“La débil mental”, de Ariana Harwicz

 

 

por Miryam Hache 

Hace falta hablar de Ariana Harwicz (Argentina, 1977) y de su libro La débil mental (Mardulce editora, 2015). Entre tanta abundancia de publicaciones literarias marcadas por estilos minimalistas, de lenguaje cinematográfico, de cierta homogeneidad lisa que impera, emerge esta voz, una voz nueva que florece y nos explota en la cara. Una voz atravesada de poesía que roza las cosas sin decirlas. Que nos salpica del fango originario, de rabia cuajada, de erotismo viscoso. Una voz con resabios faulknerianos a destiempo. Voz como torrente de agua que arrasa con todos los viejos del campo. Qué campo. El campo donde transcurre la historia de La débil mental podría ser cualquier campo. Ariana Harwicz construye una voz tan abrumadoramente bella y violenta, que hilvana los hechos como una sucesión de sórdidas pinturas narradas que nos llevan a meternos de un vuelco en la sonoridad de una vida. La vida de la protagonista: una mujer de casi treinta años que vive enfrascada en una relación enfermiza con su madre en mitad de un campo salpicado de viejos y más campo. Nada excepto la tierra, una casa, un auto, árboles y matorrales y hierba, y la soledad caliente, espesa, que las cerca.

De vez en cuando irrumpe un él. El amante de esta hija solo deja de ser hija en relación al hombre-sexo que es el Otro es más de lo que cabe en un solo cuerpo: él es él, la posibilidad del sexo concretado en otra piel, la representación o actualización simbólica de un padre abandónico, y él es también él sin nombre, puro pronombre divino, un hombre que va y viene, que a intervalos es la encarnación del sexo, y a otros, la potencialidad de una vida que prosigue, la excusa para que nuestra protagonista le ponga cara al deseo. La excusa para que una mujer no se defina sólo en relación a su madre, sólo como hija, si no como mujer amante también. Pero la verdad es que su autonomía será siempre ilusoria: la madre espiará a la hija teniendo sexo, aplaudirá en la escena de su primera masturbación, se meterá en su ser como una intrusa a borrarle la identidad. Dialogará con ella y, nosotros, como lectores, de a ratos no sabremos si habla una o la otra, si confluyen en una sola voz más fuerte y más violenta duplicada en distintas generaciones, cuerpos cohabitando el campo juntas pero calientes y deseantes de machos, de otros. Familia acatando los mandatos que vendrán de aquella abuela también insana o de más atrás, de una etérea locura transmitida como herencia.

En palabras de Luis Sagasti: “Entonces lo que hay es una debilidad mental en el sentido de imposibilidad de constituirse como cosa separada. Después de todo, la palabra razón y la palabra ración significan lo mismo. Precisamente, la debilidad de la mente consiste en que al no razonar no horada, no separa para distinguir, sino que persiste en un estado de indiferenciación”.

Hay una animalización, un salvajismo que las impregna, en frases como: “Mi lengua se distrae comiendo pasto. Chupar las tetas duras de un animal, chupar su pelaje, los dientes vestidos, o imaginar la muerte de los padres, es igual”, o: “Mamá dormida, la espalda con escoliosis la vuelve yacaré” o: “Y, mientras habito la antesala, soy un escarabajo dado vuelta y tengo pulsiones fugaces de irme a lo blanco. Pulsiones rápidas de irme a lo puro. Ver únicamente las ramas del árbol por una grieta”. Una animalidad que interpreto como parte de la representación de un deseo sexual mezclado a lo primigenio o primitivo, como un deseo de volver al origen. Porque el sexo es origen: “Y cruzando el pasillo hacia mi cama tengo la visión de alguien en cuatro patas y mi cabeza acostada debajo de sus genitales dobles. Mi boca acuosa aspira ese aire mágico. Ese nido. Me desvisto, me acuesto, apago la luz, así o en cualquier otro orden. Algo se está quemando, mamá”, evoca la narradora, si es posible, el escenario fundamental de una gestación tal vez, como un espacio turbadoramente mágico que recuerda, imagina o, hacia donde, enunciándolo, vuelve. Se presentan, de a ráfagas, en el relato, por un lado esas pulsiones de volver a la madre, o de volver a la tierra o a ser bebé, perder la razón y seguir sintiéndolo todo, una manera de morir, o de no ser, o de deshacerse del peso de la libertad del adulto; y, por el otro lado, pulsiones de fuga, de alcanzar la independencia de una vez y saldar la infancia. O más extremas, ráfagas de macabra lucidez: “Encontré la clave. Aleluya. Despertate. Ya no necesitamos del apocalipsis, hay algo todavía mejor. Dejá de zamarrearme, te voy a matar, mamá”.

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El deseo se presenta en la vida, en la literatura como una manera de ahuyentar la muerte. Y dice Harwicz en una entrevista: “Pienso el deseo: todo el tiempo hay olor a cadáver. Todo el tiempo está la muerte ahí, presente. Y el deseo. Por eso ella va con este hombre a un hotel de ruta unos minutos, y esos minutos de deseo son el paliativo, como el antidepresivo de la muerte. Y después termina y otra vez olor a cadáver. Lo pienso musicalmente: olor a cadáver, sexo, olor a cadáver, sexo. Y las interrupciones, los claros, los momentos de alivio de eso es el deseo. Por eso quizás la madre de La débil mental pecó de exceso, porque desde los doce, desde la pubertad, le mostraba la potencia del sexo, la incentivaba. Por un lado es la perversión, pero por otro lado quizás quería salvarla: mirá el deseo, mirá cómo te va a alejar de la muerte”.

Se trata de una novela breve, donde se intervalan las escenas de infancia con las actuales, como si todo sucediera en un continuo presente: “Pensé el pasado como incrustaciones en el presente dice Harwicz. Porque se suele tomar la infancia de manera equivocada, como un relato continuo, plano, sin interrupciones. En cambio, pienso la infancia llena de cortes, momentos de no infancia”. Una estructura narrativa que me recuerda vagamente a El amante de Marguerite Duras, donde se narra, desde la vejez de la protagonista, siempre en tiempo presente, intercalando instancias de su adolescencia, de su incursión en el sexo con el amante de la China del norte y la consecuente ruptura con los valores familiares, la niñez, la ley y la madre; con escenas breves y fragmentarias de tiempos posteriores. Porque el recuerdo no es lineal, porque la vida no es lineal, se mezclan los tiempos en la voz. Más en el caso de nuestra débil mental, que a diferencia de la niña de El amante, no cesa de crecer hacia atrás. 

Compuesta de numerosos fragmentos como cápsulas explosivas cercenadas a punto de irradiarlo todo, siempre bordeando la naturaleza de las cosas, en el borde de la pura poesía, de la muerte, del incesto, de la locura total, hasta que finalmente no hay corte, la acción se precipita y “que explote todo, destruirlo todo, dice mamá y todavía quiere más”. Cae el telón, cerramos el libro y nos sobreviene el deseo de seguir leyendo hasta dónde pueden llegar las palabras de Harwicz.

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