a pronunciar labios porque labios es más silencio que el silencio. Ella se alía con el ruido. Mucho ruido. Las cucharillas contra la loza, las tragaperras, la televisión. Un cliente abre la puerta y el aire destruye los peinados. Ella sigue hablando, come pelo. Él se aburre, bosteza. Qué interés puede tener la conversación frente a un café del que apenas queda un sorbo. El hombre lo apura y perfila consciente la mancha de su boca. Algo oscuro que ella debería limpiar con saliva. La saliva acude. Pero ella no. Ella resiste. Ella bebe despacio y se desliza inexorable hacia el momento de sus propios labios sin café ni meta. Su boca vacía. Las tazas vacías. La mancha que se aproxima y la convulsión. Porque no es pigmento. Porque vista de cerca, la mancha también es hueca. Negra de tan vacía, de tan profunda. En un acto de legítima defensa, la mujer congrega todas las palabras en su mandíbula y las arroja al pozo. Palabras sólidas como piedras: trabajo, esposo, reloj, hijos, religión, padre. El beso aplastado en lo hondo alimenta las tinieblas. Dos fantasmas piden la cuenta.

(Incluido en La logia del microrrelato, Editorial Talentura, 2013)


No es amor lo que se pide

No es amor lo que se pide. Son muchas cosas pequeñas y sin descanso. Una tras otra. No sé por qué lo llaman amor. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso. Creo que podría ajustar mi vida a ello. ¡Se ha acabado el queso rallado!, descubro el paquete vacío. Me alarmo. Pero hay queso en la despensa y un rallador en el armario y he perdido la costumbre de aunarlos. 

Hoy me he levantado a las seis, he planchado, he enviado dos correos y he contemplado a mis hijos mientras dormían. Aunque no me reclamaban, les he arrancado la sábana y los he despertado. Porque, a veces, también es lo que no se pide. Sobre todo, lo que no se pide. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso y también lo que no se pide. El verbo dar. Un estadio primitivo. Ni siquiera precursor del trueque. Sacarse una muela y que consista en entregar una muela. Sacarse un hijo y que consista en entregar un hijo. La entrega. Una mujer que se llama Marisa y que llama Marisa a su taza. Marisa, al aparador. Marisa, a su calle y a su coche. «¿Marisa marisa?», pregunta a los vecinos. Los vecinos le sonríen como si fuera estúpida. No se dan cuenta de que, hablen de lo que hablen, también ellos están siempre hablando de ellos.  

Y, sin embargo, no basta la entrega.

No basta la empatía. 

La simbiosis.

La historia de ese hombre gordo que se rodeó de cosas enormes para atenuar su gordura. Cosas voluminosas. Palacios. Balaustradas de caoba. Mil hectáreas de terreno. Todos sus criados eran gordos. Todos sus consejeros. Comía mucho. Codornices en el desayuno. El zumo de cien melones. 

Un día, un hombre flaco se internó por descuido en su bosque. Traía las costillas esculpidas. Bayas y arándanos. Las manos llenas de diminutas moras. Hacía tiempo que el hombre gordo no veía a nadie tan escuálido. «¿Tienes hambre?», le preguntó. «No es el hambre lo que me mueve, señor –contestó el hombre flaco–. Podría comer corzos y jabalíes. Soy un buen cazador. Pero sólo robo frutos pequeños para atenuar mi delgadez».  

Y se alejó con su corona de mosquitos.  

Porque no basta disponer de un bosque, de mosquitos o de un calendario laboral al que adaptarse. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso y también lo que no se pide; nunca un bosque ni mosquitos; tampoco un calendario laboral al que adaptarse. 

¿Sabes qué ha sucedido? Que no había queso rallado, que los niños dormían y que tú no estabas. Que quise ponerme el vestido de seda y que ya no había vestido; que al retirar la funda, encontré mil larvas adheridas a la percha; los botones por el suelo como ojos de plástico. Podría hervir los capullos e hilar de nuevo el tejido. Podría haberme preparado una infusión de pomelo y larvas. Pero me he asustado y he cerrado la puerta de golpe. Sigo aquí. Sentada. Quieta mientras las vainas crepitan.

(Incluido en Casi tan salvaje, Páginas de Espuma, 2012) 

También te puede interesar:

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on Pinterest