El lobo de Wall Street vs. Mad Men (Parte II)

 

 

por Miryam Hache

Lee El lobo de Wall Street vs. Mad Men (Parte I) aquí

Féminas: abrid las piernas y os haréis escuchar

Algún insensato podría pensar que Naomi se empodera —aunque sea acudiendo a unas formas sumamente machistas en las que se interpreta que el único “arma” de combate de la mujer es el sexo, y aun a expensas de resignar su propio goce— en aquella escena devenida puro fotograma reproducido hasta el cansancio en cientos de blogs, donde ella manipula a su marido abriendo las piernas, le niega la posibilidad del sexo por tiempo indefinido, estampa un tacón en su frente y le escupe el cliché-barbi de: “se mira y no se toca”. ¿El qué se mira? La vagina como una sombra ante la que Belfort cae rendido. Pero es que ni ese mísero y ruin empoderamiento es posible en la diegética del film, ya que comienza a hablarle desde el suelo, infantilizada en el tono de voz, rosa y rubia y bronceada perfecta como una muñeca, situada en un cuarto infantil rosado hasta la náusea, y termina siendo humillada luego de que Jordan le anuncie, entre risas burlonas, que está siendo observada por la cámara de vigilancia. Se ofusca, avergonzada. Ha quedado ratificada y reificada en su rol de muñeca: se mira y no se toca, se mira incluso aunque ella no quiera.

Vamos a más.

Próximos a una sobredosis de ludes caducados. Jordan tumbado en el suelo de la cocina, casi inmovilizado, enredado grotescamente al cable telefónico —luego de sorprendentemente haber conducido hasta su casa en un estado calamitoso sin sufrir ni provocar ningún accidente—, observa a su amigo, también tendido sobre el suelo a unos pocos metros suyos, ahogándose con un trozo de comida. En presencia de Jordan y Naomi, Donnie está a punto de morirse ahogado. Ella intenta salvarlo pero es demasiado inútil como para poder ayudarlo, y grita algo así: “Jordan haz algo, tiene familia, hijos”. Está claro, los personajes femeninos están supeditados al poder del hombre, en todo su esplendor heroico. La televisión de trasfondo muestra a un Popeye digno de ejemplo comiendo espinacas para fortalecerse. Jordan se ilumina, esnifa cocaína, emerge del polvo, moviliza su cuerpo y salva a su querido amigo de la muerte.

La mujer es una sombra. ¡Pero es solo un personaje! Está claro, por eso cuando la actriz en una entrevista promocional del filme, opina sobre la escena en la que Jordan, en un estado de desesperación, decide huir y secuestrar a la hija de ambos, ella se interpone y él responde asestándole un fuerte golpe en el abdomen, Margot Robbie opina (en el segundo fragmento del video, pero atención también al primero): 

La actriz, su parte sádica, quiere que todos vean el golpe que recibe su personaje. Sádica, porque como ha dejado en claro en la primera parte del video, empatiza con los desalmados personajes masculinos, y realmente desea que a ellos todo les salga bien.

Vamos a más.

Cuando Jordan y Donnie suben al avión completamente drogados, y vemos cómo se burlan de la gente, del acento de la azafata, o cómo —y aquí viene lo más gracioso de todo—, retratado con rápidos movimientos de cámara y un montaje dinámico, envueltos en bailables notas de rock n’ roll, Scorsesse toma la decisión de estetizar lo cómico y cool de esta situación, en la que nuestro héroe, casi inconsciente, intenta violar a una de las azafatas… Más allá de analizar qué o cuál efecto de montaje, o qué ángulo o posición de la cámara provoca cuál efecto —cosas que Marty conoce de sobra—, ¿qué efecto produce en la mayoría de la gente el visionado de esta escena? A mí particularmente, ya lejos de ironías, me ha resultado, en primer lugar, muy graciosa. En segundo lugar, seductoramente divertido aquel terreno en el que la virilidad adinerada es capaz de subvertir todas las normas y no sufrir las consecuencias. Seductor el hecho de que puedas seguir siendo el puto amo aunque estés tan pasado de drogas que apenas puedas mantenerte en pie. Jamás, aunque la viera mil veces, podría empatizar con la azafata casi violada. ¡Pero es que está basada en una historia real! El tipo hacía esas cosas. Ya. Insisto, pero desde dónde cuentas la historia, cómo la cuentas, qué omites, con quién logras que se identifiquen los espectadores, a qué tipo de espectadores sabes que te estás dirigiendo, etc.

Tampoco podría empatizar con ninguno de los personajes femeninos. La impresión que me queda de las mujeres al terminar de ver esta película y muchas otras de Scorsesse, es que son unas hijas de puta ambiciosas (Naomi), putas, estorbos (periodista), viejas muertas, o pobres diablas (primera mujer).

Impresión de los hombres: salvajes, ambiciosos, lascivos, cagadores, llenos de potencia sexual, y sobre todo, activos y poderosos.

 

Esos publicistas que no paraban de fumar

peggyolsonempoderada

Rara vez las películas de Scorsesse pasan el test de Bedchel. Dos mujeres con nombres hablando entre sí de algo que no sea un hombre. Pero hablemos de otra cosa.

La serie Mad Men está situada en los años cincuenta, y retrata la rutina en una agencia de publicidad liderada por hombres bastante, bastante machistas. Pero la serie es claramente feminista. Por ejemplo en los modos que tiene la cámara de mostrar a los personajes femeninos, como desde una mirada objetiva y no sexualizada, donde vemos a las mujeres no como puros objetos de deseo sexual, sino como personajes con historia y profundidad. Mujeres que vamos conociendo capa a capa, cambio a cambio, con dimensiones psicológicas autónomas, en las que su identidad y su accionar no se muestran configurados en función de los hombres permanentemente. Y sin embargo en esta serie, se retrata un ámbito y un contexto histórico tanto más machista que el Nueva York de principios de los noventa. Que el contexto diegético en el que los personajes se mueven sea excesivamente machista, no justifica que como espectadores no seamos capaces de empatizar ni por un momento con ninguno de los personajes femeninos. En el LWS no llegamos a intuir qué sienten ellas o qué piensan más allá de los hombres. Son simplemente figuras secundarias funcionales a la trama, cuando no, una parte del decorado. Algo que podría ser comprensible mínimamente si realmente se tratara de una sátira, con un trasfondo de crítica social. Pero claramente no lo es. Nadie sufre, apenas se perciben las consecuencias que sufren estos hijos de puta. No se nos muestra ni por un segundo a ninguno de los personajes perjudicados por las estafas de Belfort y sus secuaces. La masa aludida, el 99 por ciento que no participa ni puede participar de ese glorioso modo de vida, es una masa amorfa de pobres sin nombres, con quienes no llegamos a identificarnos jamás. El recurso del giro de cámara final intenta pobremente justificar el relato de esta historia, algo que genera un efecto similar al de: y al final todo era un sueño, o y al final nada de eso existía y todo era una maquinación del protagonista esquizofrénico. Al final, el objeto de todo este retrato cómico era una crítica hacia nosotros, el público, los pobres infelices que deseamos y festejamos todo aquello. Una suerte de crítica de nuestra propia miseria. Pero, insisto, luego de deleitarnos, no, de provocarnos el deleite durante tres horas con las peripecias de estos lobos sin culpas ni penas, ese recurso final es casi una hipócrita justificación, el broche que redime al autor por trabajar arduamente en construir a un tan glorioso antihéroe que se mueve en las alturas de la creación inmaterial. Más allá de todo.

 

Fluidos corporales

En cierta forma, la respuesta a esta pregunta podría aclararnos si la sátira ha funcionado como sátira: ¿Qué impresión prevalece en la mente de la mayor parte de los que llenaron las salas de cine del mundo al terminar de visionar el filme? ¿lo hijo de putas que son esos tipos, todo el sufrimiento que provocan, o lo divertido que sería pegarse unas juergas con ellos?

wolf12

Aunque el metraje contenga muchas caracterizaciones hiperbólicas tan propias de la sátira, la película funciona mejor como refuerzo de ciertos valores, de alimento del monstruo de doble cara, doble moral, de refuerzo del ideal del heroismo sociópata fundado en el dinero. Porque solo le da voz a los lobos.

En una de las entrevistas promocionales del filme, Scorsesse expresa su interés por explorar hasta dónde puede llegar el poder. Y dice en una entrevista para Le nouvel observateur (transcribo un fragmento):

(…) He malgastado un periodo de mi vida.

¿En los años 70, cuando estaba usted enganchado a la cocaína?

Sí. Yo era como Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street: quería ir hasta el límite. Estuve a punto de morir. El día en que pude mirarme a mí mismo, vi a un hombre que era un fraude. Confieso que hay ciertos elementos en el personaje de Leonardo DiCaprio que son autobiográficos. Viví  una temporada chalado. Acababa de rodar El último vals [The Last Waltz], que había sido el tope de la locura, y había empezado a trabajar en Toro salvaje. Todo cambió. Yo no soy como Mackie el Navaja, que no fabrica nada, no produce nada. Yo creo. ¡Y eso supone toda una puñetera diferencia!

¿El cine le salvó?

Justamente. Yo quería hacer cosas, contar historias, dirigir películas. Estaba rabioso. Con la coca era imposible. Era un callejón sin salida.

Y tal vez permaneció en él un ansia latente como en todo ex yonqui, o el deseo de experimentarlo todo más allá de los límites, pero se detuvo, porque a diferencia de los brokers que no construyen nada, él sí quería crear. Y creó y sigue creando, y a medida que sea aproxima el fin, en una fiebre al estilo Woody Allen, produce cada vez más frenéticamente, “porque hay tantas películas por rodar aún”, y retrata personajes, tal vez, una suerte de alter egos que no fueron. Y cerrando el círculo imaginario vuelve, retratándolos, hacia ese espacio-tiempo vital que es recuerdo, hacia su propia imagen devenida ficticia en otro tiempo, situada en otro contexto. A diferencia de otros de sus personajes, su Jordan Belfort no se redime, pero el autor, ciertamente, se exorcisa.

En definitiva, El lobo de de Wall Street se chorrea, en ella fluye y se desparrama el dinero, líquido como el champán que explota seminal sobre todas las cosas, comos los fluidos varoniles desperdigados en los cuerpos fragmentados de las mujeres sin nombre. El lobo de Wall Street se chorrea a sí misma, es estéril, es, en definitiva: una gran y larga paja capitalista. Detrás del nombre incuestionable de un gran director de cine, tal vez uno de los mejores del cine norteamericano, avalado por cuarenta años de experiencia cinematográfica, es libre de explayarse, a la vista de todos, de recrearse en una gran paja fílmica que nos embadurna la cara, mientras le reímos las gracias.

También te puede interesar:

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on Pinterest