Crecer no tiene botón de pausa

  

  

 “It doesn’t have to be pretty. 

It has to be meaningful”, Duane Hanson 

(autor de la escultura: Supermarket Lady, 1970)

por Martha Asunción Alonso

Vengo a contar —no confesar: ¡cero culpabilidad, por una vez!— que vivo perdidamente enganchada a los vídeos de marujas en Youtube.

Se llaman marujas cariñosamente las unas a las otras. Si los suscriptores anónimos de la red las insultaran llamándolas maricas, entonces ellas se autoproclamarían, orgullosas, militantes de la sonrisa, maricas olímpicas. Estas mujeres no le tienen miedo alguno al pan-pan, tampoco al vino-vino. No. Saben que las palabras, como el zorro de El Principito, acarician a quien mejor las acaricia.

Se llaman Encarni, Isa, Conchita… Hablan desde todos los puntos cardinales y todas las edades, con todos los acentos y tallas posibles. Sin pelos en la lengua o, cuando y donde les da la gana, con ellos. Graban vídeo-blogs con teléfonos móviles de penúltima generación en sus cocinas o cuartos de baño, frente al espejo, aprovechando que esposos y niños están fuera, que la lavadora está ya tendida y la compra hecha y la comida en el horno y una tiene un ratito para estar en paz consigo misma. No sé si habrán leído a Virginia Woolf y su “habitación propia”, que hace poco cumplían vidas, pero no importa demasiado: cada paréntesis de libre “soledad comunicante” (María Zambrano dixit) que logran abrir y compartir estas mujeres es una fiesta. Original celebración consciente o intuida: es lo de menos de Virginia, de María, de Simone, de Hélène, de las abuelas, las madres, las hijas y las hermanas todas.  

Estas mujeres comparten vídeos demasiado largos, según el resto de Youtubers; cortísimos, para nosotros sus fanses. Vídeos sin trípode, sin paloselfie, sin editar, sin iluminar, sin nada que se aproxime lo más mínimo a la High Definition. A quien no le guste, que no mire. No les importa, llegado el caso, grabar en bata. No les parece necesario pulsar el botón de pausa cuando suena el timbre o pita la olla exprés o llora el bebé o estornudan o la vida, en fin, hace en directo alguna travesura de las suyas. Saben que la vida no tiene botón de pausa, ni es recortable o editable, ni brilla siempre a la moda como el cuché de las revistas.  

Muestran frente a la cámara sus adquisiciones cotidianas en el supermercado, los bazares chinos o el mercadillo. Enseñan también los tickets, para que ustedes veáis que yo no miento. Comparan las mejores ofertas. Hacen esforzadas riviús de sus productos favoritos de limpieza, alimentación, cosmética; recomiendan a sus más de quince mil seguidores lecturas, páginas de gangas en línea, series de televisión, películas… Algunas grandes marcas, cada vez más conscientes del alcance in crescendo de este nuevo fenómeno, les envían tentadores regalos y les piden a cambio que difundan opiniones positivas. Pero ellas, como ya sabemos, no mienten.  

Comparten tutoriales de recetas, de maquillaje y de tareas domésticas básicas para esos jóvenes que viven solos o esos hombres que no se hacen la cama porque las mamás no les enseñaron de chiquitos cómo se hacen las cosas. Cantan. Recitan poemas. Bailan sevillanas. Dan su opinión sobre temas de actualidad. Les darían la teta a sus niños donde fuera. Dan (mucho) las gracias: a sus madres y padres, a sus abuelas y abuelos, a los compañeros que hacen la cama y acompañan, a los hijos, a los profesores de sus hijos, a las amigas y amigos, a algunos enemigos.

Saben preparar remedios caseros contra los cólicos, las gripes, los síndromes menstruales, las anginas, el acné, la bajona y casi todo, niña, que una es un poquito bruja. Han sufrido abortos. Han sufrido ansiedad ansiedad y depresiones tanto pre como postparto. Han sido mujeres y han sido madres en hospitales públicos; por ello, han sufrido la violencia ginecológica y obstétrica tan generalizada aún en nuestras sociedades pretendidamente avanzadas e igualitarias. Han sufrido, sin más. Y lo comparten.

Compartir es ayudar. Crecer porque las otras crecen. Lo saben. Por eso advierten de las violencias de género, múltiples en sutilezas, subterráneas a veces; y tienden sus manos a quienes las necesiten.

No ignoran que su trabajo es la labor más digna e importante de todas: cuidar de quien se ama. Aún así, en ocasiones quisieran además cotizar en las estadísticas de los informativos y graban sus vídeo-currícula para buscar empleo de lo que salga, niña, que a una no se le caen los anillos.

Los feminismos llevan años reflexionando sobre las políticas de los cuidados, la sororidad, las nuevas maternidades y crianzas, la violencia contra la mujer, el empoderamiento… Estas mujeres, tan diversas entre sí como todas las hermanas, quizá no han leído esos textos. O sí. Da igual. En cualquier caso, a su manera aciertan a ilustrar los pequeños y grandes cambios hacia los que queremos en compañía caminar. Lo hacen con la pasmosa naturalidad y el pragmatismo de quien, más que decir, prefiere empezar a hacer todos los días. Hay misiones que tampoco admiten botón de pausa. Todos los días, sí. De cero. Y, lo que es todavía más difícil, sin perder un átomo de risa.  

 

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